Especial Decimoctavo Aniversario
Sex in the cifi. Sin novedad en las sábanas
Especial Decimoctavo Aniversario
por Antonio Santos

La verdad es que el sexo en la ciencia-ficción no ofrece ninguna particularidad u originalidad específica. Se puede tontear con el cybersexo, según aparece a modo en DEMOLITION MAN, o alguna otra sugerencia, en ese sentido, en obras como PAZ INTERMINABLE. Pero... No. Lo básico sigue siendo... lo básico.

Se intuye, por la carga de morbo, tabú y represión que contiene la palabra sexo, que algo innovador e inédito se espera posean las páginas de un relato del género, o sus agraciados subgéneros, que trate la cuestión. Por lo de ir hasta el infinito y más allá en naves espaciales o teletransportadores. Y pensamos romper moldes. No. No. Nanay. Sigue siendo el intercambio de fluidos tras una tanda de magreos y caricias varias que termina con una parte, posiblemente, defraudada, cosa oculta tras la encomiable representación del orgasmo. (La palmadita en la espalda lo delata. Se agradece el esfuerzo, pero...).

Se puede, empero, enfocar el asunto desde el ángulo provocador que, en una narración, el elemento sexo ostenta En la alborada del género no nos encontramos, sin embargo, con el sexo como consecuencia de un romance normal, algo estilo novela de caballería, el chico conoce chica-apasionamiento-relación-rorro nueve meses después. El orto del género se estrena con las pasiones fetish, lindando el sadomaso, de UNA PRINCESA DE MARTE.

Lo turbulento del sexo en la ciencia-ficción reposa ahí, sumado a qué época aparece la narración, dominada por duras restricciones morales/victorianas, a menos en un gran ámbito de la creación artística. (Habría que escudriñar la biografía de E. R. Burroughs, para ver qué motores movían sus pasiones animales).

Grosso modo, cuanto sigue es menos picante; según el lector, menos escabroso. Flash Gordon inaugura (por viejo no obstante que fuese el argumento) el noviazgo interminable con Dale Arden, circunscrito a los castos requiebros habituales para no excitar la controversia y la censura Hays, que todo esto tiene un contenido y continente formativo para la juventud. La atonía sexual prosigue en otras obras. Otros Profundos Problemas Universales, de gran calado, ocupan al protagonista.

En 1984, se observa, el sexo es una actividad política obligatoria que colinda con la doctrina católica de procrear sin parar pues es mandato divino. El juego, los escarceos, las pequeñas e inofensivas perversiones domésticas, incluso el amor románticamente entendido, se subyugan a la orden del IngSoc de engendrar más miembros del Partido para tenerlo robusto y abastecido tras constantes redadas y purgas.

Una innovación podemos atisbar en MODERAN. También los inmortales hombres de metal nuevo se entregan a esparcimientos eróticos que ejecutan merced un aparatoso andamiaje y la asistencia de armeros de confianza que, digámoslo así, ponen en posición adecuada al feudal Señor de Fortaleza para el trajín.

Esfuerzo que recibe una amante, también de metal nuevo, dotada de interruptor para desconectarla una vez ha terminado el trajín. Se guardaba, el fetichismo erótico mecánico, luego bajo la cama, hasta futuro deseo de trajín.

Las esposas de los guerreros moderanos poseían una modalidad masculina de amante, pero en goma. Vaya, volvemos a vérnoslas con el fetish.

Philip José Farmer irrumpe en el género con novelas que se han catalogado de pornográficas. (Lo ignoro; aún no las he leído). Sin embargo, en su extenso y laudable serial de EL MUNDO DEL RÍO, hayamos una completa desinhibición del autor a la hora de abordar la cuestión. Un tanto recatadamente en los dos primeros libros; mucho más directo en los restantes. Bordeando el lenguaje cuartelero.

Lo importante del planteamiento propuesto no es el sexo per se. No habrá novedades, repito. Se trata de una efusión de emociones y energía que concluye con una maniobra mecánico/muscular, y fin. ¿En qué forma podía la ciencia-ficción innovar algo tan ancestral?

Lo destacable es cómo y cuándo se habla de sexo, y de qué tipo. Obviamente, la libertad de la que actualmente gozamos ha relativizado cuanto tiene de proscrito, o inmoral, el sexo. Se escribe sin complejos sobre él, y forma un apartado más de la trama. Su presencia no escandaliza a nadie maduro, sólo a mojigatos de mente estrecha. Al estandarizar el sexo (gracias, porno de internet), se lo ha descargado de su naturaleza impúdica o escabrosa.

¿Por qué Farmer se labra fama de provocador? Porque en Década 50 asalta al lector con temas duros para la época en materia de relaciones entre adultos, que traslada a alienígenas. (¿Se podría entender como zoofilia?) Aun San Isaac Asimov coquetea con el asunto, encorsetado en su estilo decente y semididáctico.

Pues, ¿no es la investigación que emprende Lije Bayley en EL SOL DESNUDO (atentos a lo destacado del título, siempre visto desde la óptica del momento de su aparición), el averiguar quién mató/rompió el consolador robot de la Probeta espacial que coprotagoniza el relato?

Vamos a centrar todo el escándalo que el sexo en la ciencia-ficción pueda tener en dos constantes: su momento, y de qué sexo se habla. Y veremos que va tomando un senderillo oblicuo hacia lo que se definen como parafilias, o fetichismos. Son inofensivos, cuanto más insinuaciones, que no obstante el entendido detecta de inmediato. (Aunque esa pederastia de UN MUNDO FELIZ...).

Es trascendental cuándo se escribe sobre (este tibio) fetish erótico en la ciencia-ficción. En épocas donde se negaba existiera, e incluso se condenaba, para luego verlo anunciado en determinados productos. En sí, el sexo en la ciencia-ficción puede ser tan colorido como en cualquier novela rosa o novela histórica que se proponga ser audaz. Mas no distinto.

Insisto: es la temática y su momento de publicación lo que debemos valorar sobre la cuestión planteada, así como que, a menos sea deliberadamente, no ocupa sino un segmento concreto que pueda abultar o agilizar el relato. En lo sucinto, es eso: el acoplamiento sin más adorno que un lenguaje procaz y lencería más o menos sexy.

Nada nuevo bajo el Sol, desnudo o decorosamente tapado para no herir sensibilidades.

(Por cierto: adrede he eludido referirme a John Norman y su GOR. Quáter, ahí sí hay tomate. Pero, incluso eso, no pasa de la relación tradicional. Es el adorno lo que llama la atención.).

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos
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Antonio Santos es escritor e ilustrador y mantienes los blogs Una historia de la frontera y Spnkgirl