Algo de precaución, mucha seguridad
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace doce años escribí un artículo en esta sección en la que me alzaba furibundo contra esa deleznable práctica conocida como obsolescencia programada. Si no quieres seguir el enlace se puede resumir el asunto en que se me fundió el ordenador y la compra del sustituto se convirtió en una pesadilla bastante desagradable porque apenas pude reutilizar alguno de los componentes aprovechables que quedaban del viejo.

La verdad es que aquel ordenador había tenido una vida útil relativamente aceptable, desde 1998 hasta 2002 aguantó cinco años hasta que se quemó, en cierto modo por mi culpa: tenía el procesador forzado sin haber mejorado a la vez la refrigeración del aparato, lo que obviamente acabó por pasar factura.

El que lo sustituyó, mejor cuidado, me aguantó nueve años, desde el 2002 hasta el 2011 hasta que al fin lo tuve que sustituir simplemente porque las exigencias de las nuevas aplicaciones y sistemas operativos estaban muy por encima de sus posibilidades. Con todo, aguanto un par de años más en manos de mis sobrinos.

Sin embargo, la última adquisición, un peassso pepino en el que me gasté un buen dinerito esperando poder estirarlo al menos otros ocho años, ha reventado apenas tres años después de su puesta en marcha, Y esta vez no ha sido por descuido. Lo tenía bien ventilado, cuidando que no subiera mucho de temperatura y procurando pasarlo a modo de suspensión cada vez que no lo iba a usar en, al menos, un par de horas. En esta ocasión la avería no ha sido grave, con sustituir la fuente de alimentación ha bastado, pero ha significado que durante unos días lo tuve en el taller, y la actualización de la semana del 2 de noviembre, sin peligrar, si estuvo condicionada por esta carencia de herramientas.

Carencia relativa, porque los contenidos llegaron puntuales a su cita semanal sin mayor quebranto que la pérdida de un par de correos electrónicos. Como a la fuerza ahorcan, la letra con sangre entra, a palos aprende el burro a caminar, etc., etc., etc., aquella experiencia del 2002 me hizo enseñó a prevenir las catástrofes y sobrevivir a ellas lo más indemne posible. Algunas precauciones básicas y otras un poco más elaboradas que tomo desde hace años hacen de este tipo de sucesos anécdotas de informático veterano. Veamos:

a) El disco duro de PC está dividido en dos particiones, una pequeña con el sistema operativo y otra con los datos y programas. Así, si tengo algún problema con el arranque, me entra un virus (solo uno en 30 años) o cambio de sistema operativo lo verdaderamente importante, esos programas y datos, nunca se ve afectado.

b) Copias de seguridad diarias. Tengo una tarea programada que todos los días a las 10 de la noche (y si está el ordenador encendido, claro) lanza un sencillo copy de los documentos y archivos importantes a un disco duro externo con exactamente el mismo tamaño y estructura que el disco duro del PC.

c) Tengo un pequeño portátil de esos de 10 pulgadas y 200 euros (¿alguien se acuerda de los Netbook? Pues resultan ser más útiles de lo que se pensaba) que replica exactamente el entorno del PC principal. De ese modo, si como me ha ocurrido el grande sufre de un problema que lo convierte en hierro inútil, el pequeño, previa restauración de los datos, es capaz de asumir la mayoría de las funciones del grande. El problema es mantener las aplicaciones más o menos actualizadas, procuro no ir muy atrasado, pero es la parte más tediosa de todo este asunto porque algunas, lógicamente, en el pequeño no funcionan todo lo bien que debieran.

Respecto al punto b) también guardo una copia de seguridad semanal completa de los datos en un alojamiento remoto (la nube esa que está tan de moda ahora), de esta forma si se diera la catástrofes de las catástrofes, es decir, robo, incendios, terremotos, invasiones extraterrestres o vaya a saber usted que circunstancia maldita que me hiciera perder toda la infraestructura que he descrito, en al menos un par de semanas podría echar todo a andar de nuevo.

Porque naturalmente, si algo puede salir mal, saldrá mal. Todas esta precauciones no valdrían de nada en caso de que el problema fuera realmente tan grave como los que he enumerado, pero una cosa es ser precavido y otra volverse paranoico. En realidad, en la mayoría de los casos, con hacer una copia de seguridad regular de lo más interesante (fotos, vídeos, documentos, esas novelas malas que escribís de cuando en cuando) basta. Se puede ir incluso más allá de lo que voy yo, o hacer como un amiguete escritor: publicar todo según lo escribe, así, la propia red es la que se encarga de que nada se pierda.

© Francisco José Súñer Iglesias
(795 palabras)