La supertormenta solar de 1859
por Félix Capitán

Quizás no sea la mayor supertormenta solar de todas, pero sí fue la mayor de cuantas han registrado los astrónomos. Ocurrió en 1859, y ocasionó más de algún serio trastorno en la superficie terrestre, incluso en la vida civilizada. Todo comenzó con una explosión que liberó una gran cantidad de material de la corona solar, la capa superior del Sol, hacia el espacio exterior, esto el 26 de agosto. El impacto de dicha oleada fue el 28 de agosto, provocando la visión de una serie de auroras boreales, ya no tan boreales como de costumbre, como que fueron vistas incluso tan al sur como en las cercanías de Cuba... Fueron tan brillantes, que hubo campistas en las Montañas Rocosas que confundieron la aurora boreal con el amanecer, y se levantaron para preparar el desayuno. Otras personas pensaron que había incendios en sus respectivas ciudades. Hasta ahí, lo normal cuando el Sol se pone caprichosito: ahora es donde viene realmente lo bueno.

El Jueves 1 de septiembre, Richard Carrington, un productor de cerveza que dedicaba las horas muertas a su afición personal que era la Astronomía, se encontraba estudiando el Sol. Para ello poseía un observatorio privado, con un telescopio gracias al cual podía proyectar al Sol como una imagen de 28 centímetros sobre una pantalla. De pronto, trabajando en esto, descubrió la aparición de dos manchas de luz blanca y muy brillante. Al mismo tiempo, los magnetómetros del Observatorio Kew en Londres saltaron como locos. Lo que estaban observando, era el estallido de una SEGUNDA oleada de material procedente desde la corona solar.

Como la primera oleada había arrasado todos los residuos de plasma o viento solar a su paso hacia la Tierra, la segunda oleada sin nada que la frenara o debilitara llegó en apenas 17 horas, además de hacerlo con casi toda su potencia. El segundo impacto ocasionó auroras boreales incluso más potentes, que fueron vistas... ¡en Venezuela! El golpe de la tormenta solar contra el campo magnético de la Tierra rebajó la magnetósfera desde los 60.000 kilómetros a apenas 7.000. Por tanto, muchas más partículas eléctricamente cargadas alcanzaron la superficie. Lo que sobrecargó la atmósfera de electricidad, hasta el punto de colapsar las líneas telegráficas en algunos lugares. En otros, los telegrafistas descubrieron que podían desconectar las baterías y seguir trabajando... Un telegrafista de Boston envió un telegrama a Portland, en Maine: ¿Cómo están recibiendo mi mensaje?. La respuesta: Mucho mejor que cuando funcionaban las baterías...

La vida en la Tierra no sufrió mayormente, por supuesto. En realidad, el campo magnético de la Tierra es un escudo más fuerte de lo que las pelis catastrofistas del Sci-Fi Channel quisiera hacernos creer. Pero hoy en día, una sobrecarga generalizada de electricidad en la atmósfera como la que la Tierra sufrió en 1859, resultaría fatal para nuestras redes computacionales. No ha vuelto a haber una supertormenta como aquélla, pero si llegara a producirse una de esa escala (y, tratándose del malhumorado astro rey, más tarde o más temprano HABRÁ una), no se encontrará con redes telegráficas sino con Internet, lo que podría arrojar a buenas porciones de la civilización de regreso a la Edad Media, en lo que a tecnología se refiere a lo menos. Por otra parte, la saturación de partículas solares en la órbita terrestre frena también a los satélites, sacándolos de trayectoria: en el peak de una tormenta solar, un objeto tan masivo como la Estación Espacial Internacional puede perder 300 metros de altura al día. La civilización podría sufrir un apagón que por supuesto no será definitivo, pero que ocasionará unos buenos trastos rotos. ¿Qué tanto? Un informe de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos cifró el eventual impacto económico de una catástrofe de esas características, en el equivalente a veinte huracanes Katrina. Para temblar.

© Félix Capitán
(635 palabras)
Publicado originalmente en Siglos curiosos el 21 de octubre de 2012
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