Los inventos de los escritores de ciencia-ficción
por Dixon Acosta

Cuando me refiero a los inventos de los escritores de la ciencia-ficción no hablo sólo de las mentiras blancas que plasman en sus relatos fascinantes, a esa mezcla entre imaginación, conocimiento, trabajo y disciplina que ayudan a forjar argumentos creíbles, sino específicamente a los objetos que literalmente inventan para sustentar un argumento.

Como he señalado en múltiples ocasiones, hago una diferencia sustancial entre la ciencia-ficción y la literatura fantástica en general. En mi caso he cometido ambas y debo decir que lo fantástico resulta ser muy cómodo para quien escribe recurrir a un Deus ex machina, cualquiera que sea, por ejemplo, un acto de magia, un deseo de una divinidad, un hecho paranormal o simplemente algo que es inexplicable pero que acontece, sobre lo cual el lector debe creer para que funcione. En este caso, el gran mérito es del lector que decide pagar el costo de un libro o una entrada de cine, para dejarse llevar por mundos imposibles, dimensiones desconocidas, parafraseando a la mítica serie de televisión.

Pero en la ciencia-ficción, al menos de su variante más dura, es evidente que el escritor, sobre todo aquel que no tiene una formación en las ciencias físicas exactas, debe hacer un esfuerzo al menos por tratar de entender ciertos principios o estar al día en los desarrollos tecnológicos, seguramente eso le facilitará su trabajo. Algunos que somos más perezosos, menos disciplinados o que sencillamente no tenemos tanto tiempo libre, acudimos a la imaginación para esbozar situaciones factibles, cambios de comportamiento humanos y todo esto asociado a nuevos dispositivos o métodos diferentes de hacer las cosas.

No en pocos libros de ciencia-ficción se han esbozado mecanismos por parte de los escritores, que luego los hombres reales de ciencia han fabricado. El ejemplo clásico siempre será Julio Verne, quien a partir de su curiosidad enciclopédica y viendo los desarrollos de la revolución industrial en sus obras logró esbozar artefactos que hoy todos conocemos en las comunicaciones y el transporte (fax, televisión, submarinos atómicos, cohetes espaciales). Mi pregunta es, merecería el escritor de ciencia-ficción una parte de la patente de esos inventos? No le correspondería en justicia un porcentaje, así fuera mínimo y eso sí el reconocimiento a su nombre, en el momento en que una máquina patentada y funcionando en la realidad, hubiera sido presentida en una obra literaria?

En mi caso he escrito algunos cuentos, una novelita inédita de juventud (en donde el protagonista se enamora de su computadora, les suena el argumento? Otros lo llevaron al cine y se llama HER) así como muchos artículos de opinión, todos enmarcados en este género literario en particular. Me apena hablar en primera persona, pero este ejercicio egocéntrico me sirve para ejemplificar lo que deseo expresar en el presente artículo.

En un relato publicado hace un tiempo, imaginaba una pulsera médica que registra todos los signos vitales de un paciente, con un control permanente a distancia de su condición de salud en una central hospitalaria, en otro cuento planteo una máquina que puede grabar los sueños y un nuevo tipo de empleo, el especialista en descifrar los sueños. Ahora bien, no me extrañaría que esos mecanismos puedan desarrollarse en el futuro hasta el punto de ser objetos de consumo popular como lo esbozo en los cuentos. Si efectivamente fuéramos testigos en unos años de estos desarrollos científicos y tecnológicos, merezco algún reconocimiento, al menos si no monetario, por lo menos de la mención en cuanto a la idea inicial?

Esa podría ser una motivación adicional para quienes se lanzan a imaginar el futuro, que tuvieran un porcentaje de derechos en la patente de un invento, imaginado previamente por el escritor y desarrollado posteriormente por el científico. En todo caso, seguramente sería un reconocimiento post mortem, pues si hay regalías las disfrutarán otros, como sucede con las obras de los grandes artistas, muertos en la pobreza y que hacen millonarios a quienes nada tuvieron que ver en la génesis de las obras.

Dudo que una iniciativa como la expuesta anteriormente tenga futuro, pues el mundo de los intereses, sobre todo los económicos, no deja margen para la generosidad, ni la intelectual menos la monetaria. Queda el reto para los escritores de ciencia-ficción de seguir inventando máquinas novedosas, desarrollos científicos y tecnológicos importantes. Al final la invención es hija de la curiosidad e imaginación, semillas de toda la literatura universal.

© Dixon Acosta
(731 palabras)