Redes sociales: ¿la aprobación de los mezquinos?
por Antonio Santos

Llevan tiempo dándome qué pensar, su muy cuestionable bondad. En esos espacios se proporciona información particular cuyo último receptor es desconocido. Alguien vigila y no con buenas intenciones.

Nuestros datos se venden corsariamente a organizaciones, públicas, mercantiles, privadas, de información gubernamental (lo peor), y cualquier oscuro agente de rostro impasible puede urdir un expediente sobre nosotros especulado (¡aún peor!) que podría generar una vigilancia muy especial de nuestras vidas.

En las redes sociales cuelgan libre y temerariamente fotos de hijos, hijas, esposas, comentarios sobre aficiones, colecciones... pistas de cómo perseguirte o qué intentar venderte. Los blogs medio funcionan igual, pero tienen una especie de control superior. O así lo estimo. Quiero decir: un blog no parece, de entrada, un álbum agradable para mostrar fotografías familiares. Semeja un lugar de trabajo, como un escritorio. Mas las redes sociales... Santa Miriam Amén, qué cosas íntimas se publican (susceptibles de promover una vigilancia gubernamental mal pensada, que cualquier día te lleva al Ministerio del amor orwelliano).

¿Cuántos padres ponen al servicio de inmundos pederastas fotos de sus retoños? Esas alimañas abundan en la red; camufladas de identidades amistosas. Y cuánta gente pica, nutriendo esa infame perversión con renovado material.

Pero la cuestión que me absorbe de las redes sociales es cómo muchos (por casos que conozco) las emplean ávidos de aprobación ajena. Buscando la palmadita en la espalda, insincera además. Invierten numerosas horas en obtenerla. Más allá de una saludable (y necesaria) promoción de la labor efectuada, lo suyo es: Hago esto, ¡mira qué bien! ¡¡aplaudidme!! ¿Te publicitas, o pides con tácita desesperación beneplácito ajeno así?

Un chorreo-goteo de parabienes en cortos mensajes de texto que alabaran un material del que quizás tus fieles ni siquiera tuviera la más mínima-nimia noción. Aun pudiera haber un interés espurio en elevar loas-y-preces a la figura ¡aclamada! Su nombre concita cierta reputación a la cual much@s se adhieren como rémoras, esperando así beneficiar sus carreras literarias... lanzadas como locomotoras desbocadas en la, está cada vez más claro, filfa de Amazon.

Amazon es filfa. Una estafa elegante, basada en el supuesto de la libre capacidad de publicación, en principio remunerada, y la total falta de control de calidad del material en venta. Ya traté esto. Y, si bien se me observó que el potencial de Amazon está por venir, se me aprobó que el peligro de leer cantidad incontrolada de basura es enorme.

Estos autores- Amazon (la Generación kindle —¿o Kinder-sorpresa?—, o sea: yo escribo, lo que me parece, sin bagaje, ni escuela, habiendo logrado enlazar párrafos sin corregir que componen capítulos, dando estructura de novela a mi esfuerzo) abordan las redes sociales buscando apoyo recíproco de semejantes. Todos escriben. Alguno (o muchos) será un crack inédito, víctima de la mala suerte de no ser distinguido por el también arbitrario dedo de un editor (dependiente de la nota, caprichosa, de un lector que, ese día, estuviera de mala leche, y por tanto condena una obra maestra al olvido), pero la mayoría es gente que leyó, en artículos diversos, que Amazon es Jauja y vendes e-books como rosquillas y te montas en el dólar ¡YA!

¿Qué hacen, en verdad? No se promocionan. Buscan aprobación de los mezquinos, de otr@s con idéntica capacidad y/o carencia, muy faltos de autoestima, y forman una apretada-abigarrada piña que destaca por su tono vocinglero, su compacto seguidismo sectario de un nosequién, macho o hembra, la verborrea como agasajan al tal iconillo que, desde su espacio/altar/púlpito, recomienda, advierte, aconseja, etc., cobrando loas viscosas a cambio, y que, en réplica, esperan de esta deidad la merced de su atención-aprobación... surfear en su estela de reputación, confiando esto logre beneficiarles.

Hay poca personalidad y estima entre los escritores, he ido apreciando. Al repasar mi biblioteca, he destacado mi preferencia por los autores con una prosa, una composición, fuera de lo habitual. Su literatura imprime en tu ánimo la certeza de estar ante una identidad, no una entidad amorfa que persigue más el estilismo que el relato. Suelen achacar a H. G. Wells estar más interesado en lo que contaba que en cómo lo contaba. Sinceramente: prefiero eso a soportar a un autor que pone tal énfasis en cómo lo cuento que no acaba narrando nada.

Pueden abundar quienes empleen su red social para promocionarse. Este mundo actual así parece demandarlo. Pero, conforme a los casos que conozco, veo que muchos se zambullen en su red social favorita a la caza, cuan vampiro anímico, de afecto electrónico, que ni llega a rozarte (no es una caricia; no sientes el calor de la mano amada-amiga en tu piel), impersonal e impropio, y aprobación, sobre todo. Autoestima. Y le da igual si es o no sincera.

Las redes sociales son un placebo para llenar vidas inseguras y solitarias en un mundo cada día más aislado, pese a contar con potentes herramientas de intercambio y comunicación jamás vistas. Irónico, ¿eh?

© Antonio Santos
(826 palabras)
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 13 de septiembre de 2013