El postsingularismo y yo con estos pelos
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace bien poco, releyendo el prólogo del libro LA 100CIA FICCION DE RESCEPTO, de Sergio Mars, para escribir un comentario ponderado al respecto, me volvió a llamar la atención el concepto de postsingularismo.

¿Qué significa ese palabro? La idea, aunque latente durante años, se cristaliza a partir del concepto de Singularidad Tecnológica descrito en el artículo The Coming Technological Singularity: How to Survive in the Post-Human Era, de Vernor Vinge y se basa en la ley de Moore, que dice que la potencia de proceso de un circuito integrado (CPU, más bien) se duplica cada dos años, calculándose un parón hacia 2015-2020. Según esto, Vinge postula que llegado a un cierto punto los ordenadores superaran la capacidad de procesamiento del cerebro humano y la inteligencia artificial podrá elaborar conceptos más allá del entendimiento de la mente humana: el ser humano habrá quedado obsoleto.

En lo que respecta a la ciencia-ficción esto tiene consecuencias catastróficas porque todo lo que ocurra tras la singularidad será imposible de prever. El cerebro humano ya no podrá seguir la evolución de la conceptualización mecánica y como tal, el género habrá dejado de tener sentido. Más o menos en palabras literales.

Parecería que ya lo estamos viviendo. ¿Se acuerda alguien de cómo era el móvil que tenía hace diez años, si es que lo tenía? ¿Y la televisión? ¿cómo era aquel mamotreto que señoreaba el salón? En solo diez años todo eso ha cambiado de tal forma que si hubiéramos visto entonces las versiones actuales de esos aparatos probablemente ni los reconoceríamos. No obstante, hay cosas que han cambiado muy poco, sorprendentemente las lavadoras siguen haciendo lo mismo de la misma forma, algo han evolucionado, pero su tecnología sigue siendo esencialmente la misma, no voy a seguir por ese camino porque los ejemplos de evoluciones brutales (incluso de aparición, apogeo y muerte de algunos cacharros) y estancamientos pertinaces son muchos. A lo que iba, este futuro se nos ha echado encima muy rápido, y lo que nos queda por ver, de modo que la propuesta de la postsingularidad resulta atractiva.

Sin embargo hay dos cuestiones que la hacen bastante endeble. Por un lado, para que esta propuesta tenga sentido habría que suponer que la ciencia-ficción es una especie de literatura adivinatoria que pretende abrirnos una ventana al futuro. Ciertamente lo hace, la mayor parte de las ocasiones, pero pensar que los escritores de ciencia-ficción deben ser unos adivinos omniscientes es simplemente absurda. Ese concepto ha producido una interminable ristra de artículos y comentarios desilusionados porque en los años cincuenta no se supo ver la tecnología de los 90, o porque el siglo XXI retratado en muchas obras tiene poco o nada que ver con este que nos toca vivir. Hacer de la singularidad tecnológica un punto de inflexión más allá del cual no se puede ver el futuro es un argumento poco trabajado. Sencillamente no hay futuro que ver porque no se puede ver el futuro. De hecho la propia propuesta de singularidad tecnológica es un ejercicio de futurología, que podrá ser o no (al menos se basa en observaciones reales), pero de momento es solo una de múltiples posibilidades.

Por otro, ya hay bastante literatura singularística y postsingularística escrita más allá de la que se da por denominar así. Una objeción que se le puede poner al singularismo es que parte de la premisa de que las máquinas llegarán a pensar más y mejor que los humanos, pero en cierto modo como los humanos. De hecho es lo que le ha ocurrido a la humanidad toda la vida. Este artículo sería completamente incomprensible para, poner por caso, Aristóteles, siendo Aristóteles de una talla intelectual indudablemente superior a la mía, la diferencia es que en su tiempo estaba todo por describir (y descubrir) y yo ya he leído bastante sobre lo que pensó, los que aprendieron de él y los que acabaron refutando mucho de lo que dijo.

El artículo de Vinge no propone que las máquinas piensen distinto que los humanos, sino que piensan mas, La gran novela que da respuesta a este aspecto es sin duda GOLEM XV, de Stanislaw Lem. En ella los militares construyen ordenadores cada vez más potentes e inteligentes, hasta que empiezan a suceder extraños fallos, caídas en estados catatónicos incomprensibles y una displicente indiferencia de las máquinas hacia sus operadores humanos. El resumen es que la conciencia de la máquina, ya muy alejada de la humana, decide dedicarse a sus propios asuntos aislándose en un hermético universo interior que los humanos ni imaginan. La singularidad se produce, máquina y humanos son conscientes de ella pero siguen caminos divergentes. Hay futuro.

Otras obras como los ciclos del Centro Galáctico, de Gregory Bendford, o el de Akasa-Puspa de Aguilera y Redal, proponen también una singularidad y la separación de máquinas y humanidad, sin embargo, en estos casos no hay retraimientos filosófico ni mutismos impenetrables. Ambos tienden a explotar el complejo de Frankenstein y la rebelión de las máquinas, enfrentando ambas partes en luchas a muerte por los mismos y escasos recursos.

En esencia el problema no será, si es que llegue a ser, que la humanidad no comprenda a las máquinas. Si llega a suceder la singularidad predicha, ellas irán a lo suyo y nosotros a lo nuestro, con los inevitables malentendidos, pero siempre habrá de lo que hablar en lo por venir, y siempre se podrá chismorrear respecto a lo que le pasa por el microprocesador a la lavadora en su empeño en centrifugar exactamente a 734 rpm, en vez las 800 programadas.

Por resumir, la ciencia-ficción no predice del futuro, proyecta el presente en el tiempo, magnificándolo, para tener una visión, parcial, distorsionada, de alguna de las múltiples posibilidades que abre. Proyectar en el futuro un posible presente, que en realidad no deja de ser una predicción más o menos aventurada, supone adjudicar a la ciencia-ficción una trabajosa doble capacidad adivinatoria.

El problema de la ciencia-ficción no es el postsingularismo, sino más bien que el presente está resultando ser tan decepcionante que proyectarlo en el tiempo no es un ejercicio que atraiga a un público que, si exceptuamos la space-opera, claramente prefiere refugiarse en universos puramente escapistas como los de la fantasía o el terror más o menos festivo (vampiros adolescentes y zombis descerebrados) y no enfrentarse a un porvenir que para nada se presenta halagüeño.

Edición del 16 de febrero de 2017. Otra opción que está tomando fuerza y que ha explicado el propio Elon Musk, es que los humanos se integren con las máquinas para, de este modo, cuando éstas lleguen al momento dulce de la Singularidad sea un salto conjunto, o visto de otra forma, que en realidad sean los cyborgs quienes lo protagonicen. Es decir, más que adquirir conciencia propia, sería la parte humana la encargada de conceptos tales como la autoconsciencia, los sentimientos o la empatía mientras que la parte mecánica llevaría el peso de la memoria y la capacidad de proceso.

© Francisco José Súñer Iglesias
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