El futuro en que vivimos
14. Las redes sociales y la distorsión de la realidad
por Luis Del Barrio

Desde hace años tengo una cuenta en Facebook, más que mía es de la familia, la abrí para que las cuñadas se intercambiaran las fotos de los críos y cotillearan un poco. Yo también la aproveché para cotillear y volver a tomar contacto con algunos compañeros del instituto, de alguno de mis primeros trabajos, e incluso primos que hacía años que no veía. También le cogí un poco de manía cuando comprobé lo fácil que era para el resto del mundo cotillear el perfil, y sobre todo me molestaba tener expuestas las fotos de los niños a la vista de cualquier curioso, aunque con unos cuantos ajustes lo escondí todo lo mejor que supe. La novedad pasó pronto y ahora apenas le hecho un vistazo (solo media docena de veces al día. No, es broma) Lo que no tengo es Twiter, la verdad es que no le veo el sentido, ni esas otras, Instagram (¿más fotos?) ni estoy en la ubicua Linkedin (afortunadamente, trabajo no me falta) y Google+ me parece redundante. El Güasap, si lo consideramos también como red social, pues si, lo tengo, pero para enviar mensajes a mi mujer y una docena de elegidos, y de grupos, uno(s) para la(s) familia(s) y para de contar.

No me hace falta estar visible a para todo el mundo, y como mi vida no tiene interés nada más que para esas pocas personas, no me parece necesario andar enredado en las redes.

Sin embargo, ahora parece como si lo que ocurre en las redes sociales fuera lo que pasa en la realidad. Me explico. Los medios de comunicación tradicionales, radio, televisión, hasta la prensa, hacen continua referencia a lo que se dice en las redes sociales, una de las coletillas más de moda es arden las redes sociales, si algo se dice en las redes sociales se toma como opinión general de la sociedad. Este último es un ejercicio de transferencia un poco desproporcionado. No me hace ninguna gracia que por el mero hecho de que algo se repita mucho en Twiter, que para estas cosas suele ser la referencia, se considere como el sentir común de la sociedad, a mayores, no tiene ningún sentido que lo que unos pocos usuarios habituales de Twiter escriban sea considerado como sentir común de la sociedad.

Me sorprende como la gente cede en sus posiciones o modifica su comportamiento ante una avalancha de mensajes que probablemente no se corresponda ni al 1% de sus seguidores ni al 0,001%.

No es extraño ver pedir disculpas y dar marcha atrás ante múltiples comentarios afeando tal o cual actitud o pensamiento, sin pararse a pensar si esos descontentos suponen una cantidad significativa de público, y es más, si el criterio de esos descontentos es digno de tomarse en cuenta. En el día a día tenemos la ventaja de que las críticas a nuestras decisiones las emiten personas a las que conocemos personalmente, si la crítica la emiten muchas personas de las que no tenemos buen concepto respecto a su criterio, sencillamente las ignoramos, si la emite una sola persona a la que respetamos y admiramos, probablemente le hagamos caso, o al menos nos pensaremos las cosas antes de hacer nada más. En Internet eso no ocurre, se le da un valor desmesurado a un número no contrastado de opiniones generalmente anónimas.

De esto resulta, sencillamente, la dictadura de una minoría. Hay en el Sitio un artículo donde se explica como hace años una revista de ciencia-ficción cedió ante la avalancha de cartas pidiendo más contenido relacionado con Star Trek. Se aumentó dicho contenido y a los pocos números la revista empezó a perder lectores hasta que la situación se hizo insostenible y acabó por cerrar. ¿Pero no era material sobre Star Trek lo que pedían los lectores? ¿Por qué les abandonaron precisamente cuando dicho material se hizo mayoritario en la revista? La razón era bien sencilla: la gran mayoría de los compradores no eran fans de Star Trek, probablemente hasta les aburriera Star Trek y encontraran en la revista un remanso de paz al respecto, de modo que cuando la revista se hizo más y más trekki, esa gran mayoría silenciosa, simplemente, les abandonó. Los responsables de la revista habían cometido el error de no conocer a sus lectores, y dejarse llevar por el ruido de una minoría que, defendiendo sus intereses, acabó por perjudicar al resto de los implicados.

Naturalmente, se trata de dictadura relativa. Basta con hacer lo que ya he comentado y hacerse unas cuantas preguntas ¿Cuántos son? ¿Qué proporción representan? ¿Quienes son? Si las respuestas son sólo de carácter cuantitativo y no cualitativo es mejor que esas palabras se las lleve el viento. Esto me lo enseñó uno de mis antiguos compañeros de estudios (de esos que recuperé gracias a Facebook) que ha terminado siendo un actor conocido, aunque siempre en roles de reparto. Tuvo una época muy mala en la que veía como muchos de los comentarios que recibía su trabajo a través de las redes sociales eran pésimos, y ya se sabe como son los artistas: amargura y depresión. Hasta que cotejó lo que decían las redes sociales con la realidad de su entorno, y la cuestión era que las obras y series donde participaba se representaban o mantenían en antena durante un tiempo satisfactorio, la gente que le paraba por la calle le felicitaba y daba ánimos, y, lo más importante, le seguían llamando para nuevos trabajos. ¿Quiénes eran entonces los que le machacaban en las redes sociales? Me lo dijo un día de esta forma, más o menos No les puedo poner cara, y si no se quien son, no son nadie.

Las redes sociales no arden y la importancia de opiniones y comentarios vertidos en ellas es más bien relativa, de hecho, si no fuera por el pábulo que se les da en los medios de comunicación tradicionales, muchos de los terremotos en las redes sociales no serían nada. Recordemos que no por ruidosas ciertas minorías son representativas nada más que de sus propios intereses. Que los defiendan, pero cuando eso acabe causando perjuicios a intereses generales o particulares, mejor dejar de hacerles caso.

© Luis Del Barrio
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