Hombres de negro, una trilogía venida a menos
por José Carlos Canalda

Vi en su momento las dos primeras entregas de HOMBRES DE NEGRO (MEN IN BLACK en el original), estrenadas respectivamente en 1997 y 2002. Y recuerdo que la primera me gustó bastante, o por lo menos me divirtió; la segunda, no tanto. La que no conocía era la tercera, de 2012, por lo que ya puestos fui a una biblioteca, saqué los DVD y me vi las tres de una tacada. Así pues, he preferido hacer un comentario conjunto de todas ellas, ya que evidentemente hay una continuidad clara no sólo de los argumentos, sino también de los personajes y los actores.

La conclusión a la que llegué no se diferencia demasiado a la que alcanzara en su día con respecto a las dos primeras entregas, ni tampoco a lo que cabía esperar de la tercera dada la evolución habitual de las series cinematográficas, casi siempre a peor salvo honrosísimas excepciones y con los últimos episodios convertidos en meras caricaturas de la idea original. Pero no nos precipitemos.

Empezando por la primera he de reconocer que me divirtió de nuevo, no porque se tratara de una comedia —la inmensa mayoría de las comedias que se perpetran actualmente en Hollywood, con independencia del género, suelen ser infumables— sino porque es una soberana gamberrada. Puesto que no conozco el cómic en el que está basada me veo imposibilitado de hacer comparaciones con éste, lo que no evitó que encontrara descacharrante un argumento que, partiendo de uno de los tópicos más manidos de la, llamémosla así, ufología, presentaba en clave de humor —humor gamberro, insisto— los posibles contactos entre humanos y extraterrestres, con una organización ultrasecreta, los MEN IN BLACK, controlando a los innumerables visitantes galácticos que pululan por nuestro planeta, unos pacíficos y amistosos y otros no tanto. De hecho, hasta el habitualmente insoportable Will Smith está aquí en su salsa, con un papel que parece estarle cortado a medida sin que su exagerado histrionismo chirríe demasiado. Por supuesto también tenemos al siempre espléndido Tommy Lee Jones, lo que no es moco de pavo.

Ciertamente el guión es flojillo, limitándose a ser poco más que una mera urdimbre en la que se van encajando los sucesivos gags, a cada cual más desopilante; pero precisamente es ahí es donde radica el acierto de la película. Al fin y al cabo ocurre lo mismo con los dibujos animados de la Warner —véase, por ejemplo, un episodio cualquiera de las trapisondas del coyote en sus frustrados intentos por cazar al correcaminos— o con cualquier historieta de la Escuela Bruguera, las de Mortadelo y Filemón, pongo por caso. La comicidad no requiere de guiones complejos para lograr su objetivo, e incluso éstos pueden llegar a convertirse en una rémora.

Así pues, si lo miramos desde este punto de vista la primera entrega de HOMBRES DE NEGRO cumple perfectamente con sus objetivos, de idéntica forma a como lo hacían los ya citados dibujos animados de la Warner o los cortos cómicos del cine mudo, de los cuales encuentro claras influencias en la película incluyendo un nada disimulado uso del vetusto slapstick que constituía uno de los principales pilares de los unos y los otros. A ello hay que sumar la gansada de hacer aparecer como alienígenas a personajes conocidos tales como Elvis Presley, Michael Jackson, Silvester Stallone o el mismísimo Steven Spielberg, productor de la película.

Y como la cuestión era divertirse tomando a mofa una de las conspiranoias favoritas de los frikis aficionados a los platillos volantes, por supuesto sin tomárselo en serio, la verdad es que lo lograron.

La cosa empezó a cambiar con la segunda película, a la que se la puede definir como simplemente más de lo mismo. En consecuencia ésta pierde frescura y, aunque la fórmula siga siendo idéntica el guión no aporta nada nuevo, con una mala realmente patética —nada que ver con el bicho camuflado bajo la piel de un granjero del episodio anterior— y sin que el notable incremento de efectos especiales baste para compensarlo. Así pues, la película carece de la frescura de la anterior y acaba resultando pesada, dejando además una poco agradable sensación de dejá vu.

En cuanto a la tercera, estrenada diez años después de la anterior —el doble del intervalo que medió entre las dos primeras—, poco o nada bueno es lo que se puede decir de ella. Y no sólo porque la fórmula aparezca ya agotada por completo, sino también porque sus responsables se empeñaron al parecer en embutirla en un guión de verdad, entendiendo como tal una historia más o menos homogénea sin garantía alguna de que ésta sea buena, supeditando las gamberradas, cansinas ya a estas alturas, a contarnos la manida historia de un criminal loco que se escapa y jura vengarse de quien lo encarcelara varias décadas atrás, en este caso el agente KTommy Lee Jones —, con paradoja temporal incluida descaradamente copiada, o al menos así me lo pareció, de REGRESO AL FUTURO. Por supuesto la película rebosa de efectos especiales —tenían que notarse los quince años transcurridos desde la primera entrega—, pero adolece de todos los defectos de lo que ahora entiende Hollywood por cine de ciencia-ficción, careciendo por completo de la frescura de su predecesora.

Puestos a buscarle, no sin esfuerzo, algo positivo, cabe reseñar algo que me llamó poderosamente la atención a unas alturas en las que los efectos especiales suelen acabar creándome una irreprimible sensación de hastío: la escena final, concebida a modo de apoteosis, tiene lugar durante el lanzamiento de la misión lunar Apolo 11, con los agentes K —el de 1969— y J —el Will Smith que ha retrocedido en el tiempo— enfrentándose a las dos versiones —la de 1969 y la de 2012— del malo de turno, Boris el Animal, una pugna de cuyo resultado dependerá el futuro de la humanidad. La lucha se desarrolla en la torre de lanzamiento del Saturno V con el gigantesco cohete incluido, el cual fue recreado de forma virtual según se explica —ventajas de ver la película en casa— en los extras incluidos en el DVD. Cierto es que a estas alturas los programadores de efectos especiales pueden hacer prácticamente cualquier cosa, pero no es lo mismo encontrarnos con un escenario fruto de la imaginación de sus creadores, por muy espectacular que pueda resultar, que ver la recreación de un hecho histórico con una minuciosidad tal que resultaría extremadamente difícil, por no decir imposible, diferenciarlo de las grabaciones reales de la época. Y esto, lo reconozco, me impresionó bastante.

Por lo demás, lamento insistir en ello, la película es muy, pero que muy flojita. Esperemos que a nadie se le ocurra plantear una cuarta entrega, aunque cosas más raras se han visto últimamente.

Ah, se me olvidaba. Como autor de las tres bandas sonoras figura Danny Elfman, músico habitual de la filmografía de Tim Burton y, para mí, uno de los mejores compositores actuales de música de cine, con permiso claro está de mi idolatrado John Williams. En realidad no es suya la totalidad de la música, dado que hay también canciones de autores y estilos muy diferentes, incluyendo al propio Will Smith en su vertiente rapera; pero aunque éstas no sean probablemente sus mejores partituras, lo cierto es que Elfman no defrauda dándonos una buena muestra de su característico estilo.

© José Carlos Canalda
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