Me quiero entretener
por Francisco José Súñer Iglesias

La cosa es muy sencilla, si me siento a ver algo en la tele, o voy al cine, o me embarco en la lectura de un libro puede ser para dos cosas, o bien tengo intención de elevar mi espíritu y ampliar mis conocimientos y cultura, para lo que elijo documentales, ensayos e incluso libros de texto, o bien solo quiero dejar pasar el tiempo lo más rápido posible con una historia bien contada y, a ser posible, que no se convierta en un prolijo y detallado catálogo de detalles pomposamente intrascendentes.

Nunca he entendido bien esa corriente de pensamiento que considera que no es posible el espectáculo sin que se intente desasnar al lector/espectador, comunicándole, mejor si es de forma críptica, todo lo malo que hay en el mundo. Corriente de pensamiento que, por extensión, también suele despreciar el espectáculo ligero, libre de lastres ideológicos, centrado fundamentalmente en satisfacer las pequeñas necesidades cotidianas de diversión y evasión.

Los calificativos sosos y facilones de masas aborregadas o descerebrados lanzados desde una falsa superioridad intelectual, y hasta diría que moral, dicen bien poco de quienes los utilizan con un afán ciertamente extraño: si algo no interesa, ciertamente lo mejor es ignorarlo, no prestarle más atención de la que merece y dedicarse a las cosas que de verdad apasionan, no perder el tiempo en sacarle punta por no se muy bien que extraños motivos. Me pongo de ejemplo: el cine iraní, las performances de artistas lapones sujetando durante horas en horizontal un palo de escoba o el teatro metafigurativo no me interesan en absoluto, y esta es toda la atención que les presto.

Intentemos imaginar como fueron los primeros espectáculos: un híbrido entre literatura y teatro, nuestros remotos antepesados, tras la cena, al calor del fuego, se relatarían los unos a los otros sus hazañas de caza, adornarían el relato de las batidas con metáforas cada vez más elaboradas, tomarían un asta o una piel para transfigurarse en el animal abatido, exagerarían la fiereza y resistencia de la bestia y su propia astucia e inteligencia. Los más ocurrentes acabarían por ser requeridos para que contaran una y otra vez sus aventuras, cada vez más adornadas, cada vez más elaboradas.

En aquel momento ni al cazador le interesaba alertar a su público sobre los peligros de la caza indiscriminada del jabalí, ni al público le parecería demasiado importante el triste destino del huérfano y la viuda del compañero de caza, malogrado entre los cuernos de un búfalo. Más bien querrían dejarse llevar por la magia del relato, vivir lances apasionantes, transportarse a escenarios que no por cercanos eran menos exóticos, y olvidarse por unos momentos de lo duro que era sobrevivir al día a día.

En algún momento al narrador se le olvidó eso, de alguna forma extraña entendió que el público lo que debía aguantar eran sus propias neuras y ser depositario de sus propios miedos, y en vez de grandes episodios les empezó a sermonear sobre cuestiones que, en su mayoría, eran de un interés relativo para los espectadores. Supongo que con un éxito desigual, naturalmente algunas historias y algunos narradores sobrevivieron al paso del tiempo porque incluso los miedos particulares son en realidad la extensión de los miedos colectivos, y quien mejor retrataba esas preocupaciones también encontraba un público más amplio y receptivo.

El problema real surgió cuando el lenguaje se estilizó. El narrador también se olvidó de que para que exista una comunicación el código utilizado ha de ser el mismo en ambos extremos, y si la simbología cambia tal comunicación ni siquiera se llega a establecer. Jugando entonces al equívoco de que el narrador es el dueño del lenguaje estetas y palmeros hicieron varios apartados en el mundo de la narrativa, por un lado los iniciados, los que conocen el código, y por otro el resto del mundo que se debe contentar con mensajes simples, obtusos y faltos de contenido.

Pues entre esa segunda clasificación es donde más cómodo me encuentro. Disfrutando de espectáculos directos, no necesariamente sencillos pero si adecuadamente hilvanados, con un principio, un fin y una finalidad precisa. Desde mi punto de vista introducir más elementos de los necesarios en una narración la entorpece, la convierte en un mamotreto que cumple a duras penas la función pretendida, que desde luego, no es hacer que el público se olvide de lo duro que es sobrevivir al día a día.

© Francisco José Súñer Iglesias
(734 palabras)