Simplificando
por Francisco José Súñer Iglesias

De siempre me han gustado las narraciones directas, sencillas, sin grandes artificios, solo algunos maestros del hipnotismo literario, como Lem o Ballard, consiguen sacarme de esos parámetros, pero ojo, tanto el uno como el otro lo consiguen a base de un estilo altamente depurado, sus narraciones pueden ser muy complejas y agobiantes, pero ninguno de ellos, traducciones mediante, tienen estilos especialmente alambicados ni recurren al literaturismo de altos vuelos para desconcertar al lector —ya se sabe: si no puedes deslumbrarlos con tu sabiduría desconciértalos con tu palabrería—

Esto es público y notorio, llevo unos cuantos lustros proclamándolo desde estas páginas y a estas alturas no debería sorprender a nadie. La cuestión es que con los años esa tendencia se va reafirmando y cada vez me resulta más aburrido leer según que textos llenos de construcciones retorcidas, abusando del vocabulario más rebuscado y con objetivos para nada evidentes.

La verdad es que hace ya un buen montón de años se me pasó la edad de los descubrimientos, y al cabo, reflexionando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que realmente no hay tanto por descubrir, hay unas cuantas historias arquetípicas y con unos pocos centenares de palabras basta para desarrollar aventuras extraordinarias. Más allá de eso solo hay vueltas de tuerca argumentales y uso intensivo del diccionario de sinónimos. No digo que eso no esté bien, ir más allá e intentar darle lustre a la historia ya sea puliendo el argumento o enriqueciendo el lenguaje siempre se agradece y aleja la sensación de haberla leído en el pasado, pero lo que siempre me ha resultado cargante es que se supere la barrera de lo razonable y la maraña de la historia y el torpe abuso de los sinónimos solo consigan convertir el relato en un pastiche infumable.

Por eso hace mucho que renuncié a considerar la originalidad como un parámetro a tener en cuenta. Hay una época en la vida en la que todo parece original, se descubren narraciones formidables que expanden la percepción del mundo más allá de los estrechos límites a los que está confinado el lector. Sin embargo, según pasa el tiempo y se acumulan las lecturas se descubre que esa originalidad no lo era tanto, el rupturismo no dejaba de ser una pose conseguida a base de ofuscar el texto, lo peor viene cuando se encuentra alguna vieja novela de antes de la Edad de Oro y se descubre que es tanto o más rompedora y fresca que cualquiera de las últimas novedades. Nada nuevo bajo el Sol, o al menos, en las dosis habituales.

Conozco a mucha gente que ha dejado de leer regularmente ciencia-ficción. De empedernidos aficionados, casi monotema, con los años han pasado a convertirse en omnivoros literarios sin especial preferencia por el género. Por un lado lo poco que se publica, y por otro la sensación de que ese poco no deja de ser más de lo mismo, les ha llevado a desinteresarse por la ciencia-ficción. Suele ser gente ya de una edad (conocí a la mayoría en los inicios del Sitio) muy leída, muy conocedora, que ya no encuentra en las novedades la satisfacción de hace años, más jóvenes, con menos experiencia.

Yo, particularmente, he simplificado; lecturas directas y sencillas, no necesito que me abrumen ni me deslumbren, prefiero un narrador hábil a un erudito constructor de laberintos, llegado a un punto se comprende que solo hay una forma de hacer más complejo un laberinto: hacerlo más grande, y francamente, ese es un camino que no me ha interesado en el pasado y menos aún me interesará en el futuro.

© Francisco José Súñer Iglesias
(602 palabras)