Ladrones de tiempo
por Francisco José Súñer Iglesias

El tiempo es un tema recurrente en la ciencia-ficción. Más allá de los viajes temporales, que dan mucho juego y abren límites más allá de los meramente espaciales, el tiempo considerado como parámetro argumental es grandemente celebrado. Ejemplos clásicos son los viajes sub-lumícos, en los que el viajero se ve obligado a hibernar a causa de los larguísimos periodos de tiempo que dura el viaje, lo que da lugar a escenas míticas, como el despertar de los tripulantes de la Nostromo en ALIEN (autoplagiada por Scott en PROMETHEUS), sin olvidar que eso hace que los viajeros acaben en un futuro relativo bastante desconcertante, como le ocurre a Charlton Heston en EL PLANETA DE LOS SIMIOS. El tiempo como método de control de población es también un tema atractivo como se demostró en su momento en LA FUGA DE LOGAN, o más recientemente en IN TIME, donde incluso es utilizado como una más que atractiva divisa. En relación a eso, el tiempo también puede ser prestado, como le ocurre al protagonista de LOOPER, cuyo gremio goza de una jubilación en unas condiciones muy ventajosas, a muy pronta edad, con una más que considerable cantidad de dinero y exactamente treinta años para gastárselo, momento en el que el propio gremio se encarga de darles el pasaporte, quieran o no.

De lo que la ciencia-ficción no se ha ocupado, o se ha ocupado poco y quizá en algún oscuro relato difícil de encontrar, es de los ladrones de tiempo. No hablo de enigmáticos entes de oscuros propósitos, sino de artefactos y actitudes muy reales que absorben el tiempo y lo sepultan en un agujero negro del que nunca se volverá a recuperar.

Son fáciles de identificar y todos los hemos sido objeto de sus atenciones en alguna ocasión. Nos acechan dos tipos de ladrones de tiempo; los que debido a una mala organización implican invertir más tiempo de lo deseable en tareas que, de otra forma, tendrían un recorrido relativamente corto, y por otro los artefactos adictivos o que requieren una gran atención no siempre compensada con un fin útil.

Pensemos en los primeros, una mala organización implica que cualquier tarea puede llevarnos más tiempo del realmente necesario. No saber donde están las cosas, no mantener ordenado el espacio de trabajo, no tener claro el objetivo de la tarea, suponen pausas y paradas para encontrar tal o cual herramienta o documento, deshacer trabajos porque no se estaba avanzando en la dirección correcta, o simplemente repetirlos porque aún siendo el fin deseado el camino no ha sido el correcto. Se puede admitir un cierto grado de improvisación, de dejar que la inspiración fluya libremente, pero siempre dentro del plan previsto.

Sin embargo, el mundo de la tecnología ha sido una fuente inagotable de ladrones de tiempo durante estas últimas décadas. El ladrón de tiempo suele ser un artefacto sencillo y, a lo sumo, necesitar solo unos pocos minutos de tiempo para comprender su funcionamiento, no exige un gran nivel técnico o un adiestramiento especial para su uso. El ladrón de tiempo se basa en tareas simples, pero repetitivas que, no obstante, nunca llegan a completarse del todo.

Hasta la llegada de ciertos programitas para móviles, El ladrón de tiempo por excelencia era el propio teléfono. Es casi imposible resistir su llamada y una vez descolgado puede convertirse en una fuente inagotable de largas y pesadas conversaciones, por no hablar de la pérdida de concentración que implican. Otro ladrón de tiempo que se ha introducido casi de rodón en nuestras vidas han sido las redes sociales y, sobre todo, la mensajería instantánea. Más allá de su objetivo original de mantener en contacto a la gente y establecer comunicaciones de forma cómoda y sencilla, la mensajería instantánea (esa que estamos todos pensado) roba tiempo a espuertas cada vez que notifica la recepción de un mensaje; contestarlo y esperar la respuesta se convierte en un tiempo muerto, encadenar varios mensajes sin tener claro como y cuando se terminará el intercambio destroza cualquier otra actividad que se esté llevando a cabo, desde fregar los cacharros a emular a Picasso.

Los peores ladrones del tiempo son los que acaban por hacerse adictivos; juegos (tan estúpidos como) inacabables, atención insistente al teléfono o al correo electrónico esperando la llegada de algún mensaje, etc, etc, se han convertido además en el signo de esta época.

Probablemente, de volver a escribir LA MÁQUINA DEL TIEMPO en ésta época, H. G. Wells no imaginaría un artefacto capaz de ir del presente al pasado como quien se da un paseo por el parque. Imaginaría una máquina de fabricar tiempo para reponer todo el que roban al cabo del día los ladrones de tiempo.

© Francisco José Súñer Iglesias
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