Escritores petirrojos
por Raúl Alejandro López Nevado

Las redes sociales tienen una dinámica de lo más curiosa, es frecuente que un pensamiento razonable no encuentre eco alguno, y que una soberana estupidez se convierta en ubicua (o viral, como dicen ahora). La cuestión es que hace unas semanas, como si de un incendio súbito se tratara, comenzaron a aparecer artículos de cantamañanas que clamaban conocer la verdad acerca de la literatura de género en España. La idea básica de estos artículos era que, por alguna especie de tara genética de la españolidad, los escritores españoles estaban condenados a ser mediocres frente a la excelsitud de los extranjeros. Me resultó especialmente instructivo el artículo de un traductor que trabajaba para una gran editorial, y que comparaba lo escrito por autores noveles, cuyos manuscritos descartaba, con lo escrito por las grandes plumas extranjeras que traducía y concluía, con toda evidencia, que los autores españoles no estaban a la altura de los extranjeros.

Si alguien se atrevía a contradecir a estos popes de la cultura, la respuesta era brutal e incontestable: ¿Dónde están los martins o los gaimans españoles? Que digo yo, por cierto, que estarán en el mismo lugar que los aguileras, martínez, vaquerizos, palmas, somozas... ingleses, pero en fin. La verdad es que no quise seguir demasiado la polémica, porque estas cosas me acaban haciendo mala sangre, y hace años que decidí que era mejor emplear mi tiempo en escribir que en embarcarme en discusiones bizantinas, y menos con analfabestias que no han leído una sola línea de auténtica literatura de género española, pero aún así la critican porque John les suena con más glamour que Juan.

Sin embargo, mientras yo decidía olvidarme por completo del tema, mi subconsciente seguía empecinado en él, buscando una reducción al absurdo del argumento de los antiescritores españoles, que fuera tan devastadora como para postrarlos para siempre jamás en su propia miseria. Mi subconsciente prosiguió con sus pensamientos en silencio, hasta que un día dio con el argumento que buscaba y me lo presentó: la comparación entre escritores españoles y escritores extranjeros era tan ridícula, como podría serlo la comparación entre petirrojos españoles y petirrojos extranjeros. De entrada, pensé que aquello era una alegoría cualquiera, que lo mismo podía haber utilizado a cuervos, a caballos o a gorilas en lugar de a petirrojos; pero al poco me di cuenta de que no, de que mi subconsciente me acababa de proporcionar la alegoría perfecta. Esos jodidos antis ya podían prepararse, los iba a hundir para siempre... aunque antes, cabía hacer ciertas anotaciones ornitológicas.

Los petirrojos (Erithacus rubecula) son esos pajarillos redonditos, de color parduzco y con una enorme mancha roja en el pecho. Están distribuidos prácticamente por toda Europa, sobre todo en la parte occidental, y conforman una especie única y genéticamente idéntica en toda su distribución. Sin embargo tienen una característica especialmente llamativa: mientras que las aves nacidas en el norte de Europa, fundamentalmente en el Reino Unido, son migratorias, y se mueven hacia el sur en invierno; las nacidas en España residen en nuestro país durante todo el año. Esto ocasiona un fenómeno curioso: en invierno, podemos encontrar en nuestros bosquecillos y parques tanto petirrojos nacidos en España, como petirrojos nacidos en el norte de Europa. Son imposibles de distinguir por su apariencia, y sin embargo tienen comportamientos totalmente distintos: los españoles huyen a la que estás a menos de quince metros de ellos, mientras que los norteños permanecen confiados y llegan incluso a acercarse a tus pies por ver si les ofreces algo de comer.

Esta llamativa divergencia de comportamiento es fácilmente explicable si atendemos a cómo son tratados en sus respectivos países de origen. Los escritores españoles aprenden desde que salen del huevo a evitar a los humanos, saben que cualquier crío es capaz de pegarles una perdigonada o vandalizarles el nido, y que si no se andan con cuidado pueden caer en las trampas de los pajareros. Los ingleses, en cambio, aprenden que los humanos son una fuente de recursos, que les ponen ricas semillas y refugios en el jardín y que a su lado están a salvo de depredadores. De entrada, el ecosistema en el que nacen los petirrojos ingleses es bastante más inhóspito que el de los españoles, de ahí que migren en invierno; pero los medios que la sociedad pone a su alcance hace que proliferen con mucha mayor facilidad.

Los escritores españoles nacen en un medioambiente rico, cálido y lleno de alimentos. El castellano es un buen hábitat porque lo comparten más de cuatrocientos millones de personas, que lo preñan de significados y nuevas palabras con sus mil mundos y experiencias distintas, y a ese respecto, está igualado con el inglés e infinitamente por delante de lenguas como el alemán, el francés o el italiano. Sin embargo, al igual que ocurre con los petirrojos, para cualquier escritor resulta mucho más difícil medrar en un paraíso lleno de trampas de lo que lo es en un ambiente más inhóspito; pero lleno de oportunidades.

A estas alturas, llevo metidas para el cuerpo las letras de muchos autores españoles y las de muchos extranjeros, y sé de sobra que los mejores de los nuestros no tienen nada que envidiarles a los mejores de los suyos. Al contrario, porque encuentro mucho más meritoria la rabiosa tenacidad con la que tienen que escribir nuestros escritores, que la plácida tranquilidad con la que escriben muchos de los extranjeros. No obstante, en España siempre ha imperado una especie de extraño chauvinismo al revés que afecta a todos los ámbitos de la cultura. Y si no me creéis, pensad por un instante en el bueno de Cervantes, el verdadero padre de la novela, el creador de uno de los personajes más inmortales de la literatura, muerto en la pobreza y enterrado en una fosa común sin que sepamos ni siquiera cuáles son sus huesos.


Notas

Aprovechando esa acusación, pero en una línea de pensamiento diametralmente opuesta está el artículo ¿Dónde están los gaiman y martin españoles? de Abel Murillo, disponible en el siguiente enlace: http://www.ellegadodelaprofecia.com/2014/01/donde-estan-los-gaiman-y-martin.html

Uy, qué fallo...

No conozco el tema del chino como para poder juzgar con el suficiente fundamento; pero me da la impresión de que, a pesar de ser una lengua más hablada que el castellano o el inglés, al ser hablada únicamente en un solo país, se trate de una lengua mucho más monolítica, falta de la cantidad de experiencias que proporciona la multiplicidad de países en los que se habla inglés o castellano.

© Raúl Alejandro López Nevado
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