Especial Decimoséptimo Aniversario
Sobrevivir al presente
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Alejandro Caveda

Gracias a la tecnología y sus avances hemos evolucionado hasta el punto de pasarnos la vida enganchados a la pantalla de un dispositivo móvil. Y es que no sé ustedes, pero un servidor empieza a estar algo cansado de ir por la calle esquivando gente que camina mientras tiene el cerebro ocupado en escribir mensajes de texto y aguardar la correspondiente respuesta. De hecho, el reemplazo generacional nos da una buena pista de lo rápido que todo cambia a nuestro alrededor. Mientras que para alguien menor de veinte años Internet, las redes wi-fi y la telefonía móvil 3G (o cuatro, que más da) son algo cotidiano que bien podrían llevar ahí desde la época de Carlomagno, los que doblamos (e incluso superamos) esa cifra crecimos en un mundo en el que estos términos (y los cachivaches a los que aluden) parecían elementos propios de una novela, película o serie de la más delirante ciencia-ficción. ¿Recuerdan Star Trek, la serie clásica? ¿Los intercomunicadores y los tricorders? Aparatejos la mar de sofisticados que palidecen de envidia ante cualquier móvil de gama alta y última generación equipado con una cámara de tropecientos megapíxeles y las apps correspondientes. De hecho, la tecnología tiene incluso a cambiar nuestra percepción del pasado. El esmero de la princesa Leia por guardar los planos de la Estrella de la Muerte en la memoria interna de R2 D2 resulta un tanto absurdo si pensamos que todo lo que tenía que hacer era filtrarlos a través de la Holonet para que cualquiera pudiese descargárselos en su ordenador, y replicarlos a pequeña escala con una impresora 3D.

No deja de ser curioso también comprobar como la mayoría de los autores clásicos fallaron, en cierto modo, a la hora de imaginar el presente. Todavía no tenemos asentamientos en Marte, ni hay aereocoches, mochilas-cohete y autobuses espaciales circulando por nuestro espacio aereo. Muy pocos vieron venir la auténtica revolución: la del mundo de la informática y las telecomunicaciones, salvo algunos visionarios como Arthur C. Clarke o William Gibson. Aunque eso, como se suele decir, ya sería materia para otro artículo.

Y es que como especie, tenemos una curiosa relación de amor y odio con la tecnología. En los albores de la primera revolución industrial no pocos intelectuales y filósofos defendían que la ciencia tenía todas las respuestas, y que el desarrollo científico y tecnológico daría pie a una sociedad mejor y más justa, donde las máquinas harían la mayor parte del trabajo ingrato mientras las personas podrían dedicarse a descansar y reflexionar sobre el mundo y sus maravillas. Hoy, claro está, sabemos que ese futuro (que es nuestro presente) no se ha resuelto exactamente así, y si no, que le pregunten a cualquier asalariado prescindible y reemplazado por una máquina que es lo que él opina al respecto. Y no se trata de que los ordenadores cobren conciencia propia y decidan que esas unidades de carbono que infestan el planeta sean prescindibles, tal y como se plantea en TERMINATOR o MATRIX, es que —en términos económicos— los humanos cada vez somos menos rentables como trabajadores, tan sólo como consumidores. Algo que podría alimentar ese complejo latente de Frankenstein a propósito de las máquinas y la tecnología que alienta en buena parte de la obra de autores como Asimov o Harlan Ellison, aunque tampoco falta gente más optimista que, al estilo del recientemente fallecido Iain M. Banks, imaginan un futuro en el que el ser humano y las máquinas viven en armonía. Tal vez no perfecta, pero armonía, al fin y al cabo.

Quizás todo sea un problema de plazos. Los cambios son más traumáticos cuanto más rápidos, y nuestro desarrollo tecnológico se ha acelerado de forma exponencial desde el siglo XVIII. Nos llevó miles de años pasar de la energía eólica o animal al carbón y el vapor de agua, y menos de trescientos de ahí a surcar los cielos y viajar al espacio exterior. Lo que hace apenas cincuenta años parecía fruto de la más pura ciencia-ficción hoy nos resulta algo cotidiano y ¿quién se imagina las maravillas que nos aguardan a la vuelta de la esquina? ¿Teletransporte? ¿Nanotecnología? ¿Ingeniería genética? Todo es posible. Cada avance conduce a otro y este a su vez al siguiente con una precisión casi inexorable. Es posible que dentro de otras dos décadas estemos contemplando con asombro estas y otras novedades, mientras que la siguiente generación simplemente las asumirá con la naturalidad de quien ha crecido con ello. Pero eso es el futuro y el gran desafío, hoy por hoy, es sobrevivir al presente.

© Alejandro Caveda
(762 palabras)
Alejandro Caveda mantiene el blog El zoco de Lakkmanda