Especial Decimoséptimo Aniversario
El mundo medio lleno, medio vacío
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Dixon Acosta

El tiempo presente siempre estará en entredicho, bien sea porque difícilmente los hombres vivimos a gusto con la realidad que nos rodea, producto de las crisis coyunturales que en ocasiones parecerían estructurales, casi permanentes. La economía parece cada vez más un débil barco sujeto a fuertes corrientes y no parece que nos lleve a puerto seguro. Esto unido a un clima social marcado por la protesta y la indignación, sin olvidar ese eterno juego de muerte y destrucción que es la guerra, la cual se manifiesta en conflictos que se multiplican por el mundo.

La gente en general no está a gusto por el presente, en parte porque hay un sentimiento nostálgico por los tiempos idos, el refrán que tiende a repetirse en nuestras casas, todo tiempo pasado fue mejor, unido a la ilusión y esperanza que representa el porvenir. Ningún mejor momento que esta tendencia a desacreditar el tiempo presente e ilusionarse con el futuro, la representa la reciente celebración del año nuevo, en el cual se desecha todo lo que se relaciona con el año por terminar y con fiesta y ovaciones se recibe al recién llegado. Pero la decepción con el tiempo presente, en parte se da porque precisamente en el pasado algunos nos prometieron un mundo mejor.

En particular, ciertas obras literarias y audiovisuales de ciencia-ficción en sus especulaciones, nos hablaban de una carrera espacial que para este año, debería no sólo haber consolidado la presencia en la Luna con base permanente incluida, sino haber llevado al hombre a otros planetas e incluso haber tenido pruebas de otras formas de vida más allá de nuestro vecindario solar. Algunos autores creían no sólo que para estas fechas, el hombre ya habría llegado a Marte sino que lo estaría colonizando. Esta premisa, ahora se revive en forma de una especie de reality show televisivo, una iniciativa privada que promete llevar (pero no devolver) a quienes deseen ser los primeros marcianos de la historia.

En casi todas las películas y series de ciencia-ficción se concebía para este primer decenio del siglo XXI autos voladores, que llevarían el caos del tráfico de las calles a los aires, pero todavía no he visto el primer coche paseando por encima de los edificios, aunque la verdadera solución para el problema vehicular sería la teletransportación, pero esta opción se demorará mucho más que la otra posibilidad.

De igual forma, se nos aseguraba que para estas fechas, los robots serían complejos autómatas con apariencia humana que incluso resultarían peligrosos porque podrían apoderarse del mundo. Sin embargo, hasta el momento no pasan de ser juguetes sofisticados, aunque cada vez más sorprendentes y algunos modelos ya comienzan a caminar erguidos, el robot sapiens se desarrollará, pero no tan pronto como lo augurado. La inteligencia artificial se ha volcado en otro tipo de dispositivos como en el que estoy escribiendo en este momento. De otra parte, parece que siempre será un enigma la posibilidad de viajar en el tiempo, argumento que es el Santo Grial de los aficionados a la ciencia-ficción.

Eso para no hablar que en el terreno de la salud pública todavía no se descubre la cura para el cáncer, ni siquiera para la gripe común y con los años pareciera que surgen más peligros que avances, como enfermedades pandémicas como el SIDA o terribles virus que surgen de cuando en cuando. Sin embargo, lo que sí resulta vergonzoso es que a estas horas del camino, la humanidad no haya sido capaz de vencer el hambre. No es concebible ni justificable que haya niños en el mundo que diariamente mueran de inanición, sobre todo cuando todavía no es un problema de falta de recursos. La balanza muestra que el mundo guarda mucha riqueza, pero mal repartida y peor administrada.

Si hoy no podemos aplacar el hambre de algunos, no quiero imaginar el día cuando el número de seres humanos haya superado las cantidades de recursos y sin mediar catástrofes apocalípticas o guerras nucleares, la competencia de la gente sea por conseguir agua y alimento para sobrevivir, aunque esto no resulta una idea novedosa, pues fue expresada en 1798 por un señor Malthus. A las teorías malthusianistas algunos de sus críticos las han controvertido precisamente con el desarrollo tecnológico y la posibilidad de crear más alimentos, pero hoy esa posibilidad es más que real y el hecho cierto es que el jinete del hambre galopa libre por muchos campos del mundo.

Así las cosas con este panorama desolador, sobre las promesas incumplidas de los especuladores de la ciencia-ficción y un presente con poco margen para la esperanza, por las casualidades de la vida, mientras pensaba como rematar esta columna de opinión, encontré un artículo del escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince titulado: El espantoso mundo en que vivimos.

Debe decirse que Abad Faciolince es uno de los escritores más reconocidos actualmente no sólo en Hispanoamérica sino traducido y premiado en otros idiomas, perteneciente a una generación que ha logrado salir a luz propia de la gigantesca sombra que para cualquier escritor colombiano representa el genio de Gabriel García Márquez. Héctor Abad además gracias a sus columnas de prensa en el periódico bogotano El Espectador y participación en medios audiovisuales de comunicación, se ha convertido en una especie de conciencia permanente que para sus lectores y oyentes, representa información, cultura y un reto al debate.

Regresando a la columna de opinión en la cual dio la despedida al año 2013, el mencionado escritor colombiano hace un ejercicio intelectual (así él deteste esa palabra, al menos la acepción engreída de la misma) sobre aquellos elementos que inducirían a pensar que el actual mundo no es el mejor para quienes lo habitamos. A diferencia de lo que puede pensarse a priori, la conclusión de Héctor Abad Faciolince es que este mundo a pesar de sus problemas es el mejor en el que podría habitar la humanidad, si hacemos un repaso de la historia colectiva.

El artículo me recuerda la vieja sentencia sobre el vaso, medio lleno o medio vacío, dependiendo el grado de optimismo o pesimismo con el cual se vea. En mi caso personal, trato de ser optimista, así la realidad persista en hacerme cambiar de opinión como se reflejaría en los primeros párrafos de la presenta nota.

La columna de Héctor Abad es la siguiente e invito a leerla al inquieto lector.

http://www.elespectador.com/opinion/el-espantoso-mundo-vivimos-columna-466312.

El escritor colombiano ve al mundo como el vaso medio lleno, en el sentido de criticar a quienes sólo aprecian lo negativo. Aunque no parezca, las cosas han ido mejorando si consideramos situaciones históricas como las dos espantosas guerras mundiales (de la primera durante este año se conmemoran cien años), o episodios que en su momento fueron normales y aceptados como la esclavitud, el vasallaje, la santa inquisición, plagas legendarias que diezmaban naciones y que hoy son controladas con una simple vacuna, tiranos que ordenaban genocidios cual caprichos sin temor a nadie, el analfabetismo e ignorancia como normas generales y no como excepción.

En términos generales, coincido con lo que Héctor Abad Faciolince plantea, hemos avanzado, no hay duda de ello. De todas formas, si bien no todo pasado fue óptimo creo que el tiempo presente podría ser mejor, tenemos los recursos, la cultura humanística y la voluntad de gente buena que puede ayudar a mejorar la situación global. Una forma sería aprovechando para buenas causas las redes sociales, un desarrollo de ciencia-ficción que no muchos autores sospecharon y que ha convertido al mundo en la verdadera aldea global.

Como sucede con la basura, si uno no ayuda a limpiar al menos no debería ensuciar. El uso de las redes sociales debería fomentar la educación y solidaridad, o por lo menos no incrementar el odio y la ignorancia. Ese debería ser un propósito no sólo para el 2014, sino para todo el futuro.

© Dixon Acosta
(1.315 palabras)
Dixon Acosta es colaborador habitual del Sitio