Especial Decimoséptimo Aniversario
Dios Orwell entre nosotros
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Jorge Vilches

La era digital no nos ha hecho más libres, sino que ha aportado otras formas para la esclavitud; no nos ha hecho más inteligentes, ni nos ha permitido tener un mejor nivel de vida, ni nos da más tiempo libre, ni nos hace verdaderamente felices. No hace falta más que dar una vuelta en el metro, o estar un rato en cualquier sala de espera: la mayor parte de la gente está pegada a su teléfono móvil. Hay una necesidad y casi una obligación de estar siempre conectado, a disposición de cualquiera, en posesión de la última tecnología.

Hace poco, un alumno mío de la Universidad, terminó su examen, lo depositó en la mesa, y se puso a jugar a un infantil shooter con su móvil. Cuando le reprendí recordándole dónde estaba y para qué, puso cara de no entender la razón de mis palabras. Y eso no es nada: durante las clases, los alumnos usan el whatsapp, pero no saben expresarse en público ni redactar con corrección y sin faltas de ortografía.

Las pantallas de televisión, esas con las que Orwell simbolizaba el control y el adoctrinamiento permanentes, inundan ahora las casas, forman el eje del salón, tienen su hueco reservado en los dormitorios y hasta en la cocina. Podemos ver pantallas en el metro, el tren y hasta en los autobuses, en las calles, y a cualquier hora. Toda esa televisión no nos hecho más inteligentes, ni más listos y ni más cultos. Ser culto no es leer o estudiar, sino tener hambre de cultura y satisfacer esa ansia. No olvidemos que el libro más vendido en 2013 ha sido la biografía de Belén Esteban, personaje insignificante en todos y cada uno de los sentidos. Esto retrata nuestra sociedad, lo mismo que los programas que echan en la omnipresente tele (famosos en acción, imitadores de famosos en acción, gente cocinando, informativos que comienzan con las noticias del tiempo o las aglomeraciones en las rebajas, el día a día de una casa de empeños llena de gentuza, absurdos programas sobre famosos que son famosos porque salen en la tele, jóvenes palurdos metidos en casas de lujo para retozar, maldecir y beber mientras son grabados durante todo el día...). La desfachatez llegó al punto de llamar Gran Hermano a uno de los típicos programa-basura, el Big Brother orwelliano —al que el último y excelente traductor de 1984, Miguel Temprano García, llama de forma acertada Hermano Mayor —.

Emmanuel Goldstein, el opositor de cartón piedra al Hermano Mayor, y falso autor de TEORÍA Y PRÁCTICA DEL COLECTIVISMO OLIGÁRQUICO, escribió que la Historia es la sucesión en el poder de una casta tras otra. Qué cierto es esto y que poco hacemos por impedirlo. El politólogo italiano Gaetano Mosca acuñó el concepto de clase política para referirse a esa casta que utilizaba legalmente su posición para asegurarse unos privilegios. Esto lo dijo un fascista —qué pena que no fuera un demócrata liberal— en los años veinte del siglo XX. Orwell describía una sociedad controlada por una casta privilegiada, sí, pero con menos lujos y garantías que la de hoy. En Oceanía, una de las tres potencias orwellianas, la gente no votaba, y la dictadura totalitaria se sostenía por la fuerza de la propaganda y la violencia. Hoy no es necesario lo último a gran escala, nos dejamos adoctrinar y además votamos a la casta. En fin, que en cuanto a privilegios, a su legalización y defensa, no hay diferencias entre los partidos actuales: parecen que forman un único partido.

La propaganda del Socing, el partido único de la Oceanía orwelliana, deshumanizaba al individuo privándole de sus instintos primarios con el objetivo de dominarlo. La Policía del Pensamiento hacía el resto. Hoy se dirigen los instintos contando con la inestimable colaboración de la víctima; y no me refiero solo al consumismo, a los estereotipos masculinos y femeninos, a la trivialización del sexo, a la maduración prematura de los niños, al concepto social de éxito, al enganche patológico a los móviles y a las tabletas —¿Por qué España es el país europeo con más tabletas por habitante? Y no es por el precio, no—. Me refiero a la intimidad, al bien más preciado del hombre. Orwell lo puso sobre la mesa porque era de una de las características de la sociedad británica. Hoy la intimidad es objeto de una entrada en Facebook o en Twitter, y nuestros datos personales, bancarios, académicos, historial clínico, de tráfico, de ocio o viajes, está informatizado, y nuestras llamadas pueden ser grabadas. Los datos se pueden cruzar y expedientar, como hacen los servicios de inteligencia de los países avanzados, tal y como han denunciado Edward Snowden y Wikileaks. No sólo mostramos gratis nuestra intimidad, sino que otros la recopilan por nosotros, como Google para la dictadura china.

Los Dos minutos de Odio orwellianos, pensados para desahogarse y centrar los sentimientos negativos, hoy los tenemos concentrados en el fútbol, donde la gente se transforma, se desgañita profiriendo los más soeces insultos y llegando a la violencia más absurda por un deporte tonto. Ahí, hoy, los ciudadanos se desahogan, y luego vuelven a sus trabajos, el que lo tenga, y a escuchar y votar a la casta.

Orwell hablaba de la nuevalengua, una jerga consistente en la redefinición del lenguaje para que fuera políticamente correcto. ¿Qué decir de la dictadura impuesta en el idioma castellano por la tropa de políticos, sindicalistas y periodistas metidos a politiquillos? No me refiero, por ejemplo, a expresiones erróneas como hecho puntual para referirse a hecho concreto (como si la puntualidad tuviera que ver con la concreción). No; me refiero a la modificación del lenguaje hablado y escrito por intereses políticos, y que utiliza la gente para no ser tildado de reaccionario, racista o machista. El lenguaje es una representación del mundo y una expresión de ideas, que al encorsetarlo en la ideología única de lo correcto nos estamos privando de la libertad, y nos convertimos en esclavos voluntarios, en seguidores inconscientes de la casta.

Por cierto, según se conocieron en Estados Unidos las revelaciones que The Washington Post y The Guardian hicieron de los papeles robados por Snowden sobre el espionaje masivo, la novela 1984 del tío George, volvió a venderse como si acabara de publicarse. Seguro que las desgracias de Winston Smith en el mundo distópico las compraron un puñado de indignados, que chatearon en Facebook y Twitter sobre él, usando sus iPads o sus Samsung, y tomando un café en Starbuck. Mientras, el Hermano Mayor tomaba nota de todos ellos. Pero bueno, en fin, que nadie se altere por este artículo, solo es algo que he escrito en mi diario antes de que venga la Policía del Pensamiento.

© Jorge Vilches
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Jorge Vilches mantiene el blog Imperio futura