Especial Decimoséptimo Aniversario
Fotografías
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Jesús Poza Peña

El cine resulta una herramienta sensacional para analizar el cambio que el mundo ha experimentado en los últimos cien años. Y en especial el cine de ciencia-ficción, negro sobre blanco de la visión de como personas, que no están tan lejos de nosotros ni social ni temporalmente, veían el futuro.

Ahí está BLADE RUNNER, cuya leyenda pretende reducir a cenizas el propio Ridley Scott con una secuela. Es chocante observar que en un mundo donde los automóviles vuelan por el cielo, las fotografías siguen siendo de papel. Deckard necesita valerse de una máquina, especie de escáner, para digitalizar la foto que le guiará hasta los replicantes huidos. Esos mismos replicantes acumulan imágenes como sustitutivo de los recuerdos. Hasta el sospechoso Deckard tiene la casa llena de fotografías. Fotografías antiguas, en blanco y negro, algunas ajadas por los años, que representan a personas que seguramente ya están muertas. La memoria de otros tiempos. Todo ello le da un aire de melancolía a la cinta que no podría haber obtenido jamás con los miles y miles de fotos que hoy desperdiciaríamos gracias a la supercámara de turno de no sé cuántos megapíxeles.

El valor de una fotografía en el mundo contemporáneo tiende a cero. Antaño era posiblemente la única ocasión de guardar un recuerdo de los seres queridos. Cada fotografía que salía velada o borrosa del carrete era una auténtica oportunidad perdida, y que nunca más habría de volver.

¿Sería más feliz un replicante con varios teras de archivos de imágenes en lugar de su montoncito de fotos tomadas con la mayor delicadeza?

Los medios de producción existentes en este momento podrían sobrepasar la demanda mundial fácilmente. De hecho uno de los grandes problemas de la industria es el espacio de producción ocioso. Pero un exceso de oferta provocaría el mismo efecto que las cámaras digitales: la comoditización (palabro fashion en el mundillo empresarial) de la producción, es decir la tendencia a cero del precio de los productos. Sería imposible acomodar esa oferta en el mercado, no habría márgenes, y éste se hundiría.

Pero que nadie se asuste. Tenemos la innovación, especie de mantra tibetano que los medios repiten sin cesar. La innovación es aquello por lo que mi smartphone de última tecnología será una patata dentro de dos años, y tendré que sustituirlo por otro que será la repera durante unos dos años más. Las empresas nos venden los mismos productos una y otra vez, siempre tenemos necesidad de ellos, y nunca nos cansamos de comprarlos. Esa es la magia de la innovación.

Lo curioso de todo esto es que la solución al problema de la producción ha devenido en la era de mayor y más rápido progreso tecnológico de la Historia. La competencia se ha vuelto feroz.

Pero el ser humano es el mismo. La diferencia es que ahora hace millones de fotografías antes de morir, cuando antes sólo podía hacer unos cientos. Las viejas utopías, el optimismo de las revoluciones y el positivismo se han quedado en un estatalismo macilento, funcionarial y acomodaticio. La fe desmedida en el progreso del hombre, las maravillas de la ingeniería de las que Verne hacía anticipación han trocado en artículos de consumo y obsolescencia programada. Igual que los automóviles voladores de BLADE RUNNER no surcan los cielos, así tampoco vivimos en un Edén tecnológico donde la abundancia ha llevado al ser humano a la molicie. Ningún robot me hace la cena. Y nada es gratis.

Será curioso ver qué hace Scott con los replicantes de la nueva BLADE RUNNER. Quizá miren sus fotos en un iPad. Creo que no les hará más humanos que las de papel.

© Jesús Poza Peña
(605 palabras)
Jesús Poza Peña es escritor