Especial Decimoséptimo Aniversario
El presente ya no es lo que solia ser
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Joan Manel Ortiz

Como ya debe haberse dado cuenta el lector, el título de la presente reflexión está inspirado en la brillante frase de Arthur C. Clarke en la que venía a reflejar su tristeza porque el Futuro que la ciencia-ficción había prometido a la Humanidad, apenas se correspondía con el presente real: ni viajes interestelares, ni colonias en otros planetas, ni robots que nos iban a redimir del trabajo y permitirían cultivar nuestros espíritus (y nuestros cuerpos) mientras se erradicaba la miseria, el hambre y las enfermedades (aunque también hay otras muchas distopías que auguraban precisamente lo contrario y que son las que, desgraciadamente, más se asemejan a nuestro mundo actual). Dejando de lado que la ciencia-ficción nunca se ha destacado precisamente por su carácter predictivo, la conclusión lógica sería que nuestro presente ya no es el que solía ser.

Pero tampoco es justo decir que no esté repleto de maravillas que ni siquiera habían podido ser soñadas por los escritores de ciencia-ficción de hace algunas décadas. No hace falta peinar canas para acordarse de tantas cosas que hoy nos parecen normales y que no hace tanto no eran sino un sueño lejano. Por ejemplo, pienso en cuando escribías una carta (el teléfono descartado por su precio prohibitivo) dirigida a una persona de otro continente, la echabas al buzón y te sentabas tranquilamente a esperar una respuesta, deseando que esta fuera rápida y que nos llegara en menos de dos semanas. Más tarde llegaría el fax, que era muchísimo más rápido (y caro) y que reducía sustancialmente el tiempo de respuesta. Hoy en día podemos efectuar videoconferencias a coste cero y si enviamos un email o un whatsapp y no obtenemos una respuesta en pocas horas como mucho, nos impacientamos y criticamos a su destinatario por no dedicarnos su atención y respondernos. ¿Y qué decir de los GPS, que nos localizan y sitúan en cualquier punto del planeta en el que nos hallemos?

También nos ponemos frente al teclado del ordenador y escribimos un texto. Este nos lo corrige, compone (incluso puede traducirlo) y maqueta para que al final una impresora nos lo imprima con una presentación del todo profesional. No hace tanto eso era impensable, cuando para maquetar un texto, por ejemplo en una revista amateur, había que picar el texto en una máquina de escribir (si tenías recursos, una eléctrica daba bastante buen resultado) y, si te equivocabas, tenías que usar el corrector o el typex de toda la vida. Y luego una mesa de luces para su compaginación. Hace algunos años, cuando le explicaba a un muchacho cómo se elaboraban antes las revistas no comerciales y que si querías obtener un producto medianamente digno, tenías que dedicarle varias semanas —sí si, semanas—, de trabajo duro para poder sacar un nuevo número, me miraba con cara de querer tomarle el pelo. Fue cuando le dije es que antes no habían ordenadores cuando reaccionó. Me sentí como un hombre de Cromañon hablando a alguien de nuestros días. Amigo lector, ¿recuerda en qué año tuvo su primer ordenador? Seguro que tampoco hace tanto...Y ya no hablemos del medio audiovisual, del hecho increíble que ahora todos vayamos con una discoteca, una videoteca y una biblioteca enorme encima como si nada, cuando antes todo esto quedaba reducido al ámbito doméstico (o como mucho, a llevar un Walkman). Y de no tener que ir cargando nunca más un tocho de 1000 páginas en el transporte público, con todas las incomodidades que eso comporta (y lesiones de muñeca, ya puestos).

Todo esto es, hoy en día, nuestro presente, aquello que intentaron soñar nuestros abuelos, con mayor o menor éxito. Lo que sucede es que ahora todo va mucho más rápido que antes y me temo que aún se acelerará en los próximos años. El desarrollo de la tecnología parece no tener fin y, al paso que vamos, pronto dejaremos atrás los más locos sueños de los escritores de ciencia-ficción del pasado (la medicina, la biología, la tecnología diariamente anuncian nuevos avances, a veces revolucionarios).

Pero todo ese progreso continuo y acelerado provoca algunos problemas colaterales que deberían preocuparnos.

En primer lugar, se observa cada vez más las dificultades que tienen muchas personas, especialmente los mayores, a las que todas estas novedades están desplazando lenta pero inexorablemente. No pueden seguir el cambio continuo, los sobrepasa y cada vez se les exige más y más. Si ya no se aclaran con un cajero automático o con la televisión, ¿cómo esperamos que lo hagan con la banca electrónica, con un smartphone o con las redes sociales? Me temo que ese brecha se vaya a ir ampliando los próximos años y aunque con el paso del tiempo, vuelva a reducirse por el recambio generacional, soy de los que creen que siempre persistirá de una forma u otra: no es nada fácil seguir el ritmo del progreso tecnológico y creo que cada vez lo será menos.

También me tengo que referir, obviamente, a los que viven fuera de nuestra civilización ultratecnificada, a los que a duras penas tienen qué comer y que no disponen de todas esas maravillas que nos rodean. Esos millones de personas que, posiblemente, nunca van a poder disfrutar de toda esta tecnología, que van a vivir pensando únicamente en poder llenar sus estómagos y los de su familia y que morirán casi igual de pobres que nacieron, El mundo parece ir en dirección completamente opuesta a lo que creían nuestros venerados e ingenuos escritores de ciencia-ficción. No sólo no se está superando el hambre, la guerra y las enfermedades sino que se está agravando cada vez más su situación y, lo que es peor, pudiendo evitarse. Las grandes megacorporaciones de las que nos hablaba Fred Pohl, y que son las que verdaderamente controlan todos los resortes y recursos de nuestro mundo, para obtener sus insaciables beneficios, no dudan en condenar, sin pestañear, a medio planeta a la indigencia. Las migajas que les lleganno sirven sino para paliar mínimamente su sufrimiento, mientras en otros puntos se malgastan los recursos como si estos fueran infinitos. Y no olvidemos que, si disfrutamos de todos estos gadgets tecnológicos que nos resultan tan asequibles, es porque hay personas que malviven por un plato de arroz para fabricarlos.

¿Y qué decir de cómo estamos forzando al límite nuestro mundo? Del cambio climático, de la sobreexplotación de sus recursos, de la extinción como especie que, cada vez más, se asoma en nuestro horizonte cercano? La tecnología ha mejorado los sistemas de explotación y producción a gran escala, sin reparar en sus consecuencias. Y no parece que los gobiernos, plegados a los grandes intereses comeciales, vayan a solucionar los múltiples problemas creados, como si ignorándolos se fueran a resolver solos. Ultimamente no dejo de acordarme del escenario que describía Richard Fleisher en su película SOYLENT GREEN (1973)...

Personalmente, no creo que la gente del primer mundo seamos conscientes de lo que la tecnología nos ofrece cada día. Todos encontramos normal llevar Internet en el bolsillo (cuando la propia Red era ciencia-ficción no hace demasiados años) y estar permanentemente en contacto con todo el mundo, o los grandes progresos de la medicina. O usar un lector de libros electrónico o un ordenador casi sin pensar, formando parte de nuestra vida cotidiana. Ciertamente, nuestro presente es diferente al que nos vaticinaban, incluso se ha visto superado en diversos campos (en otros no, es obvio) pero también fascinante. La pena es que eso no sea una realidad para todos por igual sino sólo para unos cuantos. Y la sociedad capitalista, la gran vencedora de las guerras económicas que hemos sufrido, basada en la competencia y la lucha despiadada, no nos sugiere que nuestro horizonte vaya a ser muy diferente en ese sentido a corto y medio plazo.

¿Que nos depara el futuro? Aunque a la vista de la presente crísis de nuestro sistema me temo que no pueda ser demasiado optimista, también quiero creer que hay un pequeño resquicio para la ilusión. La tecnología nos permite estar en contacto constante unos con otros y está creciendo una especia de mente colectiva (¿recuerdan MÁS QUE HUMANO, de Theodore Sturgeon?) que reacciona frente a las agresiones. Las reuniones espontáneas organizadas por Internet, por ejemplo, las campañas contra las injusticias, todo eso irá cada vez a más, aunque el Sistema intente poner puertas al campo con leyes carpetovetónicas y que sólo nos demuestran que no entienden lo que está sucediendo. De pronto ya no estamos aislados, pertenecemos a una sociedad global. Aunque no estemos todos, desgraciadamente, y eso es por lo que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas.

© Joan Manel Ortiz
(1.437 palabras)
Joan Manel Ortiz fue editor de BEM