Especial Decimoséptimo Aniversario
Cualquier tiempo futuro fue peor
Especial Decimoséptimo Aniversario
por José Carlos Canalda

No es la primera vez que resalto la diferencia entre el presente real —en nuestro caso actual el de 2014— y el que imaginaron los diferentes autores de ciencia-ficción, aunque entonces, hace ya siete años, me limité a resaltar las discrepancias existentes dentro del marco tecnológico; por un lado, y resumiendo mi comentario, iconos del género tales como los robots autoconscientes, los superordenadores tipo Hal 9000 o los androides; los vuelos espaciales —se sobreentiende tripulados— a los distintos astros del Sistema Solar, por no decir ya a otras estrellas; los coches voladores; las armas láser; la energía nuclear generalizada; la ingeniería genética a la carta; la hibernación; la clonación de especies extintas hace millones de años; las estaciones espaciales de verdad —y no ese juguete de la EEI—, e incluso las más modestas bases lunares, pertenecen aún hoy, y mucho me temo que lo seguirán estando todavía durante mucho tiempo, al reino de la imaginación. Por no hablar ya de cosas todavía más inalcanzables tales como los viajes por el tiempo, los teletransportadores, la erradicación definitiva de las enfermedades o la juventud eterna, o casi eterna. En todo lo anteriormente enunciado, y en algunas cosas más que se me han podido escapar, lo cierto es que los escritores de ciencia-ficción no dieron ni una.

En la otra cara de la moneda están avances tecnológicos, hoy convertidos en algo cotidiano, que apenas si llegaron a ser imaginados por éstos; es el caso de la informática —no habremos conseguido un cerebro positrónico, pero los ordenadores actuales son realmente impresionantes—, los teléfonos móviles o, sobre todo, Internet; eso sin olvidarnos de avances mucho más prosaicos, pero no menos importantes para la vida diaria, tales como los de los humildes electrodomésticos, los aviones —hasta hace poco volar era un artículo de lujo—, los avances médicos —aunque no sean espectaculares hoy en día la esperanza de vida y, todavía más importante, la calidad de vida son sensiblemente superiores a las de hace unas décadas— e, incluso, los propios medios de transporte, desde el tren de alta velocidad hasta el automóvil particular, infinitamente mejores que los de nuestra infancia. Y si bien la sombra de la obsolescencia programada asoma detrás de cada uno de nuestros objetos de uso cotidiano, lo cierto es que, a pesar del despilfarro de energía y de materias primas, en parte forzado y en parte no, hoy en día vivimos sensiblemente mejor que hace no demasiados años.

Pero puesto que la ciencia-ficción no sólo abarca el ámbito tecnológico, sino también otros no menos importantes como el social, conviene fijarnos también en éste. Y aquí, como no podía ser menos, la discrepancia no es menor. Claro está que ni siquiera los propios autores lograron ponerse de acuerdo, ya que contamos con clásicos que abarcan desde el optimismo sin límites de los orígenes del género, herencia directa del positivismo decimonónico, hasta las lúgubres distopías de escritores tan conocidos como George Orwell (1984), Aldous Huxley (UN MUNDO FELIZ) o Ray Bradbury (FAHRENHEIT 451), a las que se unen los desbarres —en todos los sentidos— de la pasada de rosca New Thing, así como los de de sus epígonos.

Sin embargo, la pregunta es: ¿Acertó alguien? ¿Y quién? Para cuya respuesta habría que acotar nuestro ámbito de estudio. Así, si nos fijamos a nivel mundial, la respuesta ha de ser forzosamente desoladora, ya que el planeta, en palabras de Arturo Pérez Reverte, sigue siendo un lugar lleno de hijos de puta, y basta con echar un vistazo a los periódicos o a los telediarios para llegar a la conclusión de que la humanidad, en su conjunto, no parece haber evolucionado mucho —socialmente, se entiende— desde los tiempos del neolítico, cuando la tribu A se dedicaba a masacrar a la vecina tribu B, y viceversa. Si a eso le sumamos también las convulsiones crónicas que sacuden a diferentes zonas del planeta, la conclusión no puede ser más descorazonadora.

Y si nos centramos en nuestro propio ámbito, llamémosle occidental o europeo, ¿con qué nos encontramos? Pues la verdad es que con un panorama asimismo bastante descorazonador, y no ya por la dichosa crisis económica que nos fustiga desde hace varios años, sino por las reacciones tan negativas que ésta ha desencadenado. Porque, si en tiempos de bonanza la sociedad acostumbra a ser mediocre, en tiempos de adversidad se transformará inevitablemente en mezquina. Y en eso estamos. Yo, que soy un ferviente europeísta, contemplo desolado cómo cada país europeo —y no sólo Alemania— ha comenzado a barrer para dentro desentendiéndose de los problemas de sus vecinos, como si no estuviéramos todos en el mismo barco; y si bien hasta ahora ha podido salvarse todo lo logrado, que no ha sido poco, lo cierto es que la deseada profundización en la integración europea mucho me temo que tardará bastante en poder volver a arrancar... si consigue hacerlo.

Centrándonos en España, podemos apreciar cómo está rebrotando una vez más el tradicional tribalismo hispano que tanto daño ha hecho en el pasado, con iluminados mesías tan sólo a un paso del protofascismo empeñados en prometer una utópica Tierra Prometida que tan sólo existe en su calenturienta imaginación, fértil a la hora de inventarse una historia virtual digna del Ministerio de la Verdad descrito por Orwell en 1984, pero incapaz por completo — ¿casualidad o no? — de resolver los graves problemas reales que afligen a sus gobernados. A no ser, claro está, que se trate de la tradicional —y suicida— huida hacia adelante típica de todos los regímenes fascistoides, cuyas consecuencias negativas suelen pagar, faltaría más, los ciudadanos.

Claro está que a nivel nacional —o estatal, que dirían algunos progres— tampoco estamos precisamente para tirar cohetes, ya que al presunto gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que de socialista tuvo más bien poco y de nefasto mucho, le sucedió el actual que no es ya que sea de derechas, lo cual sería perfectamente respetable, sino que está empeñado en devolvernos a los tiempos caciquiles de sus abuelos desmantelando todos los avances sociales de las últimas décadas, franquismo incluido —el dictador con todos sus defectos, que fueron muchos y muy graves, jamás se atrevió a llegar tan lejos—, cargándose literalmente la clase media que siempre será, se mire como se mire, el principal sostén de una sociedad estable y próspera, al tiempo que fomenta de forma descarada la creación de un nuevo proletariado explotado y mal pagado. Casi nada.

Pero a ellos esto no parece importarles con tal de seguir siendo los amos del cortijo, como al parecer tampoco les importa a sus adláteres europeos —todo se pega, menos la hermosura— dignos herederos del siniestro liberalismo económico —léase la ley de la selva— propugnado por el nefasto Milton Friedman, que seguramente se estará regocijando en su tumba, y materializado por los no menos nefastos Ronald Reagan y Margaret Thatcher, a los que por desgracia ahora les han surgido émulos por todos los lados, incluyendo los que nos vemos obligados a padecer los españoles, a veces como ocurre con los madrileños por partida doble e incluso, en muchos municipios, triple. Y así nos va.

Aunque resulte obvio, quisiera resaltar dos cosas. Primero, que Europa y los Estados Unidos, es decir, occidente, salvaron la grave crisis económica provocada por el crack del 29 —la codicia siempre rompe el saco, aunque lamentablemente en economía suele romper también los de los otros, por inocentes que éstos sean— y la consiguiente Segunda Guerra Mundial, agravada por el profundo colapso que éste provocó, gracias a las teorías económicas de John Maynard Keynes, situadas en las antípodas de las de Friedman. Y si Europa occidental prosperó posteriormente, fue gracias a la aplicación de esas políticas socialdemócratas de las que tanto abominan estos apóstoles de la explotación y la desigualdad.

Todo ello sucede mientras occidente en su conjunto es probablemente más rico que nunca, lo que no evita que estemos deslizándonos hacia unas desigualdades cada vez mayores, al tiempo que en España los políticos se han ganado a pulso estar cada vez más desprestigiados, pese a lo cual sus innumerables escándalos suelen quedar impunes, o poco menos, al tiempo que ni un solo responsable de la monumental crisis financiera que ha arruinado al país ha dado con sus huesos en la cárcel... bueno, uno llegó a entrar, pero le faltó el tiempo para salir. Y así nos va.

© José Carlos Canalda
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José Carlos Canalda es colaborador habitual del Sitio