Especial Decimoséptimo Aniversario
Olvidando el futuro
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Ramón Batalla

No existe una corriente en la ciencia-ficción ni novelas concretas que haya pronosticado un futuro con un cierto éxito de acierto, puntualmente el asno también hace sonar la flauta alguna vez pero en general el éxito es insignificante y no se puede valorar como una componente primordial de lo que debe conseguir la ciencia-ficción. Y menos esperar que ese futuro sea cándido y maravilloso.

A medida que el género ha ido absorbiendo mares de tiempo. La realidad ha ido triturando libros que proyectaban posibles futuros. La ciencia-ficción ha caído en pequeños y grandes errores sobre el futuro y sus aseveraciones han caído en desgracia y en limitadísimas percepciones. Con visiones y profecías proyectadas con pequeños éxitos poco relevantes y tangenciales. Y la verdad, me parece de lo más normal.

Intentar pensar que la ciencia-ficción tendrá alguna posibilidad de acertar es como esperar acertar a la lotería tres veces seguidas. La prueba del error perpetuo de la ciencia-ficción es la diferencia que se percibe entre una novela de ciencia-ficción actual que leemos con esa proyección de un futuro posible en la mente. La ciencia-ficción ha gustado porque por que tiene la capacidad de inspirarnos y nos permite hacer volar la imaginación con las posibilidades aún más o menos intactas de lo que el autor nos quiere transmitir sobre ese futuro. Muy diferentes de las sensaciones que nos producen una novela de ciencia-ficción de cierta edad.

¿Parece posible adivinar el futuro viendo nuestro actual presente? Pues casi que no. Un análisis de cualquier lector experimentado con algún centenar de libros de ciencia-ficción leídos, te dirá que el ratio de aciertos es muy bajo. Cojan una novela de ciencia-ficción con cinco décadas de vida, medio siglo de futuro hecho presente y, vualá, si se mira con intención de hacer dicho análisis; todo parece desencajado hasta cierto punto inocente, insustancial, incorrecto, impreciso inverosímil con la realidad actual y totalmente desenfocado.

La ciencia-ficción es un género literario y punto. Nunca ha tenido ni debería tener la obligación de proyectar mayor o menor acierto que cualquier otro libro de análisis de futuro hablando de lo que pasará en una década por delante o eones de tiempo.

La ciencia-ficción nos permite atisbar pequeños eslabones de lo que puede venir pero siempre esta emborronado e incompleto. Esta incompletitud, ese desajuste congénito es lo más difícil de superar en una novela de ciencia-ficción y pretender llegar a construir una novela completa en todos sus aspectos de futuro es una quimera. El mundo es demasiado complejo para proyectarlo bien en una novela.

Trabajo duro y muy difícil para la ciencia-ficción si fuera una exigencia solicitada. La ciencia-ficción tiene que construir una novela entretenida, interesante y con calidad literaria. Además tiene que alterar las reglas vigentes y esa rotura de las reglas, de la realidad actual, nos lleva a una cadena de causas y efectos imposibles de prever. De piezas de dominó que caen en muchas direcciones y que se entrecruzan de una infinidad de efectos mariposa que alterarían tanto la realidad esperada que difícilmente un escritor puede aislarse de su propio presente. Y al final el objetivo primigenio de la novela es entretener y explicar una historia no hacer de Nostradamus.

En su momento, en los albores de la ciencia-ficción como tal a principios del siglo XX, era más aceptable para el lector suponer futuros, hoy nuestro ritmo de cambio y aceleración social también nos aleja de esa aceptación del futuro imaginado, todo va demasiado deprisa. El lector de la primera época del género quería una ciencia-ficción que solo pretendía cubrir un vacío que había generado su realidad presente. La desaparición de un mundo sin fronteras. Su mundo ya empezaba a ser demasiado pequeño y demasiado conocido para poder tener algún misterio por descubrir, algún elemento de aventura, de riesgo y de desconocimiento por llenar. Al final se deduce que la ciencia-ficción es una reacción a un contexto social. Una reacción social a una inquietud de las personas aventureras. Gente que no quería vivir en un mundo sin fronteras y sin nada por descubrir, sino que deseaban tener la oportunidad que tuvieron sus antepasados para pensar como tales. Que más allá de los mares, existía un mundo lleno de sirenas, krakens, monstruos imposibles, riquezas y territorios por explorar. Existe gente que sigue buscando eso en la literatura, en el cine y en cualquier expresión artística. Así que esa ciencia-ficción minimalista prometía lo mismo que los libros de Simbad, de Las mil y una noche de Tierra de Hombres de Viajes de Marco Polo o de la Odisea de Homero. Fronteras para cruzar.

Sociedades perfectas, mundos éticamente perfectos, inmortales, felicidad en algunos casos sin igual, maravillas imposibles, amazonas, cíclopes y dorados con ciudades hechas de oro. En esos tiempos antiguos el mundo era tan grande que nos rodeábamos de misterios de fronteras no pisadas y desconocidas. Atrayéndonos para ser cruzadas y donde la imaginación tenešia un lugar que desencadenares. Un misterio de su presente.

Siempre existe una búsqueda de la perfección en toda necesidad de aventura. La ciencia-ficción prometió lo que cualquiera debería valorar en su justa medida, una oportunidad de volver a imaginar. No es un error del género ni una confabulación de los escritores para pintarnos un futuro lleno de perfeccionismo. Era una necesidad de un mundo ordenado, maduro y alcanzable que también formaba parte de esa necesidad de imaginar mundos extraños.

La perfección es aburrida. Así que espero que la ciencia-ficción seguirá vendiéndonos, grandes entelequias, gobiernos coordinados para salvarnos de alienígenas o coordinados para salvarnos de un apocalipsis climático o construyendo naves que se comerían el PIB mundial 10 veces sin reparar en problemas más terrenales étnicos, soberanías o religiosos; una perfección idealizada e imposible pero sobretodo nos seguirán vendiendo esperanza. Esperanza de entendimiento y comprensión de respeto entre hombres por y para la humanidad.

Pero de esa posibilidad a la realidad existe un recorrido inalcanzable; nuestra condición humana, la hace imposible, nuestra propia mezquindad y nuestro cerebro más animal.

Nuestro futuro no será ni el peor ni el mejor de todos los mundos imaginados. Seguirá siendo un futuro únicamente humano imperfecto, lascivo, corrupto, injusto, cruel pero también hermoso, altruista y lleno de sonrisas.

Disfrutémoslo; pero olvidemos ese futuro prometedor de la ciencia-ficción, por desgracia el futuro tiene tendencia a llegar deprisa e inesperadamente. Es más extraño e irreconocible de lo que nos gustaría.

© Ramón Batalla
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