Especial Decimoséptimo Aniversario
Nos prometieron una huella miserable en Marte (Carta a Aldrin)
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Raúl Alejandro López Nevado

En el año que dejamos atrás, el astronauta Buzz Aldrin ocupó la portada del número de abril de la revista MIT Technology Review con la siguiente afirmación: Me prometieron colonias en Marte, en vez de eso tengo Facebook. La frase iba acompañada de la fotografía de un Buzz Aldrin anciano, de sonrisa truncada y porte marcial, con un tono desvaído y gris que sumado al jersey de cuello alto y al abrigo contribuían a dar a la imagen un aspecto soviético... como queriendo decir: Así de mal estamos, como si fuéramos rusos, no hemos avanzado un ápice, sino que hemos retrocedido desde los años sesenta. Desde la primera misión que llevó al hombre a la Luna, cincuenta años tirados por la borda, perdiendo el tiempo, para que unas adolescentes acaben colgando fotos de sí mismas en el lavabo, postureando como estrellas porno. Y todo esto es culpa vuestra, generaciones vagas que aún no habéis llevado al hombre a Marte... ¡Yo os maldigo! (dicho sea esto con el tono dramático de Charlton Heston al encontrar la estatua de la libertad en EL PLANETA DE LOS SIMIOS).

Poco tardaron la imagen y la frase en convertirse en virales. Hay que reconocer que tenían gancho, y que al bueno de Aldrin no le faltaba razón. Yo mismo, al leerlo por primera vez, estuve en total acuerdo con él. ¿Se puede saber dónde están las bases marcianas, los coches voladores, los robots, los cyborgs y los extraterrestres? ¿Se puede saber dónde está el futuro? 1984 llegó y se fue sin que le viéramos el pelo. Tampoco apareció en 1999. En el año 2000, nos comenzamos a poner un poco nerviosos: seguía sin haber ni rastro de coches voladores. Pensamos que tal vez en 2001, por aquello de la verdadera fecha del cambio de milenio y de la odisea espacial; pero, ¡qué va! ni monolito alien, ni HAL 9000. Seguimos adelante hasta 2010 ya un poco cabizbajos y con menos esperanza a cada día transcurrido sin que el futuro apareciera. Y así hasta día de hoy, 2014, ya bien entrados en la segunda década del siglo XXI, con todo igual, detenido y primitivo, sin rastro alguno de aquel futuro que nos prometieran.

Sin embargo, tras el primer entusiasmo y complicidad con Aldrin, me quedé mirando aquellos ojos de la foto, tan azules, tan sabios, tan venerables, tan pícaros, tan desvaídos y fríos como el hielo y pensé:

No, tú no me la cuelas, viejo. Entiéndeme bien, amigo, tú eres un héroe y todo eso, un tipo que caminó por la superficie lunar (¡guau!), dejando para la eternidad, o casi, tus huellas sobre su arena; pero no tienes ni p*/*& idea del mundo en el que estás viviendo. Hoy en día el conocimiento entero de toda la humanidad, su mayor tesoro y logro, está al alcance de un solo click para cualquier hijo de vecino. Cierto que esto no es del todo verdad, porque aún hay muchos lugares en la Tierra donde las cosas no son tan fáciles, y porque hay algunos tan vagos, que ni siquiera están dispuestos a dar ese sólo click para obtener el conocimiento, y prefieren desperdiciar esa herramienta prodigiosa que es Internet en mirar fotos de gatitos (o gatitas); pero nada de eso altera la verdad esencial de que nunca antes en toda la historia, el conocimiento y la comunicación han fluido tan libremente entre toda la especie humana.

Permíteme una cita (tú has usado tus armas, yo utilizo las mías). Borges solía decir que todos los inventos del ser humano son ampliaciones de sus sentidos o de sus extremidades: el telescopio es una ampliación de la vista, el coche una ampliación de las piernas, el teléfono lo es de la voz... salvo el libro, que es una ampliación de su imaginación y de su memoria. Probablemente desde la invención del libro, allá por la época de los babilonios y los egipcios, el ser humano no había desarrollado otro medio capaz de ampliar su imaginación, su memoria e incluso su inteligencia como los ordenadores actuales, cuya unión en red a Internet, además, eleva su potencial exponencialmente hasta niveles apabullantes.

Te lo voy a decir más claro aún, tú, que además te has dado el gustazo de dar saltitos sobre la Luna, no tienes derecho alguno a echar en falta tus bases marcianas. Ninguna huella miserable sobre las arenas de Marte vale lo que la posibilidad de tener un medio que nos conecte a todos: como una sola mente, con la capacidad de organizarnos, de compartir conocimientos a una escala inimaginable hace apenas unas décadas y en el ínterin, generar una ciencia capaz de enviar a un tipo (uno como tú cuando eras joven), no ya a Marte, sino a las distancias siderales, quebrando la barrera de la velocidad de la luz, o atravesando agujeros de gusano, de oruga o de lombriz. Perdona que te hable así, pero es que me enciende que alguien tan afortunado y sabio como tú no comprenda que lo que está haciendo la humanidad (sí, incluso con facebook) no es retrasando el gran salto, sino tomando carrerilla.

Tal vez no hayamos llegado aún a Marte; pero no es porque la senda del futuro se haya detenido, sino porque se ha bifurcado. Que nos preocupemos por no haber llegado aún al planeta vecino, cuando todos se las prometían tan felices y fáciles allá por los sesenta, es un poco como si nos preocupáramos de que aún no hayamos construido pirámides más grandes que las de la explanada de Gizeh. Ha pasado mucho más tiempo desde la construcción de éstas, que desde las misiones lunares, y sin embargo, allí siguen, impertérritas. Insuperadas milenio tras milenio, para pasmo y asombro de cualquier egipcio del siglo veintitantos antes de Cristo, que hubiera esperado que fueran sólo el principio de un mundo en el que las pirámides alcanzaran el cielo.

No quiero que me malinterpretes. Estoy convencido de que el viaje a Marte se ha de dar, y han de llegar las bases y la colonización. Parece ser que hacia 2060 la humanidad alcanzará la cifra de 10.000 millones de personas, y eso son demasiadas bocas que alimentar para la pobre Tierra, sobre todo si sigue el mismo ritmo de consumo energético desaforado de la actualidad, y más países se suman al gasto del primer mundo. Así que creo que las bases en Marte son un primer paso, no sólo deseable, sino imprescindible. Son un deber moral de la humanidad, porque imagínate tú que al final resulta que somos los únicos, que no hay Ets y que estamos solos en la inmensidad del Universo. En ese caso, colonizar Marte y cuantos mundos se pueda es nuestra responsabilidad, para que la chispa originada en la Tierra no se extinga nunca, para que el Universo deje de ser ese monstruo solitario y frío y se llene de vida.

Pero es que incluso en esto último hemos avanzado, y no tienes derecho a quejarte, porque, a ver: ¿dime tú cuántos mundos a parte de los nueve del Sistema Solar conocías en tus tiempos? Hoy conocemos miles, literalmente. De dudar acerca de la existencia de planetas fuera de nuestro sistema solar, hoy sabemos fehacientemente la situación, masa, aspecto composición y distancia de miles de ellos. Sabemos que algunos están en la zona habitable, que quizá haya en ellos condiciones para que un alienígena mire desde su telescopio, encuentre la Tierra y se pregunte si también sea un planeta habitado. Y si no hay alienígena, es igual, esos mundos son el destino que habrán de seguir en un futuro, no importa lo remoto que sea, nuestros hijos y nuestros nietos.

Ellos, un día, desde la perspectiva que da el tiempo, contemplaran nuestra historia, y hablarán de ti, de que fuiste uno de los primeros hombres en abandonar el abrazo de cariñosa madre de la Tierra para adentrarte en el feroz y voraz espacio, de que fuiste valiente y arrojado, y de que a pesar de ello no supiste comprender el principio del siglo XXI cuando la humanidad entera caminaba en la bruma de un futuro, tan inesperado e incomprensible como todos los futuros auténticos que alguna vez haya habido y habrá.

© Raúl Alejandro López Nevado
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Raúl Alejandro López Nevado es colaborador habitual del Sitio