Especial Decimoséptimo Aniversario
Cuando el futuro nos rebase
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Antonio Santos

El gran problema de la ciencia-ficción radica en su capacidad como augur. Eso, y en su incapacidad para hacerse respetar por los otros grandes géneros. Para más inri, se han apoderado de ella pequeños gremios sectarios que están archicontentos con la idea de que sea una exclusividad paladeable por pocos.

La ciencia-ficción predice impresionantes avances que, teóricamente, mejorarán nuestra vida para entregarnos una molicie de dulces ocios que devolverían el Paraíso Perdido debido a la imprudente acción cometida por una ingenua Eva tentada. Y, con tanto tiempo libre, preparar nuestra alma para lo sublime, elevado, espiritual.

Pero el Futuro nos ha alcanzado, y toda la espectacular oleada de naves Buck Rogers y beldades indescriptibles de Mongo no ha llegado. O lo parece. Están, o a nuestro alrededor, o en fase embrionaria. Sucede que estamos inmersos en un torbellino de novedades que impide atisbar el horizonte. No el del mañana-mañana, sino el del Pasado Remoto. Así podríamos contrastar los cuantiosos avances con los que ahora contamos y ayer se prometían sine die, pasmándonos.

La mayoría juzga la ciencia-ficción por su faceta de maravillas sin fin-sin fin y robots andante-parlantes, viajes espaciales incluidos. Esas ideas han arraigado fuertemente en el colectivo, y cuesta, por tanto, mostrarles que la ciencia-ficción también está subyugada por la Segunda Ley de la Termodinámica y la Ley de Murphy. No sólo saldrá mal cuanto deba hacerlo; además, empeorará según pase el tiempo. Es vita lex.

Quienes conocemos la ciencia-ficción con mayor profundidad (y, como con todos los géneros, conviene no hacerlo mucho; pierdes perspectiva) sabemos de su naturaleza de Jano. Por lo común, comparo la ciencia-ficción con Casandra, pues siempre me ha fascinado su poder predictivo, con grados de error sobre lo que acontece finalmente. Pero es un Jano, más bien.

Ofrece dos caras: la de naves y conquistas espaciales y la distópica. El populux no sabe de esta otra faz, pese a sus notables ejemplos. Es la idea de que El Mañana Será Rutilante (por bemoles) lo que eclipsa el avinagrado rostro de la ciencia-ficción. Eso, y que el personal ya tiene bastante con sus problemas cotidianos para que vengan contándole inquietudes por venir. Aun en el fondo del cofre que abrió Pandora había esperanza. ¿Por qué no debe contenerla el Futuro?

La ciencia-ficción, tan poliédrica, otra vez lanzó las runas y va cumpliéndose la profecía, con inevitables equivocaciones, al tiempo que la realidad enmienda a los Profetas del género que prometieron gloria en vez de heces.

Hace treinta años, el móvil, ese grillete que promete libertad ilimitada, era un artefacto exótico e impensable.

Internet, un brumoso concepto. Y los PC, algo que algún día todos los hogares tendrían. Algún día. Sobre 2050, o así. Y serían trastos aparatosos.

El vuelo espacial todavía tenía oportunidades. Pero exige sacrificios económicos que, en principio, no hacen rentable la gesta. (Esto es falso, pues la investigación aeroespacial surte tecnologías que hacen mejor nuestro entorno.) Y los Mundos Exteriores, prometen tan poca hospitalidad... Las nuevas generaciones son demasiado terrígenas.

Lo que realmente está ocurriendo con el Futuro Prometido es que la siniestra predicción de George Orwell, contenida en 1984, va cumpliéndose con inexorable exactitud. Internet, concepto hiperpopular hoy día, y que sin embargo Carl Sagan definía como la red global informática en CONTACT (y artículo de uso restringido a círculos científicos, sobre todo) es nuestra telepantalla. El cebo ha sido tan sutil como irresistible: es gratis.

Nos hemos lanzado sin límites a Facebook, Twitter y Blogger. Hotmail promete una privacidad que luego no existe. Hemos volcado nuestra intimidad (o notable grueso) en una red que ignoramos quién la controla, qué fin persigue con exactitud. Nos embargan altisonantes palabras: democracia, libertad, derechos, intimidad. Pero, en vista de lo que ceba Internet, y su uso, ¿tenemos todo eso constitucionalmente reconocido?

Las computadoras se han reducido, prácticamente, al tamaño del móvil. Prometen conexión-libertad-telepresencia con los más remotos puntos del mundo, cosa hasta hace poco milagro distante en el tiempo. Nos aturden con tecnicismos, polímeros, aleaciones y conceptos impensables hace tres décadas. Ciertos avances médicos. Umbrales de prosperidad. ¿Vemos sus ventajas, recordando el ayer? Sí y no. El constante milagro cotidiano lo hizo convencional. Y es tan natural que se progrese...

Todos estos avances no persiguen, empero, brindarnos comodidad y bienestar. Ofrece una parcela de ventajas, cierto, pero en la vida, ¿qué es gratis?

Orwell preconizó que el verdadero poder no estaría tanto en el arsenal como en el control del ciudadano. Sus intimidades más vulgares. El IngSoc tenía fuerzas represoras apabullantes para vigilar a la masa, y la telepantalla, su mirilla, no podía apagarse. El nuevo Gran Hermano tendió fibra óptica de un google de megas de velocidad y ¡allá fuimos! Nos abrimos en canal en el ciberespacio. Lo emitimos todo por los móviles, cuyas llamadas se piratean fácilmente. ¿Por qué forzarnos a ser espiados, cuando voluntariamente, bajo la premisa de la gratuidad, hemos consentido en serlo? Cero violencia, coerción, que podría inducir rebeldías; total colaboración. Qué baratos nos hemos vendido.

¿Qué Futuro ha construido el futuro presente, pero que cuesta ver, al estar integrado profundamente en nuestro día-a-día? Pues no parece ser el de rutilantes naves y Mega Citys repletas de prosperidad, y la longevidad, junto al Forever Young, estarían hermanados en permanente sabiduría.

Se intuye uno donde las grandes/graves brechas sociales se ahondan; privilegiados y ricos se asilarán en geodesias domóticas inexpugnables, concentrando grandes poderes, mientras la ingente masa de pobres se disputa despojos con el sigul de algún reputado fabricante en la carcasa en vez de mejorar su situación.

Se planificarán políticas de control del populux según a lo que inteligencias artificiales analicen del contenido de redes sociales, e-mails o videollamadas. Suministrarán, como nunca, pan y circo, tan potente e irresistible, que logrará borrar de la mente proletaria toda inquietud por obtener una vida digna.

Todos estos aparatos tan fantásticos no están brindándonos las puertas a un verano glorioso para la Humanidad, sino los barrotes de nuestras celdas. Nuestro mayor privilegio será la pesadilla a nuestra elección en la que queramos vivir. Y ¿podemos evitarlo, dado el refugio de comodidades que proporciona?

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos
(1.031 palabras)
Antonio Santos es dibujante y escritor