Especial Decimoséptimo Aniversario
Miradas al pasado y al futuro
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Ángel Torres Quesada

Allá por 1950, cuando aún se publicaban los números extra de Navidad de los semanarios de tebeos y demás colecciones —todavía no los llamaban cómics—, conocidos y titulados como almanaques, yo tenía diez años cuando Juan, mi hermano mayor, llevó a casa el ejemplar festivo de El Aventurero, donde se publicaban las aventuras de Flash Gordon, Merlín (Mandrake), Jorge y Fernando y otros héroes yanquis de la época, además de las proezas del héroe nacional por excelencia, Cuto, del maestro Jesús Blasco. Este almanaque me gustó más que los anteriores, sin duda por su originalidad, ya que se dividía en tres partes. En la primera, las aventuras se desarrollaban en 1900, en la segunda en el año que iba a comenzar el siguiente mes y la tercera en el ya por entonces mítico 2000.

Huelga decir que lo devoré con avidez y volví a leerlo varias veces, hasta que un día desapareció de la alacena donde guardábamos nuestras ilusiones, aquel singular agujero negro que se tragaba parte de las abundantes colecciones que reuníamos, un almacén repleto de tebeos. No sé a dónde emigró, si se perdió o mi hermano se lo prestó a un amigo y no le fue devuelto. Un enigma. Lo recuerdo muy bien, no lo he olvidado. En la parte dedicada al nuevo siglo, que en realidad no comenzaría hasta el uno de enero de 2001, disfruté con los dibujos magistralmente realizados por uno de los mejores ilustradores de ciencia-ficción, Roger Finlay, que describía gráficamente cómo serían las ciudades del futuro según su desbordante imaginación, unas urbes con enormes rascacielos unidos por puentes, con amplias avenidas y un cielo surcado por coches voladores y helicópteros. Una maravilla me pareció. Tras hacer un pequeño cálculo, me entristecí al saber que cuando yo disfrutara de tan soberbio espectáculo sería un sesentón y por mi edad no podría viajar a otros mundos a bordo de las impresionantes naves interplanetarias que no tardarían en construirse para surcar los espacios siderales.

Siempre que vuelvo la mirada hacia atrás me pregunto si lo que yo de chaval esperaba del futuro se ha materializado, si ha sido superado o no. Gracias a la lectura de las novelas de ciencia-ficción que empecé a adquirir, fui haciéndome a la idea de que lo que había de venir no sería todo bueno, que estaría acompañado de problemas, de más sufrimientos para la humanidad y el camino sembrado de rosas que los optimistas auguraban no se haría realidad. Dicen que con los años uno se vuelve pesimista. Y el pesimista, si está medianamente informado, no puede ser optimista.

No recuerdo si he dicho en alguna Memoria que el humano nacido en el siglo XIX apenas notaba cambios a su alrededor, hasta que decía adiós a este mundo. A partir de la mitad de la pasada centuria la ciencia emprendió un camino de vértigo, constantemente acelerado. Sin freno. Y hoy en día sigue apretando el pedal del acelerador.

La pregunta obligada es: ¿Se han cumplido los vaticinios anunciado en la literatura de la anticipación? Algunos no, pocos; otros han sido superados, los más siniestros. Como no es posible hacer una lista completa, porque sería larga, larguísima, elegiré algunos anuncios, los que se me ocurran, al voleo.

Espías siempre los ha habidos siempre, claro. Acaba de saltar el escándalo de las escuchas, principalmente las llevadas a cabo por los Estados Unidos, a las que hay que añadir las injerencias de la mayoría de los países, pecados del que ninguno se libra.

Hay que recordar a Orwell, quien en su famosa novela, 1984, escrita en 1948, dibuja un mundo dividido en tres grandes potencias que siempre están en guerra, cambiando unos con otros de alianza constantemente, pero no destruyéndose entre sí. En común tienen que ejercen una despiadada vigilancia sobre sus vasallos, porque es lo que son sus ciudadanos. No me extiendo. La trama es bien conocida. Apliquémonos el cuento.

Recomiendo la lectura del relato CIUDADANO DEL ESPACIO, de Robert Sheckley, unos de los mejores cuentistas de ciencia-ficción del pasado siglo, a quien tuve el placer de conocer en una Semana Negra. El protagonista, harto de tanto espionaje, emigra a otro mundo. Le acompañan varios personajes. Todos se espían. Quien no ejerce esta profesión es un don nadie. Léanlo.

Mi primer móvil lo compre hace más de doce años, un artefacto grande, con antena incluida. Un trasto. Luego he tenido otros hasta el día de hoy, todos sencillos. No me he hecho de uno de esos que sirven para navegar por internet, para leer periódicos digitales y programar mi vida. Esta técnica corre que se las pela, y si hoy compras un chisme de esos, mañana se te ha quedado anticuado. El móvil, al igual que mi mujer, lo llevo encima por si me llaman o yo tengo que llamar a alguien. Me pesa lleva llevarlo, lo confieso. Lo mismo ocurre con la tele, que cada día aparece un modelo nuevo, con sistemas para grabar pelis, para guardar programas y mil cosas más. Un lío.

Quizás es porque ya soy mayor, me he quedado tan atrasado que ponerme al día me parece una quimera. Además, me da igual. Me conformo con lo que sé. Hace una semana bajé del trastero dos máquinas de escribir, ambas Olympia, una manual y la otra eléctrica. Con ellas escribí muchas novelas para Bruguera, muchos cuentos para revistas y magazines. Funcionan. Pero las cintas están secas. Quiero devolverles la vida y ando buscando sustitutos para que impriman en el folio sujeto al carro. Nostálgico que me he vuelto. Eso lo solucionas en internet, me dijo un amigo, allí puedes comprarlas. En eso estoy. Ya las he encargado. Cuando las reciba, le enseñaré a mi nieto las máquinas que eran ejemplo de la tecnología de entonces y hoy son piezas de museo. El chaval es un genio con el ordenador, puede darme lecciones. Sólo tiene ocho años. Yo intentaré enseñarle a escribir en el teclado de las dos Olympia, a manejar todos los dedos escribiendo, como a mí me enseñaron en una academia.

© Ángel Torres Quesada
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Ángel Torres Quesada es escritor