Especial Decimoséptimo Aniversario
¿Sin hilos?
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Rafael Ontivero

Cuando yo era crío (ojo, que lo sigo siendo, pero ahora con el triple de años) me gustaba mucho leer a Asimov. Más que nada porque era lo que más al alcance de la mano tenía, con aquellas ediciones de bolsillo bastante económicas Y hubo un libro que fue casi de cabecera, una edición de INTRODUCCIÓN A LA CIENCIA, y que pertenecía a la Biblioteca de Divulgación Científica, esa de tapas rojas que editó en su momento el combo de Orbis y la revista Muy Interesante.

Ese libro produjo en mi grandes alegrías y, de hecho, lo releí hasta la saciedad. Años después pude completar la segunda parte, dedicada a las ciencias biológicas, volumen que me interesó bastante menos. No obstante, a fecha de hoy poseo varias ediciones de ambos.

De ese libro me quedó un resto que sigo recordando todavía con cariño. No he podido localizar el pasaje, pero Asimov, hablando de los últimos avances en astrofísica, nombraba la enorme dificultad que supondría detectar planetas extrasolares, y eso suponiendo que existieran. Gato escaldado del agua fría huye, y con la lección bien aprendida por lo que ocurrió a finales del XIX y principios del XX, que se digo que ya no habría más física, Asimov sólo comentaba la ingente dificultad del hecho.

Y sin embargo, ¡chúpate esa! ¿Cuántos van ya? Más de mil doscientos y subiendo. Nunca digas de este agua no beberé.

¿Qué tiene que ver esto con el tema que nos trae? Mucho. En primer lugar, valida muchas novelas de ciencia-ficción que se llevan a cabo en planetas fuera de nuestro sistema solar. Es decir, algo tan tonto como la predicción de la existencia de exoplanetas se ve cumplida con demostraciones fehacientes.

¿Cómo ha sido posible todo eso? Por la informática. Prácticamente cualquier telescopio, del tipo que sea, contiene una ingente cantidad de informática, tanta, que podríamos decir que son informática. O más bien software.

Hablamos de óptica adaptativa, procesamiento de señal y recuperación de la misma respecto al ruido, ajuste y orientación, estabilización tanto térmica como posicional... y de la triste terminal que hace que nosotros, pobres humanos, podamos ver el resultado del proceso.

Escribo esto en un iMAC, con un software que se llama Scrivener, y tengo al lado abierto un programa de correo electrónico, y Finder me muestra el estado de la copia masiva de mi disco de datos sobre otro disco de datos como copia de seguridad.

¿Os dais cuenta? El sistema operativo es aquello que me permite interactuar con mis máquinas. Es lo que permite que la estación espacial no se caiga, y lo que hace que un DRON pueda ser pilotado de forma remota. Y así hasta el infinito.

¿Cuántas novelas de ciencia-ficción hablan de ello? Creo que ninguna, en ninguna se ensalza la increíble idea de separar la máquina física de la interfaz humana. Sin embargo está aquí, con nosotros, y lleva una increíble friolera de años (y lo que te rondaré, morena).

No, no estoy confundiendo el tocino con la velocidad. Encima del sistema operativo está Safari, Internet Explorer, Scrivener, pero sin él la cosa sería de otra forma muy diferente. Es el sistema operativo el que abstrae nuestra consciencia del hierro duro, de esos chips y de esas señales eléctricas que recorren el interior de nuestros ordenadores.

Ya sé, no son IA, pero se le parece. La IA sí que ha sido predicha, pero de momento nasti de plasti. Imaginaciones de cuatro trasnochados que sueñan con piruletas de caramelo. No digo que dentro de unos años sean realidad, lo que sí que digo es que ciertas predicciones van a costar mucho tiempo que se realicen.

Otras no. Internet. ¿Quién dice que Internet no ha sido predicho? ¿Habéis leído ORA: CLE? Si no, hacedlo. O algo más mundano: VIERNES, de Heinlein. Y así otras muchas. Evidentemente no es fiel al producto final, pero sí que implementa el concepto: buscar a todo lo largo y ancho del conocimiento humano (el almacenado al menos).

Yo cada vez que enciendo uno de mis ordenadores y busco algo en internet me maravillo. Ya estoy en el futuro. ¿Qué mas quiero?

Sí, ¿qué mas? ¿Llevar Internet en el bolsillo? Vaya, si no sólo lo llevo en él, sino que llevo un ordenador completo que puede hacer un montón de cosas de forma inalámbrica. ¿Os habéis dado cuenta de la jodida potencia que supone un teléfono móvil moderno? Mi Note 3 es una bestia parda que tiene un procesador de 4 núcleos corriendo a una velocidad de 2.3 GHz. 3 GB de memoria RAM y la resolución de su pantalla es superior a lo que es capaz de detecta mi ojo.

Trae GPS, giroscopio, brújula magnética, acelerómetro... Todo ello en algo más de ciento cincuenta gramos de peso.

Id a 1980 y decid que tenéis eso. O sacadlo y enseñadlo. O ya puestos a 1990. ¿Qué queréis que os diga? Yo ya vivo en ese futuro predicho.

Ahora poneos una película de esa época. Una policíaca, en la que salta una escena que requiera avisar a la policía. La protagonista sale corriendo a buscar un teléfono público, luego resulta que no tiene monedas sueltas, y mientras el malo la persigue. Con lo fácil que es sacar ahora mismo un teléfono móvil y marcar el 112, y dejar que sean ellos los que geolocalicen tu terminal y envíen a la pasma.

Las cosas han cambiado, y no poco. En un periodo no superior a los veinte años. Lo dicho, yo ya vivo en el futuro.

También tengo un iPAD. Suponed que estoy en mi casa, con mi MAC encendido y navegando por aquí y por allá. He quedado con unos amigos, cojo mi iPad y apago (o no) mi MAC.

Llegando a destino descubro que se van a retrasar. Quizás me hayan enviado un WhatsApp, o un SMS o incluso me llamen por teléfono. No tienen por qué hacerlo con una línea móvil tradicional, sino que puede ser por VOIP a través de una conexión 3G o, si vivimos en una capital, 4G.

El hecho es que voy a estar un buen rato esperando en la barra del bar. Saco mi iPAD y continúo por donde iba en mi casa. No, no me refiero a volver a buscar dónde estaba, sino a abrir Safari (que es el navegador de los MAC) y ahí tengo la opción de abrir las mismas páginas (y por el mismo sitio) que tenía en mi casa.

La cosa no queda ahí, sino que también puedo continuar editando este mismo artículo y tenerlo sincronizado sin riesgo a perder nada. ¿Qué más tengo sincronizado? Mi agenda de teléfonos y mis contactos en general. Los eventos que hay en mi calendario. Los eBooks que estoy leyendo. Puedo incluso seguir chateando.

Es decir, hoy día, ahora mismo, puedo continuar con lo que estaba haciendo, moverme de una plataforma fija a otra móvil, volver a la anterior (o a una nueva) conservando todos mis documentos sin ningún tipo de pérdida ni esfuerzo extra.

Volviendo a los ochenta del sigo XX, o a los noventa, imaginad por un momento que alguien nos dice que en dos mil trece podría llevar una supercomputadora en el bolsillo y tener todas mis cosas disponibles sin más que sacar ese ordenador y ponerme a mirarlo. Un ordenador que aguantará uno o dos días sin tener que ponerlo a cargar, y que estaría comunicado instantáneamente con cualquier persona del mundo en cualquier lado, poder hablar, chatear, compartir y editar documentos de forma remota y simultáneamente entre varias personas, mantener conferencias con vídeo y audio, llamar por teléfono sin línea telefónica (sin ni siquiera las modernas líneas móviles), con la posibilidad de descargarme una película en lo que tardo a bajar las escaleras de casa, pedir cita para el médico mientras me desplazo a trabajar, que el teléfono me avise de que faltan diez minutos para una reunión virtual con gente en la otra punta del mundo, poder leer un libro en el autobús con mi teléfono, llegar a casa y seguir por donde iba en mi tableta, que el teléfono o la tableta me lean el libro, o que yo dicte al ordenador, teléfono o tableta y este lo transcriba con letras, que le pregunte al teléfono dónde puedo comer y que éste me recomiende lugares, que apunte la cámara del teléfono (¡fotos instantáneas y subidas y publicadas a lo largo y ancho del mundo!) a un cartel escrito en otro idioma y que lo vea en el mío en la pantalla...

No sé, yo ya vivo en el futuro. ¿Y tu.

© Rafael Ontivero
(1.433 palabras)
Rafael Ontivero es colaborador habitual del Sitio