Especial Decimoséptimo Aniversario Francisco José Súñer Iglesias
El futuro en el que vivo
Especial Decimoséptimo Aniversario
por Francisco José Súñer Iglesias

No se cuando fue, desde luego que hace ya un buen montón de años, pero un día me di cuenta que vivía en el futuro. En algún momento de mi vida había traspasado la línea y me encontraba en uno de esos mundos que describían las novelas de ciencia-ficción que devoraba con pasión. No era, desde luego, un futuro especialmente espectacular, no había coches voladores, ni teletransportadores, ni robots serviciales, tampoco habíamos pisado Marte, ni hecho contacto con misteriosos alienígenas, pero había una infinidad de pequeños detalles, imposibles de ignorar, que diferenciaban claramente aquel momento con mi vida unos pocos años antes.

Comencé la serie de artículos El futuro en que vivimos allá por el año 2000, no por una intención especial, lo del año 2000, entendámonos, sino porque llevaba ya un tiempo con esa sensación. Siempre he estado relacionado directamente con la tecnología, mis estudios son puramente técnicos, excepto un par de ellos, los treinta años que llevo trabajando siempre ha sido dentro del marco de empresas tecnológicas. He vivido de primera mano las transformaciones y evoluciones más sorprendentes, pero hubo un momento en el que todo cambió, y el mundo se transformó.

¿Cuál fue el punto de inflexión? Siempre teniendo en cuenta que es una impresión personal, creo que fue una mezcla de la popularización de la microinformática, y la posterior extensión de Internet y la telefonía móvil.

Aunque a finales del siglo XIX la tecnología evolucionó de forma considerable, en esencia la vida cotidiana apenas se diferenciaba de lo que se podía experimentar un par de siglos antes. Fue a finales del siglos XIX y principios del XX cuando la aplicación práctica de la electricidad, los descubrimientos de físicos y químicos, y la evolución de la medicina supusieron un salto cualitativo considerable. Si tuviéra que buscar un punto de inflexión, probablemente elegiría la Exposición Internacional de Paris de 1889. Fue el punto culminante de la ingeniería del hierro, la electricidad era ya una realidad práctica, el motor de explosión petardeaba por los caminos y la radio estaba gestándose a toda velocidad.

El mundo siguió así, con todos estos inventos refinándose a toda velocidad, durante noventa años, también sin cambios significativos. Aunque las comunicaciones y los viajes se habían acelerado no existía el concepto de aldea global, la vida, aún motorizada, no era acelerada, si que había cambios, y muchos, respecto a principios de siglo, pero cuando alguien logró reducir al tamaño de una caja de zapatos las formidables computadoras de los años 50 y 60, todo cambió.

Los investigadores tenían en su mesa una considerable capacidad de cálculo que aceleró sus investigaciones, impulsó la consolidación de las redes de datos y la conversión de la telefonía clásica en el invisible envoltorio electromagnético que transporta emociones y conocimientos desde y hasta cualquier lugar del mundo.

A partir de ese momento, de conocimiento universal y capacidad de llevar a la práctica o simular casi instantáneamente cualquier idea, por descabellada que sea, ciencia y tecnología aceleraron su desarrollo hasta sobrepasar muchas de las ideas que aquellos escritores de ciencia-ficción habían soñado. No las mismas, los adivinos son puros farsantes, pero si otras casi tan alucinantes como aquellas. Que estés leyendo esto es toda la demostración que necesito. La tecnología que hay detrás de estas palabras, tanto en su escritura, en su transmisión y su lectura es apabullante. Y casi invisible.

Pero esto no se para ahí, el futuro ha llegado a todos los ámbitos y disciplinas para quedarse. Lo que da vértigo es pensar hacia donde irá. Seguramente veamos todavía muchas cosas, a esta velocidad de evolución, da escalofríos pensar en lo que se nos viene encima.

© Francisco José Súñer Iglesias
(609 palabras)
Francisco José Súñer Iglesias es el administrador del Sitio de Ciencia-Ficción