EL JUEGO DE ENDER y el lobby gay
por Antonio Quintana Carrandi

En la historia del cine abundan las películas que fueron el blanco de intentos de boicot, generalmente por parte de grupos o grupúsculos que creyeron ver en ellas un ataque a sus creencias más arraigadas. A la ominosa censura oficial, existente hasta en las democracias más avanzadas, se sumaba otro tipo de censura, oficiosa pero no por ello menos temible, ejercida por los colectivos sociales más variopintos. Como entretenimiento de masas, el cine tenía un impacto considerable en la sociedad, y por esta razón se convirtió, casi desde sus inicios, en una auténtica bestia negra para muchas congregaciones religiosas, organizaciones políticas y asociaciones cívicas de toda laya. Las más activas han sido, desde siempre, las diversas iglesias cristianas, emperradas en una defensa numantina de los dogmas religiosos más caducos, y que a principios del siglo XX acusaban al cine, incluso desde los púlpitos, de una supuesta degradación moral de la sociedad. Los poderes políticos tampoco se quedaron atrás en este aspecto, mostrando un gran interés y una enorme preocupación por controlar de algún modo los mensajes que se transmitían a través de las películas, como forma de seguir pastoreando a la masa ciudadana. En los Estados Unidos, religión e intereses políticos caminaban de la mano, así que a mediados de los años treinta, y con la sana intención de proteger a los ciudadanos del libertinaje que emanaba de Hollywood, y promover, a la vez, la difusión de los valores tradicionales de la América profunda, racista, ultraconservadora y protestante, los grupos de presión políticos y religiosos hicieron causa común, logrando que se aprobase una especie de código de moralidad cinematográfica que, en adelante, sería conocido como el Código Hays, en honor del infame meapilas Will Hays, uno de los principales impulsores de tan nefanda idea, y, después del no menos odioso Joseph MaCarthy, el hombre que más daño le ha hecho al cine en toda su historia. La coalición político-religiosa tenía mucho peso e influencia en la pacata sociedad estadounidense de la época, por lo que los magnates de la industria del cine, hombres de negocios al fin y al cabo, optaron por sumarse a tan deleznable contubernio para evitarse problemas. Y así, durante treinta y siete años, de 1935 a 1967, la libertad creativa de los grandes maestros del cine se vio coartada, cuando no mutilada, por un siniestro organismo censor controlado por una caterva de politicastros hipócritas y beatos estultos.

Sin embargo, aunque en Occidente existe una malsana tendencia a asociar censura con regímenes, grupos o asociaciones de ideología más o menos conservadora, lo cierto es que incluso los colectivos supuestamente más progresistas, en la acepción políticamente correcta del término, hacen gala de unas aficiones censoras igual de reprobables. EL JUEGO DE ENDER, el estupendo film de ciencia-ficción que se ha estrenado hace poco en España, llegó a nuestras pantallas marcado por la estúpida polémica que precedió a su aparición en las salas americanas. El poderoso lobby gay estadounidense intentó boicotear su estreno, no porque la cinta contenga referencias homófobas, que no es el caso, sino porque se basa en una novela de Orson Scott Card, afamado escritor que osó dar su opinión sobre el espinoso tema del matrimonio homosexual. En realidad, Card, mormón practicante, se limitó a decir que estaba en contra de que se equiparasen legalmente las uniones gay a un matrimonio, que jurídicamente y etimológicamente es, desde los tiempos del código de Hammurabi, la unión legal y voluntaria de un hombre y una mujer. Con esta sencilla declaración, Card ha pasado a engrosar la ya larga lista de supuestos enemigos del colectivo homosexual, lo que, al parecer, justifica cualquier operación de acoso y derribo contra su persona y obra.

Siempre he sido enemigo de la censura, pues, como buen cinéfilo, conozco de primera mano el daño que tan execrable práctica ha infligido al arte cinematográfico. Por otra parte, siento un profundo desprecio hacia las personas y colectivos que se arrogan el derecho a censurar o boicotear todo aquello con lo que, por las razones que sean, no están de acuerdo. Y en este asunto no hago distinciones de ninguna clase. La censura y los intentos de boicot son malos por definición, vengan de la Iglesia Católica, del poder político, de asociaciones cívicas, del lobby gay o del Lucero del Alba. Por eso se me antoja tan lamentable y fuera de lugar la actitud del colectivo gay estadounidense. Orson Scott Card se limitó a expresar públicamente su parecer sobre un tema muy controvertido. El derecho a la libertad de expresión, garantizado por la Constitución de los Estados Unidos desde hace más de dos siglos, es uno de los pilares básicos de esa gran democracia, y Card usó del mismo según le dictaba su conciencia y sus creencias. Quienes no compartan su opinión pueden expresarse con la misma libertad, y en términos diametralmente opuestos, si ese es su deseo. Pero lo que no es justificable, en ningún caso, es que se trate de demonizar a una persona en función de sus convicciones. Y eso es, precisamente, lo que el lobby rosa americano está tratando de hacer con Card.

Los homosexuales están en su derecho de vivir su vida como prefieran y a sentirse orgullosos (¿por qué no iba a ser así?) de su orientación sexual. Pero no tienen ningún derecho a atacar a una persona porque no les guste lo que dice, del mismo modo que es injusto marginar a alguien sólo por no ser heterosexual. El problema es que los homosexuales ya no son un colectivo que reivindica su derecho a la diferencia, sino un verdadero lobby, es decir, un grupo de presión que aspira a subvertir la estructura de la sociedad para moldearla a su antojo. Más que el derecho a vivir libremente su sexualidad, sin tener que ocultarse ni sentirse marginados, parecen defender una especie de ideología homosexualista, una suerte de fundamentalismo gay que, como todos los fundamentalismos que en el mundo han sido y son, es pernicioso por definición. Por eso opino que, a título individual, como persona concreta, cada gay es digno de respeto; pero el lobby gay, estadounidense o global, como cualquier otro grupo de presión, es despreciable.

Lo más chocante de todo es ese maridaje entre el lobby homosexual y la izquierda ideológica de los países del hemisferio occidental. La homosexualidad ha sido perseguida con saña en todas partes, no sólo en el occidente democrático y en las dictaduras de derechas. En la antigua URSS, perder aceite estaba tipificado como un delito que atentaba contra la moral socialista, y solía castigarse con trabajos forzados o la deportación a Siberia. En la Cuba castrista, ser gay equivale a opositar a una paliza y a una larga condena de prisión. Hasta hace pocas décadas, los partidos comunistas europeos consideraban la homosexualidad como una aberración, y como en democracia no podían empaquetarlos a los siniestros gulags del círculo polar Ártico, cuando identificaban a un gay entre sus filas procedían a expulsarlo con deshonor fulminantemente. Así ocurrió con los cineastas Passollini y Visconti, que fueron expulsados públicamente del partido comunista italiano por homosexuales. Pero ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama, de modo que no debemos sorprendernos demasiado por la cuando menos curiosa alianza actual entre los colectivos gays y las formaciones de izquierda. Al fin y al cabo, en política, como en el amor y la guerra, parece que todo vale.

El lobby gay estadounidense, como cualquier otro lobby, pretende imponer sus criterios como sea, y es lícito por tanto oponerse a sus intenciones, siempre desde la moderación y el respeto. El intento de boicotear el estreno de EL JUEGO DE ENDER es tan sólo una astracanada más en una larga lista de hechos similares, perpetrados por un colectivo que hace tiempo que perdió los papeles, el sentido de la medida y el del ridículo.

Por cierto: ¿qué pasará con los homosexuales aficionados a la ciencia-ficción, que por lógica debe haberlos? ¿Seguirán las consignas de los siniestros gurus del lobby, como buenos integrantes del rebaño, o, por el contrario, harán uso de su libre albedrio y disfrutarán de la adaptación cinematográfica de la estupenda novela de Card?

© Antonio Quintana Carrandi
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