Aquí no se toca ni una coma. O si
por Francisco José Súñer Iglesias

La labor del editor no solo se limita a recibir relatos originales, evaluarlos y darlos a la imprenta, también debe entender su potencial e intentar sacarle todo el jugo posible, rectificando aquí, sugiriendo allá. A veces se trata de un final no todo lo contundente que debiera, en otras ocasiones pequeñas inconsistencias que hacen del relato no todo lo coherente que sería de desear. Muchas veces, basta añadir una palabra, una simple frase para que, de ser aceptable, pase a ser excelente.

En otras ocasiones la labor es más ardua. Algunos autores no comprenden, generalmente a causa de su inexperiencia, que presentar un relato lleno de errores, faltas, pobremente redactado, no es el mejor aval si pretenden publicarlo, pero incluso en esos casos la idea puede ser buena, estar bien estructurado. Bastaría entonces una profunda revisión para estar en disposición de ser publicado. Si ese es e caso lo mejor es dejarlo reposar, que el autor tome distancia y, en una relectura futura, él mismo sea capaz de ver los fallos y corregirlos.

Normalmente los autores suelen ser bastante permeables a este tipo de sugerencias, siempre queda una mínima duda sobre la bondad del relato y cualquier sugerencia dentro de lo razonable es bienvenida. Es más, alguno que otro acaba haciéndose vago y deja que el relato se lo termine el editor. Alguno de estos me he encontrado, y si bien es divertido redondear una historia ocurrente, a la larga aburre tener que rematar un trabajo que ya debería estar terminado, solo a falta de algún pulido puntual.

No obstante, hay otro tipo de autores que parecen tener las ideas muy claras y no permiten, bajo ningún concepto, que se les toque una coma a sus relatos. A veces con razón: en cierta ocasión consideré que una pelea no estaba todo lo bien descrita que debiera, y sugerí ciertos cambios al autor, pero me dijo que él era cinturón negro en el arte marcial con el que se machacaban los contrincantes y que, obviamente, sabía muy bien que era lo que sucedía en ese tipo de combates. La escena me sigue pareciendo confusa, pero ante la posibilidad de que otro cinturón negro de la citada arte marcial leyera el pasaje y lo considerara ridículo e imposible, se quedó tal cual estaba originalmente. En otras ocasiones el autor opone argumentos bastante más débiles. En cierto final había una despedida que pretendía ser emotiva pero resultaba tan fría como una barra de hielo, sugerí un par de frases para hacerla todo lo cálida que debiera, pero me fueron rechazados con el peregrino argumento de que debe ser el lector el que ponga algo de su parte Una filosofía salida de no se donde que, desde mi punto de vista, solo forma escritores con suerte solo crípticos, pero generalmente vagos, perezosos: ¿qué no se sabe como resolver cierta situación? se sugiere alguna vaguedad traída por los pelos y que sea el lector el que complete la línea de puntos. El caso es que también lo acepté y por ahí anda, dejando fríos a los lectores.

Hace años era más tolerante ante ese tipo de actitud y ante la insistencia del autor publicaba el relato tal cual se me había enviado. La sensación era incómoda, sabía que aquello era mejorable (a veces muy mejorable) y sin embargo lo daba al público en una forma, a mi entender, incompleta, incorrecta. Al cabo del tiempo se me aclararon las ideas y hace mucho que no tengo dudas al respecto: si tengo sugerencias significativas que hacer y no son atendidas, no publico el relato. Hay otros medios donde seguramente este tipo de cuestiones no importen tanto y no haya problemas al respecto.

Se pueden cuestionar mis habilidades como editor y mi capacidad a la hora de enmendar la plana a terceros. ¿Quién soy yo para decidir como debe dar forma el autor a su obra? Algo de experiencia tengo, un cierto grado de intuición también, he leído lo suficiente como para saber que cosas funcionan mejor y, fundamentalmente, en el Sitio yo soy quien decide que y como se publica.

© Francisco José Súñer Iglesias
(683 palabras)