Encuentro con los luchadores de la letras: los autores de Editorial Valenciana
por José Carlos Canalda

El 11 de octubre de 2010, dentro de los actos programados en la Hispacon 2010 de Burjassot, tuve la satisfacción de moderar una mesa redonda que, bajo el título de II encuentro con los luchadores de la letras: los autores de Editorial Valenciana, recuperó el espíritu de un acto similar celebrado en 2003, con ocasión del cincuentenario de la colección Luchadores del Espacio, en esa ocasión en la cercana Valencia y bajo el patrocinio de la Universidad de esta ciudad, acto del que quedaría constancia en el libro Memoria de la novela popular. Homenaje a la colección Luchadores del Espacio.

Organizado por miembros de AVANT y la AEFCFT, el acto pretendía ser un homenaje a los escritores de la mítica colección futurista de la Editorial Valenciana, razón por la que fue para mí todo un honor y una satisfacción colaborar en el mismo. Se contó con la participación de cuatro de estos autores, ya que los años no perdonan y muchos de ellos han fallecido, mientras que a algunos otros ha resultado imposible localizarlos. Los asistentes fueron, en orden alfabético, Vicente Adam (Vic Adams y V. A. Carter), Ramón Brotons (Walter Carrigan), José Caballer (Larry Winters) y Arturo Rojas de la Cámara (Red Arthur). También estaba prevista la presencia de José Luis Macías, portadista de más de la mitad de las novelas de la colección, pero una inoportuna gripe impidió su asistencia.

Respecto al acto de 2003 es preciso reseñar el fichaje de Vicente Adam, al que no se le pudo localizar entonces, pese a los esfuerzos realizados; y no porque él se escondiera, sino porque el secretismo con el que solían actuar las editoriales de literatura popular impide aun hoy en día, en muchos casos, seguir el rastro a estos autores de los que tan sólo se suele conocer el seudónimo con el que firmaban sus obras y, con suerte, su nombre propio; y a veces ni eso.

El acto, que se prolongó durante unas dos horas sin que ni a los asistentes ni a los participantes se nos hiciera largo fue, ante todo, entrañable. Recuperar a cuatro escritores activos hace más de cuarenta o cincuenta años ya era de por sí emotivo, y todavía más lo fue para mí teniendo en cuenta que sus novelas me hicieron gozar del sentido de la maravilla cuando aún era tan sólo un crío... y no exagero en absoluto. Ya desde el principio me había planteado un esquema abierto en el que los protagonistas del acto —ellos cuatro, que no yo— nos pudieran contar sus recuerdos y sus anécdotas de esa etapa de sus vidas, siempre desde el enfoque de una perspectiva personal alejada por completo de cualquier tipo de frikismo.

No era cuestión, pues, de que nos hablaran de las peculiaridades anatómicas de los hombres de Noidim, o de las condiciones ambientales del planeta Venus en sus novelas; lo que yo pretendía era captar el interés de todos los allí presentes incluyendo a aquellos que, como mi mujer sin ir más lejos, eran ajenos por completo al mundillo de la ciencia-ficción... y creo, sinceramente, que lo conseguí.

Asimismo me propuse denunciar una vez más la injusticia que durante muchos años se ha cometido con estos obreros de la literatura, unos escritores por lo general muy profesionales obligados a ceñirse el estrecho corsé de la literatura popular, lo cual les impidió desarrollar unas carreras literarias más ambiciosas pese a poseer suficientes méritos para ello. Me estoy refiriendo a los cuatro allí presentes, por supuesto, pero también a los ausentes: Pascual Enguídanos, Alfonso Arizmendi, Fernando Ferraz, José Luis Benet, Domingo Santos y otros muchos... los cuales, estoy convencido de ello, de haber vivido y escrito en Estados Unidos en vez de hacerlo en España, figurarían sin duda en los manuales de literatura sin coletillas de ningún tipo.

Porque, pese a todas las cortapisas con que tropezaban, solían escribir bastante bien, con un dominio más que notable no sólo del idioma, sino también del espíritu aventurero que era la espina dorsal de la literatura popular... vamos, que eran entretenidos. A ello hay que sumar, ya en el ámbito propio de la ciencia-ficción, el mérito que supone poner en pie un género futurista prácticamente inexistente en nuestro país, salvo los vetustos precedentes de José de Elola y Jesús de Aragón, desconociendo por completo, o conociendo muy fragmentariamente, la ciencia-ficción norteamericana, entonces en plena Edad de Oro... porque en la España de los años cincuenta poco más era lo que se conocía, y en esto nuestros escritores no eran una excepción, aparte de obras ya antiguas como las de Doc Savage, Flash Gordon o las novelas de Edgard Rice Burroughs, o bien clásicos como H. G. Wells tan alejados de la literatura popular que difícilmente podrían servir como ejemplo.

Sin embargo, vuelvo a repetirlo una vez más y lo repetiré todas las que sea necesario hacerlo, los escritores de bolsilibros, como en general les ocurrió a todos los autores de literatura popular, tanto escrita como gráfica, fueron explotados por las editoriales, amparadas en unas leyes abusivas, a la par que menospreciados primero, e ignorados después, por los elitistas —en el peor sentido de la palabra— incapaces de comprender que el mérito de estos autores estaba muy por encima de los forzosamente tópicos argumentos de sus novelas, amén de ignorar algo tan evidente —no hay peor sordo que el que no quiere oír— como que sus modestos bolsilibros alcanzaron unas cifras de lectura infinitamente superiores a las de la mayoría de las obras de tantos escritores consagrados cuya soberbia suele ser inversamente proporcional al número de sus lectores.

Pocos días antes de la celebración del acto uno de estos autores me decía, en conversación telefónica, que este homenaje les llegaba muy tarde; y tenía razón, como tarde han llegado otras iniciativas similares tales como su antecedente de 2003, el homenaje a Luis García Lecha en 2008 o el reconocimiento a Pascual Enguídanos por su Saga de los Aznar; pero esto es lo que hay en una España que encumbra no ya a los mediocres, sino a los mezquinos —basta con poner la televisión para comprobarlo— al tiempo que desdeña la valía de todos aquellos que no forman parte de ese establishment que pretende arrogarse el monopolio de la cultura, cuando únicamente es el coto cerrado de unos cuantos elitistas esnobs capaces tan sólo de mirarse el ombligo. Pero bueno, también a Galdós le tildaron en su día de garbancero, así que no se trata de nada nuevo.

Yo, evidentemente, no comulgo ni con los unos ni con los otros, al tiempo que reconozco públicamente la valía de unas personas que resultaron claves para mi desarrollo como lector hace ya bastantes años. Y con esto me basta.

© José Carlos Canalda
(1.122 palabras)
Publicado originalmente en Página personal de José Carlos Canalda el 19 de octubre de 2010