Riddick 2013
por Antonio Santos

Vin Diesel, que puso de moda a los musculosos héroes calvos, regresa a la pantalla de plata (que nunca abandonó; la ha visitado frecuentemente pero con diversos proyectos) encarnando de nuevo al convicto Richard B. Riddick, personaje que facilitó su camino al estrellato y le permitió dejar huella en la memoria, y retina, de una saga de espectadores que acogimos, con agrado y sorpresa, al reo de remotos sistemas solares.

Riddick es puro personaje de cómic. Aventuro que de 2000AD, por más señas. Rebosa de los elementos de madurez y cinismo del buen tebeo europeo confeccionado por autores que saben qué resortes tocar para que el icono no caída en degradaciones de melifluos estereotipos norteamericanos capaces de diluir su grandeza. Tiene un bastante de más de otro preso del celuloide: Snake Plissken.

Sucede que el bandolero interpretado por Kurt Russell desde el principio se arropó de un mensaje político cargado de anarquía (en el contexto de desconfía de los líderes. En especial, de cuantos dicen cercenarte derechos por tu bien; son los peores) y el presunto estudio de cómo la llamada tierra de la libertad o el mayor arsenal de la democracia del mundo puede desfigurarse en una pesadilla totalitaria que emplearía sus abundantes recursos para el bien para convertir EE. UU. en una formidable prisión.

Riddick es superviviente nato. Sin patria, fe ni ideología. Su breve bosquejo de su infancia lo advierte. Es un endurecido convicto y sus experiencias en presidios salvajes instalados en distantes Mundos Exteriores abandonados de toda compasión humana o divina, han fortalecido su desapego por toda creencia.

Riddick va a lo suyo. Cuando nace en PITCH BLACK únicamente pretende fugarse. Huir para dedicarse a sus asuntos. Ignoramos cuáles. Hablan de asesinatos. Pero no de sociopatías o psicopatías aberrantes. Riddick es un sujeto culto, controlado. Tiene amplios conocimientos y extrañas facultades (más que superpoderes) que lo distinguen del habitual perturbado del cine, como el de Ray Liotta en TURBULENCIAS.

El tío empieza sosegado, afable y cooperativo, en plan soy víctima tanto de una inquina personal como de desidia policial, para descontrolarse más allá de toda histeria y convertirse en una absurda desmesura asesina nada convincente.

Riddick no es así. Siempre al mando. Teñido del todo/completamente de cinismo, la lente ahumada con la que, en verdad, enfoca al mundo. Sucedió algo durante su pasado que todo lo torció. Lo desconocemos. Ni necesitamos saberlo. Lo mejor de Riddick es eso: sus misterios le refuerzan y aportan carisma. Lo hacen ilimitado porque merodea los vastos pagos de nuestra imaginación. Casi todo en él es posible.

Ejemplo similar es Plissken: ¿por qué quedó tuerto? Fue en una batalla (pues ¿no fue soldado?), intuimos, y tampoco precisa saberse. Sus cicatrices hablan de lo bárbaro de su existencia. Tanto Plissken como Riddick son tipos que mejor tener a tu lado en una pelea y no enfrente, machacándote. Es cuanto interesa conocer de ambos. ¿A que sí?

Siempre he contemplado PITCH BLACK como el Reverso Tenebroso Masculino de ALIEN. Ripley rompía la tónica de héroes macho, arquetipo usual en ese tipo de narraciones. Ella se enfrenta a una amenaza incógnita y con facultades tampoco vistas en el 35mm. hasta entonces. Lo habitual hubiera sido que algún héroe solar arrasase con todo. Pero Ridley Scott sólo contaba, entonces, con Sigourney Weaver.

PITCH BLACK devolvía al hombre al estrellato (obviemos THE THING, o PREDATOR, por ahora, ¿eh?). Los aliens con sonar de la película guardan paralelos con el del filme de Scott. Cambia el ejecutor: volvía a ser varón. Era como sacarse esa espina que la ficción de Humans VS. Aliens tenía incrustada en su costado.

Pero no un héroe solar. Sino su opuesto. Un existencialista que pregonaba, cargado de hiriente sarcasmo (una coraza, no obstante, que protege sus nobles sentimientos), que el mundo y sus inquilinos le importaban un carajo. Lanzado a los cuatro vientos.

Más regresa a salvar a los pocos supervivientes del grupo que quedó del aparatoso naufragio. Dentro de Riddick, al modo ignoto como en esos personajes suele suceder, resonó, se rompió, admiró, algo, y cuanto afirmaba estar al fresco de convencionalismo y piedad se transforma en una combativa fuerza benefactora.

Pese al amago por ser el Riddick que afirma, cuando intenta escapar con el esquife, este marginado letal demuestra la inmensa calidad de su buen corazón, que supera su tenebrosa leyenda urbana. Puede ser de los buenos.

Y, como Mad Max, es (anti) héroe a la fuerza. (Y otro ejemplo de que no precisamos conocer qué fue de su vida en el páramo entre filmes, sino especular, con gozoso ocio, sobre cómo adquirió esto o perdió aquello.) Presionado por circunstancias superiores y la energía/aguijonazo, en el amor propio, que brinda su obstinada decisión de que los malos no se salgan con la suya, ataca. A bestia, no me ganan.

LAS CRÓNICAS DE RIDDICK tuvo el defecto (más allá de su apabullante imaginería visual) de explicar un origen de Riddick. Y en plan superguerrero del planeta de Son Goku, además. Y lo marró. Lo acotó a realidades, posibilidades y contextos que lo volvían mundano. La brecha luminosa en su alma oscura, no obstante, seguía abierta, y pese a sus presunciones de que alguien va a pagarlo, y caro, vuelve a sacrificarse como héroe abnegado, indiferente al inmenso poderío enemigo.

El planteamiento de LAS CRÓNICAS DE RIDDICK quizás fue erróneo. Pretender hacer de ellas un STAR WARS del siglo XXI las vicia. Limítate a contar una estupenda historia con un personaje emblemático y propia solera. Haz cuantos homenajes desees, pero no sigas ese camino. Lábrate el tuyo propio, porque cuentas con sobradas facultades para hacerlo. Este parece el sendero tomado en esta nueva entrega de Riddick, un retorno a orígenes más modestos y puros.

Confío sea así y que la intención se salde con considerable éxito. Los tíos como Riddick no crecen en los árboles.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos
(977 palabras)
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 16 de agosto de 2013