Demostrado científicamente
por Raúl Alejandro López Nevado

Lo vemos a distintos niveles: en el anuncio de detergente que lava más blanco que ninguno; en el documental sobre sexualidad humana en el que se dice que el amor se acaba a los dos años y medio; pero también en ocasiones en el artículo del Nature, en el que se nos dice que el Universo tiene quince mil millones de años (ni uno más ni uno menos fíjese usted). La estructura es siempre la misma, se plantea una hipótesis, y para confirmar su impepinabilidad se la acompaña de un demostrado científicamente, y como la ciencia parece ser algo oscuro pero a la vez todopoderoso que jamás se equivoca; nosotros, pobres infelices que no hemos probado científicamente que otro detergente es mejor que el del señor del anuncio; o que el amor (todavía por definir) dura más que lo que dicen en el documental; o que el Universo tal vez es un pelín más viejo o más nuevo que en el artículo del Nature, tenemos que agachar la cabeza y decir con ánimo compungido: Te alabamos, oh, ciencia.

Dígamoslo claramente desde el principio: se utiliza demostrado científicamente cuando se debería utilizar una expresión mucho más humilde como por lo que sabemos hasta el día de hoy, y tras múltiples pruebas realizadas, podemos concluir que tal o cual. La distinción entre estas dos expresiones puede parecer capciosa, pero si no se la tiene en cuenta, la ciencia se convierte poco menos que en un monstruo que intenta ser veraz por un lado; pero mantener su estatus de indiscutible a toda costa por el otro... la ciencia se convierte entonces en religión, en Iglesia con sus propios santos y altares.

Demostrado científicamente se usa para proclamar que una verdad es así como se la acaba de expresar para siempre y de manera inmutable, como si fuera una suerte de palabra divina revelada. A este respecto, no es ni más ni menos que el lo dice la Biblia de siglos anteriores. En ambos casos se trata de una manera de zanjar una discusión, sentando una verdad que está más allá de toda duda en base a la autoridad que la sustenta. En el s. XVI, por poner una fecha concreta, la autoridad emanaba de la Iglesia; mientras que hoy emana de la Ciencia Establecida. Es cierto que la Iglesia del siglo XVI gozaba de la potestad de condenar a la hoguera a los que se atrevieran a pensar diferente a ella; y que la ciencia de hoy no. Sin embargo, cuando alguien usa ese demostrado científicamente para predicar su propia verdad indiscutible, a mí me da la impresión de que, si estuviera entre sus atribuciones la de enviarte al fuego para que te callaras, lo haría sin que le temblara el pulso.

Lo llamativo es que los más acérrimos defensores de ese demostrado científicamente no son los propios científicos; sino aquellos pseudocientíficos que se han relacionado con la ciencia en su matiz divulgativa, sin llegar a comprenderla realmente. Punsets y demás rebuscan entre los últimos artículos sobre genética del mismo modo en que lo haría un brujo en los arcanos del tarot, a la caza de un conocimiento en el que esté escrito el destino del mundo. De hecho, esta situación no es tan sorprendente, si tenemos en cuenta el precedente histórico de la Iglesia como máxima garante del saber. Del mismo modo en que hoy los científicos auténticos suelen ser los más cautos al expresar sus conclusiones con un demostrado científicamente; en los siglos XVI y XVII las críticas más feroces contra los está escrito en la Biblia surgían desde las propias filas de la Iglesia.

El objetivo de la ciencia no consiste en demostrar que algo es verdad, sino en mantenerse a la espera de que se demuestre que es falso. Esto es lo que Karl Popper llama falsación, y donde reside la esencia más profunda de la ciencia. Ésta no funciona encontrando una verdad que sirva ahora y para siempre, que sea inamovible por los siglos de los siglos; sino encontrando una verdad mucho más frágil, que sea funcional por el momento, que sea coherente con todo lo que conocemos; pero que siempre esté a la espera de que surja alguna evidencia que la eche por tierra, y haya que buscar una nueva. Popper dice que si una teoría científica no está dispuesta a este trato, a ser reemplazada en un futuro por una nueva verdad más precisa, y más cercana a la Verdad con mayúsculas, entonces no podemos considerarla ciencia. Desde esta perspectiva se pueden diferenciar las verdaderas teorías científicas, que jamás demuestran nada, sino que permanecen en un tenso equilibrio por no caer de la cuerda floja sobre la que se mantienen; de las teorías pseudocientíficas que pretenden haber llegado a una verdad absoluta e inconmovible.

Esto, que para una mente cerrada o en búsqueda de la seguridad que da la verdad verdadera de las ideologías o las religiones, podría parecer una debilidad de la ciencia, no es sólo la grandeza que la hace avanzar, sino el secreto que da pie a nuestra querida ciencia-ficción. Al ser la ciencia una materia que no es inmutable, que no alcanza nunca un punto último más allá del cual no puede seguir avanzando; que jamás es perfecta, sino que se mantiene perpetuamente en estado perfectible, siempre cabe imaginarla a ella, en el futuro, distinta a la actual, y a partir de ahí construir los mundos que nos apasionan a todos.


Notas

Algunos de los padres de la revolución científica de la era moderna ejercieron el sacerdocio directamente, como Copérnico, Bruno o Keppler, y otros estuvieron toda su vida especialmente interesados en cuestiones de teología, como Descartes, Leibniz o Newton.

La cual, de existir sería un ideal que permanece siempre en el trasfondo de las teorías científicas, pero que nunca está ahí efectivamente

© Raúl Alejandro López Nevado
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