La piratería interminable
por Francisco José Súñer Iglesias

Cada día tengo más claro que la piratería de contenidos culturales es, y será, un fenómeno imparable y con muy pocas expectativas de remitir, por muchos obstáculos que se le pongan y muchas leyes que pretendan ponerla contra las cuerdas.

Las causas son más que evidentes. Una vez que el contenido ha sido digitalizado la facilidad para copiarlo, alterarlo y redistribuirlo es tal que limitarlo se convierte en un esfuerzo titánico con muy pocas posibilidades de éxito. La digitalización ha sido el fenómeno que ha dado alas a la piratería. Antes, en los tiempos analógicos, el proceso de duplicar un disco, una película, un libro, era pesado y laborioso, no hasta el punto de suponer un obstáculo insalvable pero si un factor limitante que reducía el ámbito de la copia no autorizada a un nivel casi anecdótico. Había que disponer de una doble pletina, o al menos un reproductor y un grabador, el tiempo de la copia era exactamente el mismo que el de la duración de la cinta casete, siempre había una mínima pérdida, no siempre mensurable, de calidad entre el original y la copia, original que a su vez se degradaba imperceptiblemente en cada reproducción. Aún así había un mercado subterráneo de copias pirata, aunque tan ínfimo que apenas preocupaba a la industria del entretenimiento.

De hecho, recuerdo como, hace cosa de treinta años, un chaval se situaba justo enfrente de mi casa (vivo en una calle peatonal bastante transitada) con una mesita y una bandeja llena de casetes pirata que vendía al ventajoso precio de 100 pesetas. Todo un precursor del top manta.

El caso de los libros era más o menos el mismo. Fotocopiar un libro entero era un trabajo lento y tedioso, y las fotocopiadoras de la era analógica aún no tenían una calidad de reproducción espectacular. Por no hablar de que el precio por hoja hacía que en muchas ocasiones fotocopiar un libro saliera más caro que comprarlo directamente.

Estoy hablando, naturalmente, de piratería de andar por casa. La industrial también existía y los discos piratas de los conciertos de ciertos grupos famosos alcanzaban altos grados de cotización, y siempre había editores e impresores sin escrúpulos que lanzaban tiradas de libros sin contar para nada con los autores. Pero como digo, tampoco tenía un volumen que inquietara especialmente a los dueños de cotarro.

Ahora, con la digitalización e Internet copiar y distribuir es todo uno, un fenómeno imparable que además cuenta con un factor que va más allá de la facilidad técnica de hacerlo.

La gente piratea. Todo.

Por que si, porque se puede.

Aunque sea un producto que se ofrece gratis y con unas relajadas limitaciones de distribución.

Hace poco un amiguete me señaló que en una conocida web de descargas de libros se podían encontrar todos los de la Biblioteca del Sitio, convertidos a varios formatos y, en algún caso, con portada nueva y sin los mínimos datos editoriales que incorporo en las ediciones.

Si alguien es capaz de llegar hasta el punto absurdo de copiar y falsificar algo que ya de por si se ofrece de forma altruista y gratuita, ¿qué posibilidades hay de erradicar la piratería? Particularmente creo que ninguna. La cultura del puedo y quiero se ha aposentado en este sector, y eliminarla pasaría por algo aún peor: la pura coerción.

© Francisco José Súñer Iglesias
(552 palabras)