Por siempre, Jack Vance
por Francisco José Súñer Iglesias

La muerte de Jack Vance ha supuesto en cierto modo la muerte de la gran aventura. Perdón, Gran Aventura, así, con mayúsculas y sin vacilaciones.

Se dirá que exagero, que todavía hay grandes cuentistas y no menos formidables narradores capaces de hipnotizarnos con sus relatos, pero creo que no hay duda de que nadie ha heredado la bandera de la economía de medios, la narrativa directa y la capacidad de construir tanto con tan poco que era marca de la casa.

Porque si de algo no se podía acusar a Jack Vance era de farragoso. Nunca perdió el tiempo en largas descripciones o introspecciones autistas, sus obras se pueden resumir en aventuras sin fin, pícaros medrando aquí y allá, personajes de ideas claras, actitudes firmes y calculada ambigüedad, exotismo fascinante, diálogos de una precisión casi quirúrgica, y sin duda destacaba su capacidad de crear mundos sorprendentes y su habilidad para darles verosimilitud gracias a la minuciosa descripción de pequeños detalles y la compleja interacción de todos los personajes que presenta. Obsérvese la diferencia con otras formas de describir mundos exóticos, en vez de perderse en largas enumeraciones y alargar pasajes a base de describir hasta el exceso todos los detalles de una civilización, Vance iba dando pequeñas píldoras de conocimiento según avanzaba la narración. Todo estaba relacionado; las cuitas del héroe con el entorno inmediato que le rodeaba era todo uno, y quizá por eso calaba tanto su forma de narrar, a ritmo constante la aventura se iba construyendo como una unidad, tanto en el escenario como en los sucesos, sin desligar el uno de los otros.

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Era capaz con unas cuantas pinceladas, unas pocas y poderosas pistas, de construir civilizaciones de un brillante exotismo y describir razas alienígenas a cual más sorprendente. En el Ciclo de Tschai (propiamente conocido como el Planeta de la Aventura) no solo se limita a dar cuerpo a las cuatro razas alienígenas que, al margen de los humanos, dominan el planeta: los chasch, los wankh, los dirdir y los pnume, además les proporciona una dimensión que en pocas ocasiones se tiene oportunidad de disfrutar al describir diversas variedades de los mismos. Por si eso fuera poco, amplia la panoplia de seres extraordinarios a las diversas variedades de humanos que, sin llegar a la hibridación, se han asociado a los distintos alienígenas, en una relación que va del simple clientelismo a una soterrada dominación, adoptando sus hábitos y costumbres, e incluso adaptando su morfología a la de los alienígenas.

Ya adelantó algo similar en su obra HOMBRES Y DRAGONES, extraordinaria narración en la que la humanidad se enfrenta a unos alienígenas reptiloides. Al cabo de los muchos años de conflicto ambas razas han creado, a partir de los prisioneros de guerra, una serie de razas auxiliares que nada tienen que ver ya con sus lejanos antepasados.

Los personajes de Vance son a la vez esquemáticos y asombrosamente alambicados, héroes de una pieza, individuos con las ideas muy claras a los que nada detiene y que a poco que se piense en ello no ven más allá de sus propios objetivos. Personajes obsesionados con sus metas, que refuerzan su obstinación cuanto más grandes son las dificultades que tienen que superar para cumplir sus propósitos. Son astutos, íntegros y honrados (bien, Cugel puede que no sea un gran ejemplo) No conocen el miedo, o al menos son capaces de controlarlo adecuadamente. Su verborrea solo es comparable a su inteligencia, barnizada con grandes dosis de astucia. Los recursos del héroe vaciano son numerosos y variados, desde la destreza manual a la pura fuerza física. No hay enemigo, ni grande ni pequeño, solo peones que provocan fastidiosas molestias de las que el héroe se evade con notable habilidad y, en ocasiones, con grandes trabajos. Los héroes de Vance son cualquier cosa menos pusilánimes, francos y directos, aunque no por ello menos astutos, se fijan en su objetivo hasta el final. Nada le detendrá, nada le hará cambiar de opinión, moverá multitudes y montañas hasta completar la tarea que se ha impuesto. Bestias terribles y personajes siniestros le saldrán continuamente al paso, pero el héroe vanciano les hará a un lado, sin molestarse por el retraso, incomodándose apenas por el inconveniente.

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Siguiendo el esquema de sus personajes, los argumentos de sus obras se repetían con bastante regularidad, ya sean las Crónicas de Cadwal, ya sea en el Ciclo de Lyonesse, el Héroe (así, con mayúsculas) se ve envuelto en un problema sumamente molesto lo que le obliga a, por un lado, resolver detalles más o menos escabrosos en su propia casa y, por otro, a embarcarse en largos y tortuosos viajes que acabarán con su regreso, más sabio y maduro, la derrota de sus enemigos y alguna que otra recompensa extra en forma de riquezas o emparejamiento ventajoso. Casi todos los héroes vancianos, con excepciones notables, como Adam Reith, son jóvenes recién salidos de la adolescencia, con una vida apacible, pero repentinamente enfrentados a terribles peligros de los que deben escapar, y que al cabo resolverán tras un asombroso viaje iniciático en el que se consolidará su despierta inteligencia y descubrirán habilidades aún latentes.

Aunque pudiera parecer que esta repetición de pautas acabaría por aburrir al lector, Jack Vance era capaz de sorprender en cada nueva obra con las absorbentes aventuras de sus héroes. Hacía ya años que no estaba en su mejor forma y pasó la última etapa de su vida ciego, escribiendo al dictado, pero su pérdida ha dejado uno de esos huecos que son muy difíciles de cubrir.

Nota: Todos los entrecomillados son autocitas ;).

© Francisco José Súñer Iglesias
(927 palabras)