¿Es Star Wars cosa de hombres?
por Antonio Santos

Aquel sueño alocado de George Lucas que no obtenía financiación y causaba risa a los sesudos directivos de las productoras donde recalaba su proyecto ha crecido hasta tomar tamaño colosal desarrollando una industria que nutre las necesidades de un distinto número de personas. (He aquí un ejemplo de vida útil y bien aprovechada).

No ha sido tarea fácil, desde luego. Lucas llegaba a un panorama fílmico dominado por géneros con tendencia a lo fatuo y lo grandilocuente, como la cursilada del relato gótico, vaya, a las marcadas depresiones, y lo abandona con un Star Wars, Episodio III, LA VENGANZA DE LOS SITH, que recauda más de ochocientos millones de dólares. Cojonudo. Y es desprestigiada ciencia-ficción. Basada en infantilismos. Con toques de puerilidad. Bestialidad de dólares que se traduce en sostenimiento de la industria, creación o persistencia de empleos, difusión de tecnologías que se aplicarán, con distinto provecho, a otros filmes o videojuegos, otra importante empresa.

¿Algún filme de Woody Allen, o comedia romántica, o dramón sensiblero, todo eso tan elevado y maduro que tiene encandilada a la tan entendida crítica (atajo de esnobs ignorantes), ha generado tantos ingresos y apoyado al Cine tan rotundamente? No.

En cambio, el género más tirado salva la taquilla y sigue prendiendo la ilusión en nuestros corazones. Sus detractores, ocurre, no logran (o pueden, o no quieren) ver el conjunto completo. Resaltan apartados que tan extraordinarios resultados derrotan al punto. Star Wars es una leyenda que propagará su eco a través del tiempo, cosa muy considerable; tiende a inmortalizar a los que se implican en el proyecto.

Por meritorio que sea un filme como NELL, ¿tendrá tamaña repercusión? Tal vez sea la enésima munición que foguee algún/na crítico del futuro, víctima de prejuicios elitistas, para remarcar las dudosas excelencias de tal cine sobre aquél otro, malo sólo por ser de evasión. ¡Ah, calamidad!

Y de la menuda simiente alimentada de las filias y fobias de Lucas crece un robusto ygdrassil de numerosas ramas cuyo esplendor ya pudiera ser menos saludable. Benefician a todo el árbol, pero podemos apreciar cuánta, o qué poca, sombra proveen.

Contamos entre esas extensiones las novelas que «desarrollan» el Universo Star Wars, atendiendo principalmente a conceptos mercadotécnicos más o menos acertados... y ceban el hambre del freakie obsesionado en la absoluta colección/posesión de cuanto refiera al fabuloso Cosmos fluvial lucasiano.

Estas obras no deben entenderse como canon; son Facetas (permitidme la analogía con mi Prisma Universo) que plantean alternativas, más o menos luminosas, al relato original. El fervor freakie, empero, las estima también parte litúrgica, lo cual no habla favorablemente de su capacidad crítica. Es evangelio legal cuanto el autor de la idea consigne. Lo demás, literatura apócrifa de controvertida calidad o influencia.

Y Jude Watson contribuye a dichos apócrifos con una serie de novelas-relámpago de clara orientación juvenil, infantil estoy por afirmar. Queda claro que lo que escribe no tiene la contundencia de TROPAS DEL ESPACIO[N], una historia para adolescentes. (Y que sus detractores quieren ver como el MEIN KAMPF de la ciencia-ficción. En fin.) Y algunas situaciones están tan «aligeradas» que la sospecha se hace evidencia.

APRENDIZ DE JEDI describe los años mozos de Obi Wan Kenobi, aún padawan de Qui-Gon Jinn. Ambos acometen distintas misiones en los más remotos y exóticos (se presupone) escenarios de la Galaxia. (Todos, empero, muy similares —en habitabilidad, sociología y política— a la Tierra.).

Entre las remarcadas influencias de Star Wars está el pulp. Este género se caracteriza por una serie de aciertos, y varios defectos, entre los que destaca el manejo contundente de la prosa. Siempre he admirado esa habilidad en un escritor, cómo puede emplear un conciso grupo de palabras para impactarte y describir la situación, haciéndola vívida, e inequívoco al personaje, sin tantas tonterías y telarañas como el gótico. (Esa literatura vaporosa, donde el abuso de grandilocuentes adjetivos lo suple todo, y sirve sólo para cubrir la amplitud estéril del ego del autor).

Watson lleva a lo esquemático, sin embargo, esta eficaz concisión que alabo. Tan magro es su estilo que deja en ayunas de todo. No traslada la sensación de que realmente estés en la Galaxia. La pobreza de sus descripciones, aun psicológicas, lo impide. Afirma que vives en los albores de Episodio I, inmerso en un entorno así familiar, pero más parece nuestro mundo con cierta hi-tech resultona. Menciona a los Jedi, a la Fuerza; habla (sacando a debate) de Yoda o Mace Windu para darle cuerpo al relato, entroncándolos con un extenso rol de otros Jedi, machos o hembras, y cuño personal, que diversifican el ya vasto proscenio, pero sosteniendo sobre todo sus tramas supersónicas de quizás cuarenta mil palabras.

Pero no es Star Wars; es un sucedáneo. Como una costra de corcho del tronco. A duras penas conforta nuestra gana de aventura extraordinaria tal como hacen los filmes.

Otro sigul pulp de estas novelas (que pienso fueron expresamente concebidas así, para rendir tributo sincero a una de las fuentes de Star Wars) está en el viaje de las tres mil millas. Partiendo de un punto central, los protagonistas acaban lo más lejos posible y enfrentados a amenazas que los Jedis de las películas resolverían bien pronto. A ellos, les cuesta.

Watson (ignoro qué méritos posee para recibir el encargo que mecanografía), aparte de hacer que las mujeres cuenten con un papel casi capital en los relatos, trata con superhéroes a los que ha emasculado deliberadamente. Sus poderes oscilan entre lo poco y lo nulo, y los enfrenta a supervillanos dignos del peor tebeo del mainstream, teatrales y dados al exceso discursivo estilo dr. Doom.

Pero entretienen, y su equívoca calidad logra que admires, todavía más, los Episodios filmados. Quizás hubo mala suerte (pondero ahora) y adquirí (muy económicamente) los libros más débiles de lo que se antoja una larga cadena, un trabajo considerable que debe recabar nuestro respeto.

Cuanto lamento es la poca intensidad como Watson imprimió al párrafo la grandeza, el espectáculo, la dimensión, con que deslumbran los filmes. No sé hasta qué punto su sexo es responsable. Revive el debate de si las escritoras son más lúcidas que los autores, o al revés, y si pueden acometer concretos encargos.

© Antonio Santos
(1.033 palabras)
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 21 de enero de 2013