Fundido a negro
por Luis Del Barrio

Acabo de terminar MILENIO NEGRO, de J. G. Ballard, y al hilo del especial de cumpleaños del Sitio de ciencia-ficción de éste año, según avanzaba en la lectura me recorría un escalofrío de estremecimiento. F. J. Súñer (que también reseñó la novela en su momento) llegaba a la conclusión de que los autores de ciencia-ficción no tenían obligación de prever el futuro, y que los posibles aciertos en esa tarea eran más por casualidad que por verdadera clarividencia.

Posiblemente, pero esos aciertos, vistos desde el mismo futuro que describen, son sorprendentes. En el caso de MILENIO NEGRO Ballard nos habla de un acomodado barrio londinense habitado por profesionales de éxito. Estos profesionales ganan unos buenos sueldos, muy por encima de la media, lo que les permite un nivel de vida elevado. Es una situación que parece ideal, pues se gana un buen dinero que se gasta para tener el estatus adecuado. Pero esa situación tiene una trampa, esa bonita suma de dinero llega justo para mantener ese tren de vida, y esa suma de dinero proviene exclusivamente de sus estupendos trabajos. ¿Conclusión? Que a poco que los precios suban, el sueldo baje o el trabajo se pierda, también se pierden el estatus y el tren de vida.

Puede que sea un fenómeno que se pueda rastrear a lo largo de la historia: siempre se ha gastado todo lo que se tenía o incluso más, confiando en que en el futuro esa diferencia en contra se pagaría de alguna manera, pero no siempre ha sido así, no siempre es así. El vivir al límite del gasto, embarcarse en compras a plazos con unas cuotas desorbitadas, ha parecido durante muchos años, al menos en España, la forma correcta de comportarse. La falta de previsión y la fe ciega en el futuro no son malas de por si, de lo contrario nadie, nunca, se embarcaría en proyectos a largo plazo, donde se supone que habrá una estabilidad y un progreso a mejor. Lo que ya resulta incomprensible es la estimación errónea de las propias fuerzas, que ha llevado a mucha gente, al igual que los profesionales de la novela de Ballard, a vivir como si no existiera futuro (de hecho no existe, pero ese sería tema para otro artículo) y aún peor, como si el presente tampoco tuviera porqué contar.

En la novela de Ballard la subida de los precios y ciertos desajustes presupuestarios, más la tensión que sus protagonistas acumulan hace estallar la situación convirtiendo un barrio rico en una especie de jungla en mitad de la ciudad. Sus habitantes parecen sorprendidos de haber perdido su brillante existencia a causa de unas pocas libras, y eso es lo paradójico del asunto, no es que sean pobres, no es que sean peones sin formación, es que sencillamente no han considerado la posibilidad de no vivir al borde de sus recursos, de ajustar sus gastos a sus ingresos sin llegar al límite de la descapitalización.

Miro a mi alrededor y veo demasiados paralelismos con lo relatado por Ballard. Muchas familias compuestas por profesionales de éxito, licenciados con varios postgrados, se embarcaron en gastos muy oneroso (fundamentalmente la compra de pisos, chalets, coches) que podían pagar, con apreturas, en las épocas de bonanza, y que ahora con la economía deprimida, se ahogan para cumplir con el banco, siempre con la sombra del deshaucio, también, en el marco de la puerta. Se de quien ha tenido que sacar a sus hijos de sus distinguidos colegios de pago porque la pérdida de uno de los sueldos paternos hace imposible pagar hipoteca, créditos y educación, y yampoco es extraño enterarse de quien ha malvendido su coche de alta gama para poder afrontar los gastos generales de la casa.

Si ya bastante drama es perder el trabajo y malvivir con apenas recursos, en estos casos hay que añadir la frustración y el sentimiento de engaño: ni los años de arduos estudios, ni las horas de más dedicadas al trabajo, ni la asunción de responsabilidades más allá de lo sensato, nada ha valido cuando la ola de la crisis ha golpeado a todos por igual.

A Ballard le gustaba ir más allá y la rebelión de sus atildados profesionales no parece que se vaya a dar por estos lares, pero no deja de ser una constante que, por muchas voces que se alcen advirtiendo lo que puede ocurrir, cuando se desata la euforia todos los oídos se cierran a cal y canto, incluso cuando esas advertencias tienen detrás una lógica y una gran carga de sentido común.

© Luis Del Barrio
(759 palabras)