Especial Decimosexto Aniversario
¿Qué haría hoy Charlton Heston?
Especial Decimosexto Aniversario
por Jorge Vilches

En los sesenta y setenta Charlton Heston fue contratado para hacer una serie de películas sobre distopías. No sólo la archiconocida EL PLANETA DE LOS SIMIOS (1968) basada en la obra de Pierre Boulé, sino también EL ÚLTIMO HOMBRE VIVO (1971), fundada en la novela SOY LEYENDA, de Richard Matheson. Menos famosa es CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE (1973), cuya base es ¡HAGAN SITIO, HAGAN SITIO! de Harry Harrison. Y es que la distopía estaba entonces de moda. Era el momento culminante del movimiento de los años 60 y 70, de la new wave, de los hippies, del ecologismo, de las realidades alternativas, del contrapoder, del apocalipsis nuclear, la sobrepoblación, o la crisis del petróleo. Películas y series como LA FUGA DE LOGAN (1974), de la novela escrita por William F. Nolan y George Clayton Johnson en 1967, arrasaban en las pantallas, o la extraña NAVES MISTERIOSAS (SILENT RUNNING, 1974), que ponía el conservacionismo de la flora y fauna sobre la relevancia de la vida humana. Luego apareció STAR WARS (aquí LA GUERRA DE LAS GALAXIAS) en 1977, y lo cambió todo.

Le tengo especial aprecio a esas tres películas de Charlton Heston; a esas historias post apocalípticas sobre un mundo vuelto del revés víctima de la estupidez humana —una característica de la cual el espectador siempre estaba a salvo, claro—, cuyo ejemplo es el «¡Malditos! ¡Malditos sean!» contra la arena de la playa al contemplar los restos de la Estatua de la Libertad en EL PLANETA DE LOS SIMIOS. En esta cinta era el desarrollo tecnológico y el belicismo los que habían destruido el planeta. El miedo a los efectos de la competencia política entre bloques y la aplicación de la tecnología para la destrucción del otro fue un tema corriente desde la crisis de los misiles de octubre de 1962. Ese mundo destruido lo heredaban los simios, que volvían a cometer los mismos errores de los humanos al guiarse por la ambición de poder y el militarismo. La novela es distinta. Pierre Boulé, combatiente en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, hacía una parábola sobre el futuro dominio de los japoneses, a los que despectivamente los norteamericanos llamaban macacos. Los japoneses dominarían el mundo sin progresar por sí mismos, copiando la tecnología y el sistema político, las costumbres sociales y la cultura, tal y como habían hecho, según Boulé, desde la revolución meiji de 1868.

Charlton Heston era en esta película la encarnación del individuo de firmes convicciones, solitario, duro, crítico. Y es que era ese tipo de actor de gesto adusto e inamovible, curtido en la década de 1950, capaz de salvar a la chica tanto como de pegar un puñetazo a la antigua usanza —como el capitán Kirk de la Enterprise —, de esos que se daban antes del impacto de las artes marciales gracias a Bruce Lee y de la multicámara a lo THE MATRIX.

En EL ÚLTIMO HOMBRE VIVO se recreaba una acción parecida. Estaba el magnífico precedente de la cinta de Vicent Price titulada EL ÚLTIMO HOMBRE VIVO SOBRE LA TIERRA (1964), que fue mejor adaptación de la novela de Matheson. Sin embargo, las escenas protagonizadas por Heston tan sólo siete años después tienen una fuerza sobrecogedora. Si la versión de Price nos mostraba al actor de siempre, encerrado en su casa convertida en un fortín, con la genialidad habitual; la de Heston nos enseñaba algo pocas veces visto: una ciudad completamente deshabitada, en ruinas, por la que se paseaba un tipo solitario con una rutina triste y aburrida, empeñado en recuperar lo imposible, y acosado por los extraños supervivientes nocturnos. Aquí era de nuevo la tecnología la que había acabado con la vida humana, pero en este caso se trataba de una epidemia, de un virus salido de un laboratorio. Claro, esto ha sido el precedente de magníficas historias de terror y ciencia-ficción, especialmente de zombis, como por ejemplo 28 DÍAS DESPUÉS (2002).

De nuevo Charlton Heston se nos presentaba como el luchador incansable, inalterable al desaliento, guiado por una buena idea, por un propósito loable, que tenía que preservar de la locura anterior y de la presente, representada en ese momento por esos engendros de la noche que le rondaban. Se trataba de la lucha por un ideal humanitario frente a un entorno y un pasado hostiles. Por supuesto, el final tenía que ser trágico.

La tercera película es CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE, de título desafortunado pero descriptivo. Aquí vemos un mundo alterado por la sobreproducción y la superpoblación ya en 2022 —una de las combinaciones que más aterraba a los de new wave; véase TODOS SOBRE ZANZIBAR, de John Brunner, de la llamada Trilogía del desastre —, el deterioro del medio ambiente y el olvido de la civilización y de los grandes principios morales que inspiraron lo mejor del progreso humano. Aquí Heston interpreta a un policía rebelde, íntegro pero sin pasarse, que investiga el asesinato de un miembro del consejo de administración de Soylent, la compañía que alimenta a media Humanidad con extrañas galletas de colores. Es significativo el tono crítico en el diálogo que mantiene Heston con el supuesto guardaespaldas del asesinado.

—¿Profesión? —pregunta Charlton—.

—Rico.

—Rico... ¿de qué?

—Abogado, político,... —y Charlton asiente. No necesita saber más.

La crítica en la película es destructiva, especialmente las frases que dedica a la situación el representante de una generación anterior, la que sí vio como era el mundo antes de su destrucción por la codicia y la política; me refiero al personaje que interpreta un enorme Edward G. Robinson. Él sí sabe cómo olían, sabían o se hacían las cosas. Y dice cosas como «A nadie le importa nada, y nadie hace nada». No es la juventud la rebelde, como los chimpancés en la EL PLANETA DE LOS SIMIOS, sino los viejos, lo pasado, quien levanta la voz aún a riesgo de su vida.

¿Qué haría hoy Charlton Heston? Porque sufrimos una crisis económica atroz, en un marco de deterioro cultural y medioambiental más que preocupante. Es evidente que nos vendría bien un tipo como aquel, con películas como aquellas, con denuncias como esas, entre tanto maquillaje y efecto 3D.

© Jorge Vilches
(1.025 palabras)
Jorge Vilches mantiene el blog Imperio futura.