Especial Decimosexto Aniversario
En el Rincón Oscuro del Espejo
Especial Decimosexto Aniversario
por Jesús Poza Peña

No todo el mundo es capaz de leer ciencia-ficción. Éste es un hecho que he ido comprendiendo en los últimos años. Muchos lectores lo asocian directamente a la fantasía y debido a ello lo rechazan de plano, otros se pierden en el caudal de información técnica o científica del género. Pero hay un tercer grupo, los que no soportan verse reflejados.

Robert A. Heinlein dejó escrito que sólo existen dos tendencias políticas, la de aquellos que quieren controlar a los demás y la de aquellos que no tienen tal deseo. Él abogaba por la segunda y aun así se ha visto tachado de «fascista», esa expresión que en España sirve para descalificar a cualquier enemigo político, sea quien sea y piense como piense. Para muchos lectores, verse reflejados en una distopía supone una insoportable revelación. Cuesta creer, por ejemplo, que George Orwell se basara en su experiencia en el llamado bando republicano durante la Guerra Civil Española para escribir 1984. Pero es así. Lo que viene a demostrar aquello que Heinlein afirmaba, que las etiquetas no importan y que lo único que cuenta son los actos: los de aquellos que desean siervos y los de aquellos que veneran la libertad del individuo.

La ciencia-ficción tiene el poder de dejar al descubierto este tipo de ideas. Casi siempre componiendo un telón de fondo sobre el que se desarrollan los hechos . GUERRA INTERMINABLE, de Joe Haldeman es ejemplar en ese sentido. El autor relata los cambios sociales que acompañan a la guerra, y como el individuo no es más que una marioneta en manos de un estado que precisa de él para el esfuerzo bélico, en un conflicto cuyo origen es, cuanto menos, neblinoso. Éste es el mismo sistema que usa Anderson en LA NAVE DE UN MILLÓN DE AÑOS, en la que los inmortales acaban perdidos y carentes de identidad en una sociedad transformada en una gigantesca red social. Anderson hace bueno aquel adagio cinematográfico: « dentro de mil años no habrá hombres ni mujeres, sólo gilipollas».

Cuidado, he dicho poner al descubierto, mostrar al público en un escaparate. Pero no cambiar la sociedad. Por poner un ejemplo, la Literatura española de postguerra, el llamado realismo social, era un arte dirigido a agitar a las masas. Cosa que nunca ocurrió. Buen ejemplo de ello es LA MINA, de Armando López Salinas. Quizá la Literatura no puede cambiar el mundo, pero sí puede mover al individuo a la reflexión. Por algún motivo el ser humano tiende a sentirse más cómodo agazapado en ideas preconcebidas, e inmutables, tópicos, se podría decir. Todavía hoy resulta muy difícil explicar a algunas personas que el Comunismo es una ideología atroz. El otro día, sin ir más lejos, en el transcurso de una conversación entre amigos, califiqué al GULAG de la URSS campos de exterminio, cosa que me corrigió uno de los presentes aclarando que no eran de exterminio sino de trabajo. Bendito trabajo, que, por ejemplo, llevó a dos millones de personas a construir la famosa Carretera de los Huesos de Kolima. De hecho sirvieron como zahorra para el asentamiento del «firme». Carne, sangre, huesos...

No obstante no hay novela de ciencia-ficción capaz de reflejar todo el horror que el ser humano puede llegar a auto-infligirse. Hecho que posiblemente se deba a que tanto autores como lectores no soportan esa imagen de sí mismos. Como decía más arriba no desean verse reflejados de esa manera: serviles, deshumanizados, capaces de las más espantosas atrocidades... Leer 1984 deja al lector con una sensación de desasosiego, de inseguridad; UN MUNDO FELIZ pone un regusto de amargura en el paladar. No es fácil soportarlo, mirarse al espejo y reflexionar. Resulta mucho más sencillo cerrar el libro y salir a hacer las compras navideñas, porque si lo pensamos con atención, quizá el universo en el que vivimos no sea tan diferente de aquellos reflejados por Orwell, Huxley, Bradbury... ¿Y qué haría un individuo, un hombre solo, si descubre que, quizá de una manera desnatada y sonriente, vive en un mundo que no controla y dónde carece de libertad?

Y aun así, resulta curioso que a pesar de ser los libros más comprometidos y complicados de tratar, las novelas de ciencia-ficción blanda sean las únicas que se han alzado en el canon literario y que se estudian en las aulas de Literatura de las Universidades. De esa manera llegué yo a conocer y leer NOSOTROS, de Zamiatin, una antecesora evidente de la ya mencionada 1984. No ocurre lo mismo con el propio Heinlein, o sin ir más lejos, Isaac Asimov. También es cierto que no se ven ejemplos de semejante brillantez últimamente. De hecho no hay novelas de gran brillantez en la Literatura en general, arrastrada a una mediocridad de editorial y borreguismo lector. Y si alguna novela arriesgada y rompedora ha surgido de las abisales aguas de Kindle, no ha conseguido flotar hasta la superficie. Lo que tampoco es de extrañar si pone al lector ante un retrato de la parte más oscura de su alma.

El mercado está así, y salirse de la vía aterra a propios y extraños. En cierta ocasión, una conocida agente literaria madrileña rechazó uno de mis manuscritos aduciendo que la novela «podía molestar». Éstas fueron sus palabras textuales, y por escrito. Y yo me pregunto si, en cierto modo, no es misión de la ciencia-ficción ser molesta, e incomodar al lector en algún rincón del alma donde se guardan esas certezas y tópicos, árboles que probablemente no le dejan ver el bosque.

© Jesús Poza Peña
(922 palabras)
Jesús Poza es escritor y colaborador habitual del Sitio de ciencia-ficción