Especial Decimosexto Aniversario
El color del futuro
Especial Decimosexto Aniversario
por Enric Quílez Castro

Ahora que vivimos inmersos en una monumental crisis económica, que afecta a todos los estratos de la sociedad, en mayor o menor grado, especialmente a los sectores más desfavorecidos, es buen momento para repasar cómo la ciencia-ficción ha tratado este tipo de situaciones.

De futuros negros los hay de muchos tipos: desde los que son más negros que los mondongos de un grillo hasta los gris clarito. En cualquier caso, es más fácil encontrar en el género futuros catastróficos que futuros esperanzadores. Debe ser cosa de la condición humana.

Vamos a prescindir de los escenarios apocalípticos debidos a caídas de meteoritos o a finales del mundo de carácter bíblico. Limitémonos a los más comunes. Si hacemos una clasificación, ni que sea algo chapucera, podemos encontrar catástrofes medioambientales antrópicas, colapsos socioeconómicos, colapsos políticos (dictaduras de todo tipo o triunfos de fundamentalismos filosóficos o religiosos), colapsos demográficos por superpoblación, colapsos demográficos por crecimiento vegetativo negativo, crisis tecnológicas y plagas diversas.

No son pocos los escenarios en los que los agoreros se han puesto (y se pondrán) las botas. Supongo que hay muchas más maneras en que una cosa puede ir mal que no al revés.

Catástrofes medioambientales antrópicas

Las hay de muchos tipos: calentamiento global descontrolado; inicio de una glaciación, ya sea porque se ha interrumpido la corriente del Golfo, ya sea por un invierno nuclear LA PARADOJA DE FERMI, de Frederik Pohl; contaminación descontrolada CRONOPAISAJE, de Gregory Benford, pérdida de ecosistemas enteros (desaparición de casi todas las especies animales o vegetales) ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES EN OVEJAS ELÉCTRICAS? de Philip K. Dick, accidentes o terrorismo nuclear, etc.

Colapsos socioeconómicos

Que pueden estar producidos por grandes crisis económicas, agotamiento de los recursos TIERRA, de David Brin; MERCADERES DEL ESPACIO, de Frederik Pohl, especialmente del petróleo TRILOGÍA DEL REVERENDO HAKE, de Frederik Pohl, crisis alimentarias ¡HAGAN SITIO, HAGAN SITIO! de Harry Harrison, etc.

Colapsos políticos

Algunos de las más espectaculares y terribles obras de ciencia-ficción pueden englobarse en esta categoría. Así encontramos novelas tales como 1984, de George Orwell; ESTE DÍA PERFECTO, de Ira Levin; EL CARTERO, de David Brin; UN MUNDO FELIZ, de Aldous Huxley; o FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury.

Colapsos demográficos

Por superpoblación: tenemos novelas como ¡HAGAN SITIO, HAGAN SITIO! de Harry Harrison (nuevamente) o EL REBAÑO CIEGO, de John Brunner. O por crecimiento vegetativo negativo: BARBAGRÍS, de Brian W. Aldiss o HIJOS DE HOMBRES, de P. D. James.

Crisis tecnológicas y plagas diversas

La lista se haría interminable, especialmente ahora que se han puesto tan de moda las novelas de zombies en las que la premisa básica es: «virus manipulado genéticamente en un laboratorio escapa a todo control y diezma a la Humanidad o los convierte en zombies». Me gustaría destacar una de las últimas novelas que he leído de esta temática: LA ÚLTIMA MUJER DE AUSTRALIA, de Francisco Villarubia.

También podríamos incluir aquellas novelas y relatos en que algún tipo de tecnología, no biotecnológica, se descontrola, como robots o inteligencias artificiales. Así, tendríamos por ejemplo todo el universo desarrollado alrededor de la película TERMINATOR.

¿Por qué somos tan cenizos? Vuelvo a mi tesis de que hay más maneras de hacer las cosas mal y terminar peor que de hacerlas bien y terminar mejor. Por otro lado, está el factor morbo: nadie quiere leer acerca de una sociedad en la que cuando la gente camina, van lloviendo pétalos de rosas a su alrededor. La gente quiera acción, emoción y, mucho me temo, algo de sangre o de dolor.

¿Por qué? Pues porque la literatura de ciencia-ficción sigue teniendo hoy día una importantísima componente escapista. Nadie se identifica con un personaje al que todo le va de fábula, porque acabaría con una profunda depresión. En el mundo real, a la mayor parte de la gente, las cosas le van regular, en el mejor de los casos y quieren héroes y antihéroes literarios que, al menos, tengan que ganarse la fama a través de un proceso de sufrimiento.

Ese efecto de crisálida, por el que el héroe impoluto e inmaculado se transforma en un guerrero o guerrera aguerrido/a a través de un proceso de maduración o camino iniciático es común a toda la literatura épica humana. No iba a ser diferente la ciencia-ficción. Ni la fantasía heroica. Los esquemas se repiten, básicamente porque funcionan y hacen que la gente tenga lo que espera, en última instancia.

Pero a parte de los caminos iniciáticos, la ciencia-ficción distópica nos ofrece algo mucho más interesante y original: una manera de experimentar cambios sociales sin necesidad de tenerlos que realizar.

Hay quien dice que si hoy día no vivimos un mundo parecido al de 1984, es porque existió con anterioridad esta novela y sirvió como una llamada de aviso ante ciertas tendencias absolutistas por parte del poder establecido. Tal vez sea mucho atribuir a una simple novela, pero posiblemente algo de ello hay.

El horror que despierta la lectura de 1984 no deja incólume a casi nadie. Alguien que haya pasado por esa experiencia, sobre todo si lo ha heco de joven, acaba desarrollando unas defensas muy reactivas ante las dictaduras totalitaristas.

Otros, menos optimistas, dirán que ya vivimos un mundo similar al de 1984, pero si lo analizamos con detalle vemos que aunque las tendencias están ahí, al acecho para saltarnos encima al menor descuido, aún no han conseguido su objetivo de doblegarnos.

Como decía, la ciencia-ficción nos permite introducir cuestiones importantes en la sociedad y ver cómo afectarían a esta a partir de la especulación. ¿Qué sucedería si se dejase manga ancha a la ingeniería genética en humanos? ¿Qué pasaría si la gente estuviese conectada por una interface cerebral-electrónica en una especie de conciencia colectiva? Estas no son preguntas baladíes. La ciencia-ficción moderna las ha discutido hasta la saciedad y ha llegado a múltiples escenarios que pueden servir de guía el día en que las tecnologías cibernéticas y genéticas lleguen a ser algo totalmente común y masivo.

También es posible especular sobre los grandes problemas clásicos de nuestro mundo: el hambre, las enfermedades, la superpoblación, la guerra o los fanatismos. No tanto para recrearnos en ellos, como para buscar soluciones.

Porque yo veo esperanza en las distopías, por muy negras que éstas sean. Nos hablan de lo que podría suceder si no obramos correctamente. Y sólo por eso merece la pena leerlas y, sobre todo, reflexionar acerca de ellas.

© Enric Quílez Castro
(1.291 palabras) Créditos
Enric Quilez Castro mantiene el blog El mundo de Yarhel.