Especial Decimosexto Aniversario
La novela histórica, una literatura cobarde
Especial Decimosexto Aniversario
por Antonio Santos

El amplio arco de la ciencia-ficción ofrece al lector una multitud de ejemplos «posibles» sobre la Crisis que pueda aquejar a la Humanidad (la «c» mayúscula, para englobar todo el espectro de hecatombes, ¿vale?), empujándola a la Extinción o muy cerca de ella. Sus orígenes podrían atisbarse en la Mitología, entendida como inspirador compendio de cuentos fantásticos más que como hagiografías paganas, en que, junto casi al relato de la Creación, se narra su Ocaso, especie de muy cierta certeza de que toda fiesta, por rutilante y poblada de ídolos que esté, también termina. Luego podríamos citar a voleo a Mary Shelley, Jack London o Aldous Huxley como «precursores».

Junto a la efervescencia de máquinas andantes-pensantes o los viajes a los rincones más fabulosos (o sórdidos) del Cosmos en naves diversas, o teletransporte, la ciencia-ficción se ha regodeado en la Catástrofe. Distintos autores pararon un instante su producción y han visionado el Fin y sus secuelas, tratándolo de maneras diversas, como si les hubiera cegado un destello del Prisma Universo, donde toda Crisis está tabulada, obligándoles luego a narrarlo. Su acierto, o lejanía, la ha medido el decurso de la Historia, y aunque algunas de esas Crisis puedan parecer inverosímiles (como ¡HAGAN SITIO! ¡HAGAN SITIO!), lo que muestran los telediarios nos insinúa la proximidad de esos horizontes «imposibles» (acaso, EL FUGITIVO, de Stephen King).

La ciencia-ficción, cuan tenebroso augur, ha tratado la Crisis con bastante rigor, quizás más que ninguna otra literatura o especulación computarizada. Un repaso aun a la filmografía de ciencia-ficción delata que es casi su especializad. Por cada STAR WARS hay un par de THE ROAD WARRIOR al menos. Siempre he pensado que se debe a que, pese a todo, el Hombre quiere demostrar que lo divino que anida en él puede dignificarle, por terrible que sea la situación (LA CARRETERA), y quedar bien ante los astros.

La ciencia-ficción es la CASANDRA de la literatura, sí. La potente perspicacia de ciertas firmas para describir esos paisajes caóticos (me niego a usar la palabra «apocalípticos»; apocalipsis significa revelación, no «macrodesastre») incomoda al lector instalado en su butaca preferida de lectura. Oh, sí: le encanta ver/leer cómo el héroe, o antihéroe, se las bandea ante el frío, el hambre o la escasez de combustible, pero ¿vivirlo, él?

Las entretelas de su alma, estremecidas ante la posibilidad, acude deprisa a un bálsamo que le tranquilice; el «último» árnica es la novela histórica (muy seguida por la insustancial —aunque popular— novela juvenil), género cómodo de falsaria relación de hechos ya acaecidos (ergo, la cosa ya no tiene remedio) que le alivia. De soslayo mira al libro catastrofista que le reta a poner medios para evitar la hipotética situación. Quita, quita. ¿Yo? Para eso están los héroes.

Quizás el verdadero éxito de estos géneros subyace en que a la ciencia-ficción se la tomó como heraldo de lo limpio, lo eléctrico, las panaceas universales y la vida muelle y longeva, con plenitud de riquezas. El paso de los años fue demostrando que apenas hemos barnizado la miseria heredada de siglos con capas de oropel, y un sentimiento de traición ha hecho al lector dar la espalda a la ciencia-ficción.

La ciencia-ficción vive sus horas más bajas (pese al brillante colorido que recibe en el tebeo o la pantalla de plata) debido a su decidido empeño de relatarnos, además, un trágico sino irrevocable. Pero repasando la misma literatura de ciencia-ficción anotamos que los relatos «más olvidados» son los que cuentan utopías positivistas. Si se debe citar un título de ciencia-ficción se nombra uno con Crisis antes que una utopía. 1984 puede recordarse mejor que cualquier capítulo de FUNDACIÓN, aunque sean inexcusables de recomendar entre los entendidos de la ciencia-ficción.

Y después tenemos la «antiutopía» o «distopía». Quizás dos de las más descarnadas a citar sean MODERAN (de David R. Bunch) y UN FANTASMA RECORRE TEXAS, de Frizt Leiber.

Ésta aparece en la volcánica época del movimiento hippie y el Flower Power, el «Haz el amor y no la guerra», el creciente rechazo a la guerra de Vietnam y un pacifismo rampante en algunos casos subvencionado por la URSS como estrategia para minar los principios Occidentales basados en la Producción, el Capital y la Familia. Pero en tanto se denunciaba el imperialismo yanqui, se callaba la ostentación nuclear del Pacto del Varsovia, o los desfiles de artefactos en la Plaza Roja. Oh, qué selectiva hipocresía.

Leiber escribe la sardónica distopía (pues la Sociedad tejana esbozada, creyéndose utópica, estaba carcomida por sediciones y desigualdades lacerantes) denunciando la doblez cobarde de los líderes revolucionarios de izquierdas, que, alimentando a los oprimidos con espectaculares consignas, les sacrificaban sin pudor mientras ellos, los jefes, huían «para luchar otro día». No es de extrañar, pues, que UN FANTASMA RECORRE TEXAS (postnuclear) sea una novela oscura, tal el satírico e hiriente planteamiento.

En MODERAN, Bunch se mofa del robot asimoviano, entendido como pulcra herramienta inocua que «abochorna» por su rectitud al feo ser humano, lleno de complejos, fobias e inseguridades. ¿Cómo se burla Bunch? Empotrando al Hombre en la Pura Máquina Perfecta (hecha para la Eternidad, ¡SÍ!) y contaminándola con todas sus vilezas (pues es tal su naturaleza destructiva), y lo centra en una perpetua guerra totalmente inútil que aun desgasta a estos hombres para durar siempre.

Bunch expresa que somos incorregibles; que pudiendo construir Thelemes, preferimos el más sórdido matadero, en obediencia a nuestra auténtica y apasionada condición. No diseña MODERAN como un paraíso que se corrompe (como pudiera pasar en EL SOL DESNUDO); directamente describe la carnicería y cómo se buscan pretextos para mantener en ON el conmutador de la bestia asesina, en vano intento de saciarla de una puñetera vez.

Y quizás «el golpe de gracia» a la ciencia-ficción se lo ha dado el cyberpunk; el lector, que esperaba el fantabuloso futuro, lee espantado el fracaso de toda utopía, por meticulosa que fuese, e incapaz de admitir que el fallo está en el individuo, no tanto en la masa, de la que forma parte, o la Sociedad, o el Sistema, renegó de la ciencia-ficción, espejo de sus defectos, y buscó solaz en el incendio (novelado) de Roma. Sucedido ya, tan sólo quedaba ponderar sobre esos cimientos calcinados con adusta pose romántica.

Mirar al futuro, al esfuerzo que supone contradecir esta tradición de posibles desdichas, lo estremece y amedrenta. No, no necesita una literatura que ahonde la herida.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos
(1.076 palabras)
Antonio Santos es escritor, dibujante y mantiene el blog Una historia de la frontera