No, no mires lo que leo o el forrado digital
por Ramón Batalla

A lo largo de la historia la lectura ha ido transmutando desde el balbuceo de un proceso en comunidad, vivo y totalmente expuesto, pasando por un proceso susurrante y finalmente a un proceso introspectivo y perteneciente al mundo interior de cada individuo. Convirtiendo la lectura en un elemento perturbador de nuestra mente que invadía ese diálogo continuo con nosotros mismos, nuestra conciencia sólo deja de dialogar con nosotros en esos momentos de lectura personal.

Al principio sólo existía la lectura oral ante la comunidad o la tribu; el libro y la lectura eran solamente una herramienta; de apoyo inicial a los narradores, juglares, cuentistas y sacerdotes litúrgicos y sobretodo prestamistas y comerciantes como no.

Aún hoy podemos observar este proceso en las lecturas hechas en las misas religiosas por ejemplo donde aún persiste esta tradición de lectura oral; vestigio de tiempos antiguos.

La lectura trazo un camino inevitable, de la tradición de contar historias al lado del fuego se pueden apreciar en los primeros intentos de construir un lenguaje escrito que solamente pretendía dar un soporte más seguro que la memoria de los oradores; una escritura totalmente fónica y aglutinante. De ahí que los lenguajes escritos iniciales no tenían en absoluto ningún tipo de puntación en los textos; de hecho, los primeros lenguajes escritos servían más que nada para dar soporte a deudas, pagos a prestamistas y a catalogar bienes, sujeto al nacimiento del comercio, que a otra cosa). Estos textos evolucionaron, a medida que la primera transmutación de la lectura podía contener otros elementos no previstos inicialmente; sabiduría y procesos de aprendizaje no solamente procesos narrativos o de gestión económica. La capacidad de transmitir experiencia y sabiduría fue sin duda el verdadero salto adelante de la humanidad.

La incorporación de los signos de puntuación y la construcción de sintaxis permitió que la lectura empezara ha recular de los atriles para trasmutar a un concepto de lectura más personal y menos compartida. Inicialmente el proceso era susurrante seguía siendo necesario mover los labios e incluso leer con un hilo de voz mínimo. Hoy en día, aún podemos apreciar en aquellos que susurran ante una lectura, un cierto analfabetismo lector; gente mayor que no disfrutaron de una educación que hoy nos parece de lo más normal, un proceso que ha adquirido toda su dimensión trasladando la lectura hasta el lugar más profundo de cada uno.

Hoy, desde los principios de nuestra educación, las nuevas generaciones realizan un proceso de transformación de lectura oral a lectura silenciosa rápido y fluido; en poco tiempo aprendemos a leer en voz alta pero rápidamente va colapsando hacía el mundo interior de cada uno dejando el proceso de la lectura oral como algo casi anecdótico y del ámbito del aprendizaje más primario. A cualquier lector que le pidas que realice una lectura oral te descubrirá la poco costumbre que tenemos de hacerlo.

Así que nos encontramos en el contexto de lo personal; de que hacemos en esa privacidad que hasta la llegada de la era digital tenía un único resquicio, el soporte físico: el Libro.

El observador podía descubrir mucho de una persona viendo lo que leía entre estación y estación de metro, en un viaje en tren, en una biblioteca o en cualquier espacio público.

Algunos, los menos, ante la insoportable perdida de privacidad, optaban por protegerla mediante el forrado del libro con papel aséptico, si era posible, con un papel marrón o de diario para que la lectura fuera tan intima como era deseable, ajena a miradas perturbadoras, preservando nuestro mundo interior de lectura de miradas insolentes. Así minimizamos esa invasión de la intimidad con un mensaje diáfano: «¡No molestes...! Ni la solapa de libro te permitirá saber mis inquietudes».

La llegada del libro digital ha generalizado y simplificado el objetivo de conseguir la privacidad lectora; el forrado del libro es implícito al libro digital. El libro digital forra todos los libros mediante un soporte que aísla y separa definitivamente el proceso lector del soporte físico no hay pues correlación entre ambos y nos da la privacidad que deseamos.

A cuento de este proceso rodillo que va imponiendo ese criterio, el lector empieza a permitirse más el lujo de leer en público aquello que en tiempos pasadas le hubiera dado vergüenza. Y empezamos a ver que los libros de erotismo que hasta hace poco languidecían en las librerías empiezan a venderse en forma digital hasta conseguir que se conviertan en libros socializados y salten al papel por el simple hecho de que han roto el dique para convertirse en aquellos éxitos que de cuando en cuando todo el mundo lector o no conoce.

Aunque curiosamente la realidad es totalmente opuesta; ese proceso que nos parece privado ante las miradas cercanas es todo lo contrario; es lo menos privado que existe ya que el conocimiento de nuestras compras y nuestros gustos pasan a formar parte del corpus de conocimiento de las editoriales que registran y conocen nuestros gustos mucho más de lo que pudiera indicarnos una solapa de un libro.

Hemos pasado de la mirada indiscreta pero efímera en el momento público a la mirada discreta y eterna de nuestros libreros digitales.

Conclusión: Nos importa más lo que piensan esos ojos del vecino desconocido, que el mundo entero.

Segunda conclusión y la que de verdad vale: Escritores afilad la pluma porque lo que la gente quiere en estos días son esas novelas que han quedado pendiente en nuestro imaginario, reprimidas, necesitadas de un buen forrado digital haciendo menos vergonzosa su lectura hasta socializarse.

© Ramón Batalla
(918 palabras)
Publicado originalmente en En clave pública el 22 de agosto de 2012
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