Un juego de ciencia-ficción y fantasía
por Jesús Poza Peña

Me llama la atención la cabecera de Juegos de tronos, la adaptación televisiva de la archiconocida saga de George RR Martin. En ella, el mundo se despliega ante nuestros ojos como si de una maqueta se tratase, un juego de mesa. Es un símbolo, casi shakesperiano, del escenario. Un tablero donde va a disputarse el juego que da título a la serie.

Pero dejando volar la imaginación quizá se aprecie algo más. Uno de los grandes misterios de la saga es el extraño clima del mundo. Un mundo en el que las estaciones son más largas que los años. Hay listas interminables de foros, artículos y discusiones que especulan con la razón de esta anomalía. Pero las explicaciones racionales se llevan muy mal con aquellos mundos literarios en los que es posible la magia.

No obstante Martín comenzó como autor de ciencia-ficción. Es muy celebrada su MUERTE DE LA LUZ, donde ya jugaba a mezclar temas fantásticos con otros más ortodoxos dentro del género. De hecho, en aquella novela se explicaba cómo el origen del folklore y criaturas de leyenda procedía de medios científicos. Dragones y monstruos eran robots genéticos, y el conocimiento se perdía por la falta de contacto entre mundos. Lo mismo podría ocurrir en JUEGO DE TRONOS.

En la presentación de este mundo de cartón el sol es una extraña luz que atraviesa el cielo, contenida dentro de anillos de metal muy trabajados. Una impostura del astro rey. Se puede imaginar un mundo helado, en el que la vida, en términos humanos, sería imposible sin la intervención de la tecnología. Y he aquí que sus colonizadores deben instalar en órbita lentes, espejos u otros artilugios que amplifiquen o imiten la potencia del sol. Pero es tal su nivel tecnológico, que estos ingenios funcionan sin perturbar el ritmo de la vida habitual en la Tierra. Es decir, esta máquina estaría hecha para pasar desapercibida, aunque sus efectos se dejasen notar. Incluso podría ser un sol artificial.

Pero un día tiene lugar un evento similar al de MUERTE DE LA LUZ y se corta la comunicación con los demás planetas colonizados. Los repuestos dejan de llegar, el servicio al cliente se interrumpe y la máquina deja de recibir mantenimiento. Sin embargo, dado su alto nivel técnico, puede funcionar durante decenas de miles de años. Pero tarde o temprano falla, trastocando el ritmo de las estaciones. Ahora el frío reclama sus viejos dominios, y los hombres, sin el soporte tecnológico de antaño, deben adaptarse a la nueva situación.

¿Y los Caminantes Blancos, los gigantes...? Vida extraterrestre expulsada de su hábitat por el ser humano, o abominaciones de laboratorio descontroladas, y de las que se ha perdido la memoria. ¿Y la magia? Nada que no pueda explicarse con nanotecnología o modificación genética; el vínculo entre dragones y sus amos humanos podría ser artificial, por ejemplo. Y es que como decía el jefe: cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Lo que es más, todo el mundo de JUEGO DE TRONOS podría ser una simulación, o una reconstrucción de la humanidad sostenida por máquinas, similar a la que describe Poul Anderson en GÉNESIS. Tal y como ocurría en aquella novela, la narración podría no ser más que un mito, una forma de explicar algo incomprensible.

El caso no es muy distinto del de JRR Tolkien (al que todo el mundo se empeña en imitar el nombre). Aquel axioma, trasladado a la cosmogonía tolkeniana, cobra carta de naturaleza en el episodio donde la Compañía de Anillo se afana por abrir las puertas de Moria, y Gimli afirma que: «ni siquiera los amos de estas puertas pueden encontrarlas o abrirlas, si el secreto se pierde». Finalmente las puertas se abren ante el conjuro del mago Gandalf, ni más ni menos que un mecanismo controlado por voz que se activa al decir la contraseña. Lo mismo con el pasaje de despedida en Lothlorien, donde Sam pregunta si las capas con las que ha sido obsequiada la Compañía son mágicas, y los elfos le replican que no entienden qué quiere decir con eso de mágicas, que la tela es buena y ha sido tejidas por las doncellas élficas.

De hecho, el personaje principal en la cosmogonía tolkeniana, el feroz Fëanor, no es otra cosa que un técnico, dotado de cualidades extraordinarias, que le llevan a la construcción de los Silmarils. Sin embargo una vez muerto el inventor, su secreto muere con él, siendo imposible repetir los procesos que condujeron a la fabricación de dichos artefactos.

Estamos acostumbrados a una sociedad donde la transmisión del conocimiento está institucionalizada. Podría afirmarse que Occidente es, en esencia, una organización del conocimiento. Pero esta organización data apenas de la Edad Media, con la aparición de las primeras universidades y la manía del hombre occidental por cuantificarlo todo. Antes el conocimiento estaba exclusivamente en manos de individuos o grupos específicos. Ningún extraterrestre vino a construir las pirámides de Giza, eso sí es magia, lo que ocurre es que el secreto de su construcción desapareció por el inexorable paso del tiempo y la falta de una transmisión organizada del conocimiento. Sin ir más lejos ese es el caso del azul cobalto de las vidrieras góticas o del acero de damasco, ambos felizmente reconstruidos no hace tanto.

La fantasía es carcasa literaria, estrangulada por sus propios principios. Ni tiene la altura intelectual de la ciencia-ficción dura, ni las potencialidades de crítica y sátira de la blanda. Sin embargo, bajo estos términos de entropía y folklore en formación, podría presentar un aspecto más digno, alcanzar mayores niveles de profundidad social y maduración. Desprenderse del maniqueísmo entre bien y mal, luces y sombras, que el propio Martin no termina de dejar atrás. No en vano el único trasfondo realmente épico, de cuantos se presentan en la literatura de Tolkien, es precisamente el de la historia de Fëanor, el técnico capaz de mejorar la obra de Dios y la guerra que desencadena el robo de sus artilugios por la ambición desmedida tanto del artífice Fëanor como del demonio Melkor, celosos ambos del poder creador de Dios. Al fin y al cabo, ¿qué hombre no se ha sentido completamente enano al comparar la obra de su vida con la magnitud del universo y la naturaleza?

© Jesús Poza Peña
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