Las aventuras de un burlangas
por Francisco José Súñer Iglesias

Existe cierto tipo de individuo que parece de vuelta de todo y que vive como si todo le diera igual: desenvuelto, chuleta, elegante con un punto de descuido que no llega al desaliño, siempre pegado al copazo y al cigarrito, cordial pero indefinidamente amenazador, contundente en sus apreciaciones, todologista con una sabiduría vital que provoca tanta envidia como desconfianza, al cabo, nadie sabe tanto de todo.

Con el tiempo la desconfianza se convierte en prevención, los negocios del individuo nunca son del todo claros, se mueve en la línea gris de la falta de ética sin caer exactamente en lo delictivo. Ha tenido una vida agitada, quizá haya sido militar, quizá policía, transita ágilmente por los ambientes subterráneos, lo que le permite nadar entre dos aguas sacando dinero de aquí y allá, dinero que gasta con generosidad y del que no se le nota la falta, aunque si la premura, a veces indisimulada, por conseguir más.

Pues bien, reclútese a un individuo de esta calaña, embárquesele en una nave espacial destartalada rumbo al planeta vacacional más concurrido de toda la galaxia, encomiéndesele un trabajo a su medida, salpimiéntese con una buena cantidad de secundarios que vayan de lo hilarante a lo patético, y tendremos entre manos LAS AVENTURAS DE FLORIÁN MAYO.

El bueno de Florián es una especie de detective privado, chico de los recados para ricos y conseguidor de cosas innombrables, que se ve envuelto en un asunto entre lo turbio y lo idiota. Se le encarga recoger en el planeta Nosa, gracias a su suave clima destino vacacional donde los haya, a Herminia Claudia de Castro Urdiales y Carvalho da Foz (aunque existen ciertas dudas respecto a su segundo apellido), muchacha de personalidad telúrica y, aunque la día de la fecha podrida de dinero, futura heredera de un fortunón del que ha de tomar posesión antes de cierto plazo establecido. El trabajo parece fácil, pero Claudia es una niña rica repelente y grosera, hay a quien no le conviene que herede y hará lo imposible por evitarlo, los colaboradores que se busca Florián, empezando por su socio Pedrín, browner a tiempo completo (esto es, enmarronador profesional), no son todo lo fiables y competentes que este tipo de trabajos recomienda y, en fin, el propio Florían, vista la aparente simplicidad del trabajo, se relaja más de la cuenta cometiendo torpeza tras torpeza.

Esto supone una sucesión de idas, venidas, peripecias desaforadas y encuentros lamentables de los que la troupe desquiciada que protagoniza la novela irá saliendo como buenamente pueda, eso si, a mayor gloria de la comedia disparatada enmarcada en un escenario fabuloso. ¿Cual es la potencia hegemónica del Oikumene, los dominios humanos en el Universo? ¿Los yankees? ¿Los rusos? ¿Los chinos? ¡No! La alianza entre la Hispanidad y la Gran Lusitania.

Mientras en la Tierra yankees, rusos, chinos y japoneses se miraban de reojo por un cómprame allá un gato de la suerte, los franceses repulían la grandeur, a mayor gloria de la memoria del Juana de Arco, alemanes y británicos se empeñaban, con la miopía característica de las potencias piratescas, en convertirse en dueños de la península Ibérica e ínsulas mediterráneas y atlánticas, los arrojados navegantes portugueses, a bordo de frágiles naves espaciales construidas por la pujante industria brasileira, surcaban la galaxia entre sistemas solares aún por desbravar. Hispanos de variado pelaje y arrojada condición no tardaron en seguirles abriendo nuevos caminos, continuando la muy arraigada tradición migratoria de ambos lados del charco, y si alguien ponía alguna pega, ahí estaba la Legión, para poner orden y repartir unas cuantas cachetadas a mayor gloria de los descendientes de Viriato.

Ahora, a disfrutar durante los próximos meses de las delicias de Nosa, de los esfuerzos peripatéticos del bueno de Florián, de los desprecios calculados de Claudia, de la soberbia de la Turuta, los aviesos manejos de Pedrín y los enloquecidos inventos del profesor Sánchez Perejil.

He aquí el primer capítulo.

© Francisco José Súñer Iglesias
(652 palabras)