Un poco más de ciencia
por David Quintero

Hoy quiero hablar de algo que nos puede dar una alegría, de algo de lo que sentirnos orgullosos, que no es decir poco, sobre todo en los tiempos que corren. Ese algo es la Ciencia, aunque por supuesto no es lo único que merece la pena destacar. Junto a ella podríamos citar la solidaridad de unos con otros; la lucha contra las desigualdades sociales de tanta gente, anónima o no... no es necesario extenderme más. Creo que todos sabemos lo que es bueno y lo que es noble, y quiénes son los que ponen en práctica estas virtudes. Pero como el Sitio es una web de ciencia-ficción, hoy quiero hablar un poco más de la Ciencia, al fin y al cabo nutriente de la posterior ficción.

Como toda actividad humana, la Ciencia no está exenta de fraude, de científicos caraduras y de puñaladas traperas, pero creo que hay en ella algo que la eleva —y mucho— sobre estas inevitables manchas. La honradez de los científicos, de la gran mayoría de ellos, es inmensa; su capacidad de trabajo, incuestionable; su servicio a la sociedad, evidente, como digo, en la gran mayoría de casos. Y por otro lado, la Ciencia ha cambiado el mundo, ofreciendo conocimiento, progreso y soluciones a multitud de problemas. Las causas de que no toda la gente se haya podido beneficiar de estos avances, o los daños que de la actividad científica han podido surgir, hay que buscarlos en la incapacidad de los seres humanos antes que en defectos inherentes a la propia Ciencia.

Cuando recientemente se anunció el descubrimiento del bosón de Higgs, yo, como muchos otros, sentí una profunda emoción; en parte porque durante una época de mi vida estuve vinculado profesionalmente con la Física Teórica (sigo estándolo como aficionado), pero sobre todo porque pensé: «nosotros, los seres humanos, con todos nuestros problemas, todas nuestras limitaciones, aquí estamos, desentrañando los secretos de la materia, descubriendo partículas infinitesimales que viven millonésimas de segundos».

Y si la Ciencia es un motivo de satisfacción para nuestra especie, lo justo es que la conozcamos, y para ello nada mejor que la literatura de divulgación científica. Precisamente creo que podemos decir que actualmente tenemos una oferta de divulgación científica con unas cotas de calidad altísimas. A los escritores clásicos y absolutamente consagrados como Carl Sagan, Martin Gardner o Stephen Jay Gould, hay que añadir toda una constelación actual de autores que están detrás de algunos de los libros más interesantes y emocionantes que he leído últimamente (literatura de ficción incluida). Quisiera recomendar brevemente algunos autores, aunque como el tema da para varios artículos, no descarto en el futuro escribir más en detalle sobre algunos de ellos.

Recomiendo cualquier libro de Freeman Dyson, el físico de Princeton. Es un gran científico y divulgador y un personaje original y heterodoxo. Aunque se mantiene un tanto escéptico con respecto al cambio climático (sin llegar a los extremos de los recalcitrantes), y no puedo estar de acuerdo con él en esto, merece la pena acercarse a su obra —que no solo aborda temas científicos— escrita con pasión, sencillez y una manifiesta humanidad.

Dentro de los físicos, dos grandísimos divulgadores son Paul Davies y John D. Barrow. Barrow es cosmólogo y todo un erudito, con capacidad de hilvanar conceptos sin aparente relación con el fin de iluminar en la explicación de una idea; leerlo es un placer. Davies no queda atrás en lo que a erudición se refiere y la claridad de sus explicaciones es maravillosa; recomiendo efusivamente su libro UN SILENCIO INQUIETANTE (sobre el SETI y la búsqueda de vida extraterrestre) a todo el mundo, pero especialmente a los escritores de ciencia-ficción: encontrarán muchas ideas originales que darían para toda una novela entre sus páginas.

Un área idónea para la divulgación científica son las Matemáticas. La reina de todas las ciencias, como dijo Gauss, creo que sigue hoy a la vanguardia. Los paisajes que los matemáticos exploran créanme si les digo que superan todo aquello que pueda imaginarse. Conjeturas como las de Poincaré o hipótesis como las de Riemann pertenecen a un reino que parece de otra galaxia, pero que puede llegar a tener reflejos palpables en nuestro mundo cotidiano (criptografía, computación). Recomiendo efusivamente a dos autores: Marcus du Sautoy y Clifford Pickover. Du Sautoy tiene dos libros editados en castellano, LA MÚSICA DE LOS NÚMEROS PRIMOS y SIMETRÍA, y háganme caso si les digo que son de lo mejor que he leído en mucho, mucho tiempo. Me tenían atrapado como si fueran historias de misterio o de intriga. Du Sautoy es capaz de acercarnos conceptos de gran dificultad, y además escribe como los ángeles. No creo exagerar si les digo que es el nuevo Carl Sagan, en el campo de las matemáticas. Pickover, por su parte, es un genio prolífico, con una producción de casi a libro por año; su estilo es anárquico, lo que lo convierte en muy refrescante y le viene muy bien porque toca multitud de temas, no solo matemáticas (ha escrito novelas de ciencia-ficción también). Sus libros suelen estar plagados de curiosidades y retos para el lector. Tiene parte de su obra editada en castellano. Estos dos autores, muy jóvenes en general, son nombres para anotar y seguir (sobre todo Du Sautoy, quien me ha llegado a enamorar) y pueden tener muchas maravillas que ofrecer en el futuro.

No quiero acabar sin decir que —como es lógico— no he leído a todos los autores que hay hoy por hoy (faltándome gente tan importante como por ejemplo Ian Stewart), que de algunos he leído tan solo trozos sueltos (el caso de Gould, que deseo remediar), y que de otros de los que hablo apenas he leído dos o incluso una sola de sus obras. Además, por mi formación e intereses principales, me he dedicado mucho más a la rama físico-matemática que a la biológica-química.

En fin, he tratado de dar una muestra breve de la literatura de divulgación científica, representante de eso tan nuestro y tan maravilloso como es la Ciencia. Si alguna vez entregamos nuestro currículum vitae de especie, creo que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nuestros logros científicos, junto a los artísticos y a nuestra capacidad de ayudarnos mutuamente, serían aquello que hablaría en nuestro favor.

© David Quintero
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