Chile: ¿País Jedi?
por Diego Escobedo

A nivel planetario, la ciencia-ficción tiene a dos franquicias como protagonistas de una eterna disputa: Star Wars y Star Trek. Si bien la primera supera indudablemente a su contendora con el marketing y penetración en la cultura popular masiva, la segunda no se queda atrás en cuanto a la complejidad de sus personajes y argumentos, sumándole el plus de que fue la primera saga en irrumpir en pantalla y la más innovadora en su tiempo.

Ambas son productos distintos, dirigidas a públicos de distintos gustos e intereses, pero enmarcadas en el genéro ciencia-ficción, claro. Lo que me ocupa en el presente ensayo es que Star Wars parece tener la batalla poco menos que ganada en nuestro pequeño país.

En el último tiempo se han desarrollado varias convenciones y eventos que han permitido el florecimiento de nuestra cultura ñoñística desde principios del milenio, siendo los stands, grupos y decoraciones más abundantes en la mayoría de estos eventos los relacionados con Star Wars.

Grupos como Fan Solo, Star Wars Chile y Alianza Rebelde, entre otros, sobresalen por su número y capacidad de organización y creación; destacando sus costosas maquetas y elaborados dioramas que constituyen uno de los mayores atractivos de todo evento al que han sido invitados. Contrastando con los poco numerosos fans de Star Trek, y algunos de Star Gate, la space-opera por excelencia en las convenciones chilenas es, sin duda, la saga de George Lucas.

Y el logro más trascendental de estos fanáticos de la fuerza, hasta ahora, ha sido, sin lugar a dudas, el mediometraje STAR WARS: RENACIMIENTO, un film made in Chile enmarcado dentro del universo Star Wars, de la mano del director nacional Inti Carrizo Ortiz. Tal fue el éxito que tuvo en festivales internacionales que el mismo George Lucas le dio su sello de aprobación. Oficialmente, estamos ante un producto del universo Jedi.

Como remataría nuestro querido Juan Andrés Salfate: «Chile es un país Jedi, por la razón, ¡o la fuerza!».

Si lo dice nuestro escudo nacional, debe ser verdad.

Pero indaguemos un poco en las posibles razones.

Star Trek fue la primera franquicia. A principios de los años setenta fue emitida en televisión abierta, en una época en que pocas personas tenían acceso a la televisión, precisamente el terreno donde la saga de Gene Roddenberry lleva hasta el día de hoy la ventaja absoluta a su contendora.

Los más nostálgicos la recordarán como una serie clásica, pero sin muchas imágenes que hayan penetrado en el imaginario popular más allá de las orejas del señor Spock y la banda sonora de la secuencia de apertura.

Luego, a fines de la misma década, fue que irrumpió en escena Star Wars.

Los cines en la capital eran pocos en ese entonces, pero había toda una cultura por asistir a ellos, a pesar de las largas filas que había que pasar por conseguir un boleto.

Y el éxito fue rotundo. La mayoría de los coleccionistas y creadores de maquetas eran niños en ese entonces, y su pasión por la saga de George Lucas les duraría hasta nuestros tiempos, cuando la situación económica es mejor y pueden ver plasmados sus sueños más allá de las conversaciones que uno puede hacer para comentar las películas.

En un país pobre, pequeño y atrasado, la cinta de LucasFilm deslumbró a todos los espectadores con sus impresionantes efectos especiales, banda sonora, naves espaciales, robots, caballeros jedis...

Star Wars pasó a tener una penetración total en el inconsciente colectivo y la cultura popular, mientras que Star Trek quedó estigmatizada como el «pariente ñoño» de la ciencia-ficción.

La historia es simple, la del arquetipo del camino del héroe, con reminiscencias de un cuento de hadas, pero ambientada en el espacio sideral. El mismo Lucas ha dicho en más de una oportunidad que no se trata de una historia de ciencia-ficción, sino más bien de una de «aventura épica fantástica» con varias inspiraciones en historias anteriores, como la de Buck Rogers (y más recientemente, en John Carpenter). Pero en un país sin cultura ciencia-ficción, eso poco o nadie lo sabe o siquiera le importa.

El gran mérito de Star Wars es cómo supo explotar ese sentido de lo épico, más un apabullante marketing y merchadising que ha terminado convirtiendo, a cada cosa que sale en pantalla durante cualquiera de sus producciones, en una figura de colección o en otro juguete más que los niños pueden adquirir fácilmente a través de Habro. Tal cual haría el régimen nazi, en cuya figura está inspirado en buena parte el imperio galáctico, Lucas mete en la vida cotidiana y consciencia de las juventudes las imágenes y emblemas de su imperio del marketing.

Y desde entonces que no para.

Como decía Neil Postman, la imagen es peligrosa, pues son seductoras y el pueblo tiende a idolatrarlas en un ejercicio de devoción que no requiere mayor esfuerzo ni análisis. Haciendo una analogía con Moisés y el segundo mandamiento, ese que reza «No adorarás imágenes», Postman afirma que Moisés sabía que cuando un pueblo comienza a realizar imágenes de cualquier clase se «enamoran de ellas y las adoran». Así, este principio no lo aplicaron sólo a esculturas paganas, sino que también prohibía todas las imágenes visuales, de cualquier cosa de los cielos y de la tierra. De esta forma, se desvió la energía creativa de los hebreos a la devoción de la palabra escrita, forjando su cultura de carácter tan analítico y racional (Y no olvidemos que nuestro querido Leonard Nimoy, es precisamente judío).

Sumada a la inolvidable banda sonora de John Williams, el producto audiovisual se constituye en un irresistible becerro de oro.

Eso caracteriza a buena parte del producto de Star Wars. La idea es dejarse seducir por la entrañable imagen de C-3PO, la simpática forma de R2-D2, la intimidante figura de Darth Vader y su tenebroso emperador. Y la historia, no hace falta que sea tan compleja.

Eso encajó muy bien en un país en que la alfabetización sólo se había consolidado recién en los años sesenta, para luego irrumpir en los años ochenta, y con bastante fuerza, la televisión, definiendo a la cultura audiovisual como nuestro principal medio de masas. Vale decir, apenas tuvimos dos décadas para cultivar a nivel masivo la palabra escrita, a la que también hay que descontar la década de represión y censura impuesta por el gobierno militar. El culto a la imagen viene desde entonces.

Mientras que Star Trek trata en cada uno de sus episodios y películas problemáticas que la gente no gustaba tratar en ese entonces, como la amenaza de la guerra, el racismo y los peligros de la ciencia, entre otros. Los personajes, sin ser su estética su mayor atractivo, son más complejos, y los argumentos requieren precisamente de un análisis mayor. Pero con el escenario anterior, de represión y desincentivo a la crítica y el pensamiento en los medios masivos, era mucho más factible el auge de Star Wars.

Star Trek es una saga un poco más inteligente, mientras que Star Wars es una saga hecha para las masas.

Esa es quizás una de las razones por la que tuvo tanto éxito en nuestro país, pero yo le sumaría otro aspecto de la historia: el de la rebelión contra el imperio galáctico.

En una época en que Chile vivía los años más duros de la dictadura, con el toque de queda y los militares paseándose armados por las calles, ir al cine a ver un film titulado UNA NUEVA ESPERANZA era bastante atractivo; y ver en las primeras secuencias de acción tomarse una nave por tropas de asalto, encabezadas por un personaje oscuro y despiadado, son acciones no muy distintitas a las de nuestros militares y el dictador. Además que las escenas de tortura que Leia y Han debieron soportar, no diferían mucho de lo que se vivía a diario en Chile y en Sudamérica en general.

Funcionó como la mejor de las novelas rosas, a lo Janice Radway: una forma bastante divertida de evadir la realidad, con una historia con la que nos podíamos identificar, y un desenlace liberador y esperanzador. La trilogía en sí pudo constituirse en una especie de catarsis, sin que nos diéramos cuenta, y posiblemente contribuyó a germinar en las masas el sentimiento de rebelión y protesta que comenzaron con fuerza a partir de 1983, justo el año en que se estrenó EL RETORNO DEL JEDi.

No peleamos con naves ni armas láser, ni fue una victoria tan épica, pero si un triunfo al fin y al cabo, con la fuerza de nuestras masas. Ya lo dice la canción: «Ya viene la fuerza, la voz de los 80».

Nuestro escudo nacional definitivamente se merece su lema.


Bibliografía

David Crowley y Paul Heyer, La comunicación en la historia. Tecnología, Cultura, Sociedad. Barcelona, Bosch, 1997, P. 366.

Janice Radway, Reading the romance. North Carolina: The University of North Carolina Press, 1984.

© Diego Escobedo
(1.749 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Mundo Diego el 22 de julio de 2012