¿Me comprende?
por Gustavo Piñeiro

En el hipotético caso de que alguna vez entráramos en contacto con alguna civilización alienígena ¿sería realmente posible comunicarse con ellos?

La ciencia-ficción da variadas respuestas a esta pregunta. Por una parte, tenemos la versión optimista, según la cual entablar comunicación con una civilización alienígena no nos resultaría más difícil que, pongamos por caso, lo que les resultó a los chinos comunicarse con Marco Polo. Habrá diferencias culturales, un idioma diferente, pero en un plazo relativamente corto la comunicación sería posible. Aprender vegano, o klingon, o romuliano, pongamos por caso, no sería esencialmente más difícil que lo que para un hispano parlante sería aprender tártaro o japonés.

Esta es la situación en la mayoría de las historias donde intervienen extraterrestres, por lo que no vale la pena que me detenga aquí a mencionar demasiados ejemplos de ellas. Sólo diré que la referencia dada más arriba al idioma vegano viene de TÚ, EL INMORTAL y que las referencias al klingon o al romuliano vienen, desde luego, de Star Trek (ya sean las series o las películas). A veces, en estas historias, el largo y mutuo aprendizaje del idioma se evita mediante el recurso de suponer que los otros aprendieron los lenguajes terrestres escuchando nuestras transmisiones de radio o de televisión. Star Trek salva la situación usando un traductor universal —nunca mejor usado ese adjetivo—.

Hay también relatos, más pesimistas (o quizás más realistas), que plantean que la comunicación con una civilización alienígena, inclusive a un nivel básico, sería, no digamos imposible, pero sí extremadamente difícil, y que se necesitarían años de arduos estudios sólo para llegar a un intercambio elemental. La falta de una base común (biológica, cultural, etc.) sería una barrera casi infranqueable.

Tengo en la memoria un relato de ese estilo. Es un cuento que leí hace algún tiempo, aunque en este momento no recuerdo título ni autor. La historia transcurre en el futuro remoto, en una base espacial en la que, cada cierto tiempo, se reúnen un voluntario humano y un representante de una especie alienígena X. La humanidad nunca ha podido comunicarse con esa especie (¿cómo, entonces, han llegado a acordar esos encuentros en la base espacial? Si es que en algún momento el relato lo explica, no recuerdo cuál sería esa explicación). El encuentro dura varias horas y el humano invariablemente termina loco y hablando incoherencias (por eso es que siempre se pide un voluntario para asistir al mismo).

La historia es narrada desde el punto de vista de un voluntario humano que está a punto de encontrarse con el alienígena. El encuentro se produce y el relato describe cómo el alienígena, mediante la telepatía, va modificando la mente del humano para que sea posible la comunicación entre ellos. Finalmente, el humano comprende al alienígena y «habla» con él. Pero lamentablemente, ha perdido la capacidad de comunicarse con los otros humanos, para quienes es ahora un loco que solamente habla incoherencias.

Me refería más arriba de la necesidad de una base común para que la comunicación sea posible. En la película STAR TREK II: LA IRA DE KHAN, el Sr. Spock muere. Pero revive en STAR TREK III. En la película siguiente, el Dr. McCoy le pregunta a Spock qué se siente estar muerto. Spock le contesta que no le puede hablar sobre eso porque les falta una base de experiencia común. McCoy le responde: «¿Me está diciendo que para hablar con usted sobre la muerte primero debo morirme?». A lo que Spock responde: «Exacto».

Muchas veces esa base común se busca en la matemática. La idea es clásica, por supuesto. Se supone que cualquier civilización tecnológica necesita de la matemática, y que ésta es esencialmente universal. Por ejemplo, en la novela LA PAJA EN EL OJO DE DIOS, en la que los humanos encuentran por primera vez una civilización alienígena (hacia el año 3000), la primera comunicación consiste en enviarse por radio los números pi y e.

Sin embargo, esta «base común» también puede fallar (al menos en la imaginación de los escritores de ciencia-ficción). En efecto, en EL HOMBRE EN EL LABERINTO, el protagonista es enviado en solitario para establecer el primer contacto con los hydranos, una civilización alienígena tecnológica. Pero Dick Muller (tal el nombre del protagonista) no logra comunicarse con ellos. Les dibuja la representación del Teorema de Pitágoras, les dibuja figuras geométricas, etc. pero los hidranos permanecen totalmente indiferentes (ya sea por desconocimiento o falta de interés).

Stanislav Lem, en EDÉN, marca una postura intermedia. Una nave humana cae por accidente en el planeta Edén, habitado por una civilización alienígena. Los humanos observan la conducta de los nativos, pero no le encuentran ni pies ni cabeza. Todas sus interpretaciones que hacen de lo que ven son burdamente antropocéntricas y seguramente erróneas. Finalmente logran hablar con un individuo, pero, aunque pueden traducir sus palabras y sus frases, nunca logran entenderlo exactamente ni interpretar lo que ven a su alrededor.

Imaginemos una especie inteligente alienígena que haya evolucionado de unos animales similares a murciélagos terrestres. Estos murcieloides son casi ciegos (o ciegos, directamente) y perciben su entorno gracias un sonar natural: emiten sonidos de alta frecuencia e interpretan los ecos que reciben. Imaginemos también que la comunicación entre ellos usa esos mismos sonidos. Si A le quiere decir a B que ha visto «un manzano» (o el árbol que fuere), A emite en dirección a B el sonido equivalente al eco que recibiría de un manzano. B lo recibe y en su mente se representa la forma de un manzano.

El mismo sistema podría transmitir informaciones más complejas. Por ejemplo, si A quiere decir «me estrellé contra un manzano», emitiría el mismo eco que recibiría un murcieloide al volar directamente hacia un manzano (como una pequeña película en primera persona en la que se ve un tronco acercándose la gran velocidad, aunque todo esto emitido en un único y directo sonido de alta frecuencia). Una modulación especial indicaría que está hablando de un suceso pasado (otras modulaciones podrían indicar que es algo que puede suceder, o que difícilmente suceda, o que teme que suceda o que teme que le suceda a B, etc.).

Imaginemos esos murcieloides y preguntémonos: ¿seríamos capaces de comunicarnos con una especie así?

¿Me entienden? ¿No? Me explicaré mejor. Vean, es así: 2hhj2 76bsms hhyuso sss90 2182 7262.

Nota: Podríamos preguntarnos si en realidad llegamos a comunicarnos entre nosotros mismos (no hablemos ya de cominicarnos con alienígenas). Algunos filósofos creen que no, que el lenguaje —cualquier lenguaje— es esencialmente incapaz de transmitir fielmente lo que pensamos, creemos, sentimos, etc. y que toda comunicación no es más que una serie de malentendidos. No obstante lo cual, esos filósofos intentan transmitir sus ideas a los demás. La verdad es que, aunque los malentendidos son inevitables, logramos entre nosotros un cierto grado de comunicación «pragmática» que, por lo menos, nos permite alcanzar ciertos fines prácticos. Por ejemplo, podemos comunicarle al chofer de un taxi la dirección a la que queremos ir, podemos entender cuando nos piden que pasemos la sal.. etc. Podría seguir de esta manera citando millones y millones de ejemplos cotidianos en los que algún tipo de comunicación en efecto funciona. Y quizás cuando le decimos a alguien «qué bella estás esta noche», las palabras que decimos, las que pensamos y las que interpreta quien las oye no ocupen exactamente el mismo espacio semántico.

Sin embargo, muchas veces lo que decimos y lo que se entiende, aunque no sean significados idénticos, se parecen bastante, o lo suficiente. En este sentido (que más arriba he dado en llamar «pragmático») es que hablo de la posibilidad, o no, de comunicarnos con alienígenas. No buscando una comunidad de almas y pensamientos sino en el sentido de, al menos, intercambiar informaciones precisas o de comprender mutuamente ciertos patrones concretos de conducta.

© Gustavo Piñeiro
(1.298 palabras)
Publicado originalmente en Asimovia Guinea el 10 de febrero de 2012