Imposible, improbable
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace poco, intentando explicar que diferenciaba claramente la ciencia-ficción de la fantasía, me enredé en un discurso acerca de la tecnología, la especulación y la ciencia pasada y por venir que no hacía más que dejarme en muy mal lugar ante mi interlocutor. Ya desesperaba de dar con la explicación definitiva cuando me vinieron a la mente dos palabras definitorias: Imposibe o Improbable.

A partir de ese momento el discurso se hizo más fluido y fui capaz de ir acotando cada aspecto de ambos géneros, que no por colindantes dejan de tener grandes diferencias.

Por supuesto, esa cercanía era la que más desconcertaba a mi interlocutor, por supuesto que cualquier obra de cualquier género se origina a partir de la fantasía, entendida como producto de la imaginación, del autor. Es decir, que en ambos casos todo es inventado en mayor o menor medida, de ahí que se engloble, junto a terror, en eso tan inasible que es el fantástico. Incluso, siendo estrictos, el hecho de que la imaginación del autor tenga un papel fundamental en ambos casos, no es menos cierto que existe un bagaje previo, que ayuda a construir un marco coherente en el que desarrollar la historia sin que esta se vea lastrada por inconsistencias más o menos relevantes. Es más, lo que se añade a este entramado básico es pura recreación del autor. Pura fantasía.

Sin embargo hay un punto en el que ambos géneros dejan de ser afines y separan sus caminos casi sin remedio. La fantasía siempre pivota sobre escenarios, personajes o situaciones imposibles, nada en la experiencia pasada o presente de autor o lector puede llevar a suponer que eso que se relata ha sucedido o sucederá. Los seres que habitan esos mundos (hadas, duendes, elfos, magos, orcos, licántropos, vampiros...) son entes míticos, partes de leyendas tan antiguas como la cultura que en modo alguno han estado entre nosotros. Son atractivos por sus cualidades, más o menos benignas, y se les puede reinventar una y otra vez sin miedo a cometer error alguno, están ahí para poblar relatos asombrosos y son materia moldeable sin límite.

La ciencia-ficción, sin embargo, se ve sometida a escenarios y personajes improbables. Esa diferencia aparentemente insignificante separa claramente ambos géneros. La colonización de lejanos planetas es improbable, pero no imposible, el encuentro con seres extraterrestres es improbable, pero no imposible, el advenimiento de sabihondas inteligencias artificiales es improbable, pero no imposible... Incluso lugares comunes como la caída de un meteorito de grandes proporciones sobre la Tierra es cosa segura, aunque no es menos seguro que no será mañana. Esta improbabilidad encorseta hasta cierto punto el género puesto que lo obliga a ceñirse a lo conocido, o al menos lo que se supone que se conocerá en un tiempo no muy lejano. Por supuesto que se puede evadir cualquier ley física con solo sugerir que el conocimiento humano es cualquier cosa menos inmutable, y que esa es precisamente la naturaleza de la ciencia, pero no es menos cierto que tampoco conviene traspasar el límite de lo imposible si no se quiere entrar en terrenos pantanosos. Hasta las convenciones del género, como el viaje más rápido que la luz, se van adaptando con el paso del tiempo a lo que los físicos descubren del universo, y entre espacios plegados y agujeros de gusano se consigue llegar del punto A al punto B más rápido que la luz... sin superar su velocidad. Proposiciones teóricas al servicio de la literatura. Improbables, pero no imposibles.

Queda por último ese género intermedio en el que la imposibilidad y la improbabilidad de funden en un a modo de licencia poética de grandes dimensiones. Particularmente nunca me han entusiasmado, pero como los dulces no amargan, ¿a quien le importa como llega John Carter a Marte o como es posible que pueda tener descendecia ¡ovípara! junto a Dejah Thoris?

© Francisco José Súñer Iglesias
(643 palabras)