Descubrimiento
por Francisco José Súñer Iglesias

Descubrí a Moebius a los diecisiete años, en las páginas de la mítica Tótem, que se nutría principalmente del material que llegaba de Francia originado para la más mítica aún Metal Hulant. En realidad fue una época de descubrimientos empezando por el propio Jean Giraud, y siguiendo por Gotlib, Margerin, Druillet, Voss, Caza, Crespin, Bilal, Ceppi y una larga lista de humanoides asociados que habían decidido escapar de la rutina repetitiva de los semanarios juveniles de la época. La llegada de aquellas historieta al mercado español, Tótem salió al mercado en 1977, se sumaba a la vorágine de libertad que se respiraba el en país. Los colores se imponían sobre el grisáceo post-franquista y aquellas historias desvergonzadas y con un punto surrealista ponían el contrapunto intelectual (¡venían de Francia!) a la sátira mordaz que ya ejercían El Papus y El Jueves.

Conocer la obra de Moebius resultó para mi el punto de inflexión en lo que respecta la historieta. De concebirla y disfrutarla como un medio más de contar historias pasó a tener entidad propia como vehículo artístico. Jean Giraud, en su encarnación como Moebius, conseguía con unas pocas líneas dar sensación de volumen, de inmensidad como pocos artistas eran capaces. Jugando con los blancos y unos pocos trazos creaba volúmenes, espacios inmensos y transmitía una sensación de amplitud que me dejaba asombrado. Pocos como él eran capaces de conseguir que una simple línea se convirtiera en un horizonte remoto e inalcanzable. La arquitectura de su obra, pétrea, sólida y a la vez elegante, se beneficiaba de esa habilidad para hacer mucho con muy poco.

Pero cuando quería ser abigarrado y barroco también lo conseguía como pocos. El maestro del horizonte lineal podía ser recargado hasta extremos casi imposibles, pero con igual maestría no dejaba que sus composiciones más densas se convirtieran en una acumulación de trazos inconexos, cada uno tenía su finalidad, y aportaba al conjunto el equilibro necesario para que el resultado final más que abrumador, fuera un formidable conjunto coral.

Todo aquello estaba muy lejos de lo que hasta entonces había leído, el TBO, Pulgarcito, DDT, los Mortadelos, Tío Vivo, y en otra categoría los dibujantes americanos y españoles de la Warren y Selecciones Ilustradas. Naturalmente sin saberlo ya conocía a Moebius a través de Gir, su otro pseudónimo con el que firmaba las aventuras del Teniente Blueberry, pero aún compartiendo los escenarios áridos Blueberry poco tenía que ver con el Mayor Grubert, el hombre de acción se había convertido en un aventurero de corte más bien filosófico que, si bien no despreciaba el cuerpo a cuerpo, tenía una concepción vital mucho más reposada y reflexiva. El periplo de Grubert y el ingeniero Barnier por el Garaje Hermético es uno de los viajes iniciáticos más hermosos y espectaculares jamás narrados. Siguiendo al incansable Jerry Cornelius, Grubert recorre los niveles del Garaje con una soltura refrescante como pocas, dejando el camino sembrado de frases antológicas. EL GARAJE HERMÉTICO es la primera declaración de intenciones del recién «creado» Moebius, que hasta se permite homenajear a Blueberry en algunas viñetas.

Tras el GARAJE HERMÉTICO llegó La saga de los Incales. Ante la frescura descuidada del primero, carecía totalmente de guión, la planificación milimétrica de Alejandro Jodorowsky podría inducir a pensar que limitaría el espectro creativo de Moebius. En absoluto. La transformación de la palabra en imagen refuerza la épica de los Incales y entre espacios abiertos y detallismo entre ambos labraron una de las obras fundamentales del cómic de los 80.

Ahora Moebius, Jean Giraud, nos ha dejado. Se acabaron las gaviotas de cemento, los mayores fatales y los vuelos interminables a lomos de extraños pterosaurios. Quedan no obstante todas esas viñetas e ilustraciones que en realidad eran su esencia, y que afortunadamente nos acompañarán para siempre.

© Francisco José Súñer Iglesias
(628 palabras)