La minería de los escritores
por Ramón Batalla

¿Os habéis fijado que realmente existen pocas formas de acabar un libro? O bien o mal, básicamente.

Se puede acabar de forma idílica con la solución a un misterio, el protagonista se queda con la chica y el malo se muere o recibe una buena paliza, vamos el cuento de hadas modernizado.

Por otro lado existen los finales trágicos donde todo acaba mal y del fracaso del protagonista se obtiene una lección moral.

Pero hay finales que no son finales..., me explico. Hay libros que no tienen final o libros que tienen medios finales con todas las posibles gradaciones entre final y no final. Hay libros que no son libros sino capítulos de una obra más vasta. Son las series o sagas. No existen otros géneros como la ciencia-ficción y la fantasía que tengan más series y sagas.

Dentro de estas obras que contemplan diferentes novelas tenemos una gran variedad por ejemplo: La Fundación de Asimov, Rama de Arthur C. Clarke, Dune de Frank Herbert, Ender de Orson Scot Card, Miles Vorkosigan de Bujold, Hyperion de Simmons, La cultura de Iain M. Banks, Honor Harrigton de Weber, Terramar de Leguin, Canción de Hielo y Fuego de Martin, MundoDisco de Pratchett, Geralt de Rivia de Sapkowski o el obligatoriamente mecionable Potter de Rowling... en fin un no parar de sagas y series para todos los gustos... y Dios mío las que me dejo.

Los escritores a veces son como mineros, que una vez consiguen una veta de oro no la dejan, se resisten a abandonarla y seguirán cavando aunque cada vez saquen menos mineral. A los escritores les pasa algo parecido con las series. A veces un buen libro y unas buenas ventas, funcionan como una veta de oro. El escritor seguirá sacando novelas, rondando y girando sobre el mismo tema durante muchas entregas.

A veces la propia serie acaba teniendo más importancia que el propio escritor, y el escritor se convierte en un elemento vehicular de la serie y en un elemento cada vez menos importante. La serie coge entidad propia.

En los peores casos la serie se convierte en una franquicia y diferentes escritores van realizando libros casi en cadena, esto es más habitual en la fantasía donde series como WarHammer o Dragonlance son franquicias con muchos volúmenes y calidad desigual, según el escritor que recoge el testigo en cada momento.

Estas series, o franquicias en su máximo exponente, se pueden ligar de alguna forma tangencial con personajes que van saltando entre novelas, o solo con la ambientación de un mundo con unas reglas propias, donde los personajes van cambiando en cada entrega, o también con personajes que secundarios en una entrega aparecen como principales en otra.

A veces se juega con el tiempo, con una cronología expandida, a veces saltando adelante y atrás en el tiempo. Con precuelas, secuelas o precuelas de secuelas y todas las variantes.

Uno de los casos más curiosos es la saga de Miles Vorkosigan de la escritora Bujold, una serie que comenzó con tres o cuatro entregas con diferentes personajes que se movían dentro de una space opera compartida, avanzando y retrocediendo en el tiempo hasta que al final se convirtieron en secundarios cuando apareció un personaje que los eclipsaba a todos, Miles Vorkosigan, con unas características únicas: una malformación congénita y una inteligencia privilegiada, al punto que la propia concepción de Miles aparece como un efecto secundario de una novela donde sus padres son los protagonistas. Bujold encontró su filón. Y supo explotar como una veta de oro un personaje que evidentemente en las primeras entregas ni siquiera estaba en su mente.

Bujold fue buscando alternativas hasta que encontró un personaje adecuado y la saga continuó con un personaje central, hasta las últimas entregas donde ha vuelto a dar el protagonismo a nuevos personajes como una medida de rejuvenecer la saga que estaba entrando en cierta espiral repetitiva. Sin abandonar a Miles que funciona como una constante de la saga mientras otros personajes adquieren un nuevo protagonismo creciente.

Por otro lado esta continuidad es una arma peligrosa. Tiene aspectos muy positivos como la facilidad de introducir miles de detalles y aspectos de ambientación que no cabrían en una sola novela, lo permite dotar de una riqueza de matices a cada obra sin la necesidad de explicarlos cada vez. Los personajes ya están definidos y se puede entrar en materia rápidamente, directo al nudo argumental sin necesidad de buscar recursos literarios para definir ni ambientar personajes ni contextos. Todo es conocido y el lector experimentado con la serie se siente cómodo con unos personajes y una ambientación que ya no requiere ninguna explicación. En contrapartida, mucha de estas ventajas se transforman en una esclavitud creativa que obliga al autor a mantener todo un conjunto de reglas que puede que no encajen exactamente con lo realmente necesario para que la narración funcinara mejor. El autor se ve abocado a ligar no solo la novela con lo que sucedió en las anteriores entregas, sino también a dejar las puertas abiertas a posibles nuevas entregas. Además, si la cronología no es continua aún puede ser más difícil seguirla.

A veces en un arranque creativo, el autor quema los barcos y se carga al personaje principal porque no quiere seguir con la serie, quiere independizarse de su personaje estrella. Con el tiempo las presiones editoriales o el fracaso en otras iniciativas obligan al autor a resucitarlo o a realizar precuelas de cualquier manera. Existen otros tipos de desventajas en una saga. El lector está muy controlado, el seguidor será fiel, pero ¿quién comprará un libro que se autoproclama como la octava entrega de no se que serie? No será sencillo entrar nuevos lectores con facilidad.

Intentar entrar en una serie con bastantes novelas a cuestas es harto complicado porque, como decíamos, existen muchos detalles que se dan por conocidos. A veces los escritores se muestras gentiles con el lector novel, explicando cuestiones en teoría más que sabidas, pero siempre será una tarea complicada si no se quiere caer en pesadas explicaciones para situar los elementos característicos de personajes y reglas sobre el universo creativo, que para los conocedores de la serie están superadas, son reiterativas y no les aportan nada.

A veces los escritores conciben la saga desde la primera novela y afirman que habrá cuatro o cinco libros para explicar todo lo que quieren y por tanto, al menos eso parece, no nos quieren engañar. Así sabemos lo que tenemos entre manos cuando leemos la primera entrega. Nos podrán dejar el final abierto pendiente de resolverse en la próxima entrega, o pueden cerrar temas abriendo otros. Esto se puede realizar con cierta habilidad, y se pueda dejar la serie en el cualquier volumen, de forma que si bien no se termina de conocer toda la historia, al menos se estaba sobreaviso.

Si la saga surge gracias a una novela de éxito normalmente las continuaciones, que no estaban contempladas inicialmente, chirrían un poco porque son extensiones forzadas y acostumbran a ser inferiores en calidad. A más entregas más dificultades para mantener un orden y más posibilidades de generar incoherencias entre novelas.

Pienso que las mejores series son aquellas que no dejan casi nada pendiente para la siguiente entrega y por tanto nos dan la oportunidad de abandonarla cuando se quiera y disfrutar de un final de libro cerrado con alguna rendija para desarrollar en siguientes entregas, pero que son suficientemente pequeñas como para no dejarnos con mal cuerpo; como sucede con George R. R. Martin y su Canción de Hielo y Fuego que es tan buena y tan poco cerrada que nos esclaviza, esperando cada entrega como un acontecimiento vital y pensando que todos los aficionados a la serie deberíamos de ponernos de acuerdo y pagarle un dietista, para que se cuide y consiga terminar la canción. ¿Os imagináis un Tolkien que hubiera dejado el SEÑOR DE LOS ANILLOS con el RETORNO DEL Rey pendiente de acabar? No sufráis que Tolkien la terminó. Veremos si Martin dejará este mundo y aún estaremos esperando un final; que cualquier desalmado heredero acabará de mala manera.

© Ramón Batalla
(1.347 palabras)
Publicado originalmente en En clave pública el 8 de octubre de 2008
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