Cultura y espectáculo
por Francisco José Súñer Iglesias

En el editorial del número 46 de ScifiWorld David Mateo desgrana varias reflexiones sobre la revolución digital, haciendo hincapié en lo que afecta a la literatura, y en la forma en la que deberá entenderse el negocio editorial cuando el libro de papel está a punto de dejar de ser el principal vector de difusión literario. Naturalmente, incide en la piratería, en su papel distorsionador del mercado y en el menoscabo que supone para la industria en general, es decir, autores y editores, porque lo que son libreros e impresores ya pueden reinventarse a toda prisa ya que su participación en el negocio es la única verdaderamente amenazada, y no por la piratería, sino por la propia revolución tecnológica.

En general, el artículo aporta nuevos puntos de vista sobre temas que se llevan tratando hace tiempo, pero lo que me dejó francamente sorprendido fueron estas palabras: «Creanme que un servidor es de los que piensan que el artista debe comer de su trabajo, pues realizar un trabajo digno lleva muchas horas de esfuerzo y dedicación. No creo en la cultura libre ni en la cultura gratuita. Creo en el valor del arte y en la recompensa económica por el trabajo realizado».

Desde mi punto de vista se mezclan varios conceptos, similares entre sí, que para nada son lo mismo. Puede parecer que el resultado final y las metas que se persiguen no se diferencian en absoluto, pero la distancia conceptual entre unas y otras es abismal. Reformulando las palabras de David: «El artesano debe comer de su trabajo, pues realizar un trabajo digno lleva muchas horas de esfuerzo y dedicación. No creo en el espectáculo libre ni en el espectáculo gratuito. Creo en el valor de la representación y en la recompensa económica por el trabajo realizado».

¿Dónde está la diferencia? ¿Por qué distinguir entre artista y artesano, cultura y espectáculo, arte y representación? El arte, en su origen no responde a una necesidad económica sino vital, de búsqueda, explicación o manifestación. El artista se distingue del artesano en que ha elegido un medio para comunicarse, expresar sus emociones o divulgar su concepción del mundo y de la vida. A través de sus expresiones ofrece su particular visión de lo que le rodea, se abre a los demás y se muestra en lo más íntimo. Un artesano, sin embargo, no persigue ningún fin elevado, le basta con elaborar piezas que cubran las necesidades de un público deseoso de estímulos estéticos de muy diferentes gustos. Es decir, el artista se expresa sin importar lo que necesite el resto del mundo, mientras que el artesano escucha las peticiones de su público y le ofrece lo que éste pide. En principio, nadie estará dispuesto a pagar al artista por expresarse, es muy libre de hacerlo, no de pretender cobrar por ello, es él quien quiere comunicarse. No obstante, cuando el artista ha conectado con el público, o al menos con parte de él, será el propio público quien le pida que se exprese y estará entonces en posición de exigir una compensación ya no tanto por su arte, sino por el tiempo y el esfuerzo que le supone dedicarse a contentar a terceros, en cierto modo repitiéndose a sí mismo.

Ahí es donde empieza la diferenciarse arte de representación (o exhibición, o interpretación, llámese como se quiera) El arte como tal es una forma abstracta de manifestar una serie de inquietudes y perspectivas vitales, es el resultado de intentar comprender el mundo y transmitir esa visión. El concepto de arte es delicado e inasible, no siempre sus resultados son comprensibles, ni siquiera por el propio artista, y su comunicación debería conseguir la comunión de muy diversas sensibilidades. Cuando esa expresión es celebrada, y solicitada, cuando el artista es reclamado para que reproduzca su arte una y otra vez ya estamos ante la representación, ante la necesidad de un bien inmaterial, como es el goce estético o la sana evasión, por el que es muy lícito pedir una compensación y, porque no, una exclusividad en tanto que el artista, ya convertido en artesano, en imitador de su propia obra, pueda dedicarse a ello de forma habitual.

Así llegamos al espectáculo, al dominio de los intérpretes y los artesanos, donde se responde a una demanda estética y es de ley compensar a quien la satisface. Pero el espectáculo no es la Cultura, el espectáculo es la expresión remunerada de la Cultura, se nutre de ella y hasta la enriquece, pero no se deben confundir entre sí, porque mientras el espectáculo es efímero y temporal la Cultura es intemporal, lo impregna todo y es el fruto, nunca definitivo, de miles de años de acumulación de conocimientos y formas de expresarlos. La Cultura va más allá del mero espectáculo. Muy al contrario de lo que dice David la Cultura es libre, es cambiante, no se puede encadenar, siempre acaba transcendiendo a cualquier esfuerzo por limitarla y contenerla.

No hay que caer en la trampa de creer que el arte va a desaparecer si no se sigue representando, que la Cultura va a morir si el espectáculo muere, que los artistas van a dejar de existir si los artesanos se dedican a otros negocios.

Siempre habrá arte, artistas y Cultura porque la cretividad y la comunicación son parte inherente de la naturaleza humana, como siempre habrá representación, intérpretes y espectáculo, porque siempre habrá quien demande y compense la gracia y el talento.

© Francisco José Súñer Iglesias
(904 palabras)