La ucronía, entre la ciencia-ficción y la novela histórica
por José Carlos Canalda

No es ningún secreto que, dentro de mi afición por la ciencia-ficción, siento especial debilidad por las ucronías, quizá porque en ellas convergen dos de mis géneros literarios favoritos, la propia ciencia-ficción y la novela histórica, y también, justo es reconocerlo, porque en ocasiones éstas me permiten ajustar cuentas con ciertos episodios históricos que no me agradan demasiado.

Claro está que no me sirve cualquier cosa, ya que por lo general suelo aplicar a las ucronías los mismos niveles de exigencia que a la propia novela histórica, los cuales se podrían resumir en que para mí es imprescindible, por encima de todo, que la narración resulte verosímil. Aclaro que considero esta verosimilitud como que lo narrado, aunque no sucediera así en la realidad, pudiera haber ocurrido de haberse dado unas circunstancias diferentes de las que se dieron. Al fin y al cabo muchos de los episodios claves en la historia de la humanidad dependieron de una combinación de factores muy concreta que fácilmente habría podido ser muy distinta, lo que habría conducido el devenir histórico por unos derroteros completamente diferentes.

Excluyo por ello todo cuanto, fruto de la imaginación desbordada del autor, no esté suficientemente justificado no ya desde un punto de vista racional en el sentido de no ocurrió, pero pudo haber ocurrido, sino desde el propio sentido común; un defecto, dicho sea de paso, por desgracia muy frecuente en esas seudonovelas históricas con las que nos han bombardeado en estos últimos años, las cuales tan sólo suelen tener de histórico el mero escenario de su ubicación, tan falso como los decorados y el vestuario de una representación teatral barata. Y excluyo también, por supuesto, todas aquellas reinterpretaciones caprichosas de la historia las cuales, lejos de limitarse a rellenar los huecos dejados por los personajes principales, tal como siempre han hecho los buenos autores del género, manipulan sin ningún pudor sus biografías siempre en supuesto beneficio de la narración, aunque sea a costa de cargarse la verdadera historia.

Es el caso, si quieren un ejemplo concreto, del incomprensiblemente afamado EL OCHO, de Katherine Neville, un magnífico ejemplo de lo que no debería ser una novela histórica, o el de la serie de Marco Didio Falco, que nos presenta un anacronismo del calibre de un detective privado en pleno imperio romano. Claro está que este desinterés por el rigor viene de lejos, tan sólo hay que ver las películas presuntamente históricas del cine clásico de Hollywood para comprobarlo.

Aunque en el caso de las ucronías el autor tiene mucha mayor libertad de acción que en las novelas históricas, ya que aquí se puede permitir el lujo —y esa es precisamente la razón de ser de las ucronías— de alterar la historia incluso de forma radical, es evidente que siguen existiendo límites, impuestos en esta ocasión por la pura lógica. Y la lógica no es otra que la verosimilitud a la que hacía alusión al comienzo del artículo; por poner un ejemplo exagerado, resultaría muy poco verosímil una novela en la que los indígenas americanos descubrieran y conquistaran la Europa de fines del siglo XV, u otra en la que los ejércitos romanos se enfrentaran a las hordas invasoras bárbaras con fusiles de asalto y carros de combate.

Y sin embargo este tipo de ucronías existen, como es el caso de la conocida PAVANA de Keits Roberts —inglés, por supuesto—, en la que lo inverosímil no es que la Armada Invencible venciera a la flota inglesa y España conquistara la Inglaterra isabelina, algo que pudo haber llegado a ocurrir realmente de haberse dado unas circunstancias menos adversas, sino que en pleno siglo XX Europa lleve un retraso de siglos, no sólo tecnológico sino también social, por culpa de la hegemonía española, que se ha mantenido incólume durante todo este tiempo, Inquisición incluida.

Aparte de que al autor se le ve el plumero, y bastante más, tanto en la insufrible arrogancia anglosajona junto a una mala digestión de la falsa Leyenda Negra, lo cierto es que a nadie con dos dedos de frente se le podría haber ocurrido en serio —ni tan siquiera como recurso literario— que un país hegemónico en Europa no hubiera evolucionado un ápice, ni dejado evolucionar al resto, durante todos estos siglos... digo yo que la España del siglo XXI no es precisamente la misma que la del Siglo de Oro, y si en vez de arrastrar los largos períodos de decadencia que por desgracia padeció hubiera mantenido la hegemonía continental, lo lógico habría sido que esta evolución se hubiera realizado de forma más rápida a como lo fue en realidad. ¿O no?

Eso, claro está, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que en el siglo XVI tan oscurantista era la Inglaterra de Isabel I —en realidad la totalidad de Europa— como la España de Felipe II, y que si en nuestro país se perseguía a los herejes, en Inglaterra se hacía lo propio con los católicos, con lo cual la cosa quedó bastante empatada. Pero mientras los autores anglosajones, o al menos una mayoría de ellos, sigan estando emborrachados por ese complejo de superioridad que tan descaradamente rezuman las novelas de Kipling, poco es lo que podremos avanzar intentando convencerles de su error.

Lo que no entiendo es que haya también autores españoles que acabaran cayendo en la misma trampa; pero ésta es ya otra historia.

En cualquier caso no resulta nada fácil encontrar una ucronía realmente buena, al igual que tampoco lo es disfrutar de buenas novelas históricas. La tentación del autor de llevarse el agua a su molino suele ser demasiado grande, por lo que se corre el peligro de que, a partir de cierto momento, pierda por completo el contacto con la realidad utópica zambulléndose en el proceloso mar de sus fobias y filias personales, algo que por desgracia suele ocurrir muy a menudo.

Independientemente de sus propios prejuicios, otro problema habitual en los autores de ucronías suele ser la carencia de los suficientes conocimientos históricos para dar solidez a su relato, ya que no basta con coger la historia que se estudió en el instituto, adobarla con unos cuantos datos tomados de las enciclopedias o de internet y cocinar todo ello a fuego lento para que salga algo digerible. Esto es común a las ucronías y a las novelas históricas, por supuesto, pero el hecho de que en las primeras podamos modificar a nuestro albedrío el pasado mientras en las segundas no, no cambia sustancialmente las cosas. Conocer suficientemente bien la historia para a continuación completarla, si se trata de una novela histórica, o para modificarla en el caso de una ucronía, no es algo que esté al alcance de cualquiera.

Es evidente que nadie está obligado a escribir una ucronía, pero si lo hace debería asumir todas sus consecuencias; al fin y al cabo se trata de un caso similar al de la ciencia-ficción dura: no es preciso introducir la ciencia en un relato de ciencia-ficción, por supuesto, pero si se hace, no se pueden cometer disparates del calibre de los que se pueden leer incluso en obras muy afamadas.

Al menos, ésta es mi opinión.

© José Carlos Canalda
(1.190 palabras)