Regalando libros o es que... los inmigrantes no olvidan los orígenes
por Ramón Batalla

Estos días de compra compulsiva la cantidad de libros que regalo es para ilusionar a más de un editor.

Para mí es un regalo que cumple una serie de requisitos muy significativos. Son asequibles, gustan porque hay variedad de temas, aprovechable, es un regalo cultural y con cierta capacidad de envejecer bien y soportar el uso y el manoseo.

Y con cierta tristeza es probable que se vaya perdiendo con el tiempo a medida que el propio objeto del regalo clave, que es el contenido, se vaya trasladando a la red.

Este será un proceso largo en el tiempo de perdida de la magia que lo rodea... ¿o no?

Hace unos día regalé a un amigo un libro, se lo regalé a una persona culta, lectora asidua y con ese perfil de lo que se ha empezado a llamar un hard-user de la red una persona con conocimiento extenso y fluido de todo lo que se cuece y se mueve en la red; persona que pasaría por un nativo de la red pero igual que yo forma parte de esa generación hasta cierto punto inmigrantes y hijos adoptados de la red. Los primeros colonos pero indudablemente aún sorprendidos por sus posibilidades. Nuestro valor de referencia procede de una época donde, por ejemplo, una enciclopedia tenía un significado, o podíamos movernos por el mundo sin un teléfono con capacidades inimaginables hace una década. Se nos nota en matices en el acento que nos delata como inmigrantes ante los nativos que ya empiezan a ser personas con la madurez necesaria para interactuar con los adoptados y perdonarnos nuestras sorpresas y batallitas del abuelo, aquellas que les hacen dudar sobre tiempos en que no existía la red. ¿!? ¿!? Algo difícil de creer para algunos niños.

Somos la generación bisagra o puente; los que consideramos Internet tecnología cuando nuestros hijos, los nativos de la red, lo viven con tanta naturalidad que para ellos ya no es tecnología, como no lo es para nosotros el coche o una radio. Para un niño que un teléfono se interactúa encima de la pantalla es de una normalidad que duele verlo.

Aunque un regalo es un regalo, un libro ya empieza a estar en esa categoría de regalo que los hard-user pueden empezar a preguntarse si el coste se justifica dado la cercanía y la insultante accesibilidad al contenido.

Y siendo como estaba pensado en eso, mi temor ante regalar un libro era una conformidad de que el libro aunque no leído estuviera ya almacenado en algún dispositivo al alcance de un clic de mi amigo.

Y probablemente en algún recóndito lugar una ristra de ceros y unos estaba en su posesión, pendiente de tener el tiempo de leerlo.

Aún así me di cuenta que la magia de los libros no se perderá con facilidad porque se produjo un momento de felicidad compartida del que lo recibe y del que lo da; los emigrantes adoramos la cáscara y el contenido en diferente medida con una sentimiento de comportamiento asintótico nunca bajaremos de un umbral de felicidad; un umbral que nunca llegará a cero.

Todos sabemos que el contenido cada día tiene menos valor (para el lector porque al autor le cuesta su vida hacerlo) el acceso es fácil, con poco coste la mayoría de las veces se puede acceder a cientos de miles de libros pero en el regalo esta el deseo de dar a eso contenido mayor dedicación y mayor atención.

Somos la última generación analógica y la primera que descubrió un mundo nuevo de posibilidades pero nuestros ojos siguen brillando ante ese objeto que esconde horas de diversión, aventuras, conocimiento y saber.

Feliz 2012 que no será el último de la humanidad, para desgracia de los mayas que perderán una nueva fama efímera. Pero que será el último de una era y no precisamente por el comentario de un refresco de agua con azúcar con ínfulas esotéricas y de nombre astrológico.

© Ramón Batalla
(656 palabras)
Publicado originalmente en En clave pública el 3 de enero de 2012
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