Especial Decimocuarto Aniversario
Deslizamientos sobre una hélice de piedras semipreciosas
Especial Decimocuarto Aniversario
por Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez i Gómez

Con el primer bramido de la criatura del Dr. Frankenstein nace un nuevo género literario, la ciencia-ficción. Hecha de recosidos de novela gótica, historias de aventuras, leyendas de alquimistas, relatos de homúnculos y drama griego, juntados como narrativa popular creada para pasar las largas noches del XIX al amor de la lumbre. Este espectacular y heterogéneo inicio ya presagiaba que sería un género interesante, hecho de cruces, de divertimentos y de emociones fruto de cada momento particular de su historia.

Algo después un jovencito Verne decidiría que la idea original de Mary Shelley, mostrar las consecuencias de un avance científico, podía ser más útil de otra manera. Así mezcló la especulación con la novela de viajes y las moralizantes obras ad usum Delphini, consiguiendo enganchar a generaciones enteras con sus entretenidos catálogos de maravillas naturales y científicas, incesantemente visitadas por nobles exploradores occidentales. Fue otro joven quien poco después, considerando que la fantasía gótica y la ciencia daban para algo más que una lectura complementaria de la clase de ciencias naturales, decidió poner la ciencia-ficción al servicio del socialismo Fabiano. Así la máquina ya no daba vida para mostrar las consecuencias de jugar a dios, ni permitía viajes submarinos para lucimiento de la fauna y flora marinas. Ahora tenía una finalidad social: el viajero del tiempo nos muestra las consecuencias para la humanidad de la aceptación de un determinado modelo político. Los mundos en guerra son en realidad las potencias coloniales y los pueblos sometidos, expoliados y asesinados. Así, una vez tras otra, la ciencia-ficción, cuando todavía no sabía que éste sería su nombre, cambiaba sus contenidos, su forma, sus objetivos. Cada nueva aportación le abría unas nuevas posibilidades: drama, especulación, entretenimiento, didactismo, reflexión política... Al convertirse en los Estados Unidos de principios y mediados del XX, en un divertimento popular, barato y masivo, alcanzaría nuevas cotas: una generación de jóvenes criados entre revistas pulp lanzarían sus sueños al infinito. Marte se llenó de vida y aventuras gracias a un caballero virginiano y una hermosa princesa ovípara, la galaxia se convertiría en el nuevo océano que surcarían nuestros exploradores, y jóvenes amantes de la ciencia y la aventura, como Asimov y Clarke, o extraterrestres varados accidentalmente en nuestro planeta como Vance, usarían este género para hacernos llegar sus ensoñaciones sobre imperios galácticos en decadencia, exploraciones de artefactos enigmáticos, o relatos verídicos de sociedades de otros mundos, respectivamente. De este modo, la ciencia-ficción, que ya había descubierto que se llamaba así, alcanzó diversas edades metálicas: oro, plata, etc. ¿Tenía que detenerse aquí?

Pretender que se detuviera, que quedara fijada, que no la perturbasen los nuevos jóvenes, sería absurdo. Nuevas generaciones han adaptado otra vez este refrito de especulación y aventura, y lo han hecho mezclando el género con lo que él mismo vaticinó: nuevas tecnologías, ordenadores, sociedades cambiantes... Todo ello ha producido nuevos desplazamientos del género, sólo que esta vez no se trata sólo de cambiar la finalidad o los argumentos de moda. La ciencia-ficción se ha hecho cine, y a través de décadas de películas ha creado formas e imágenes nuevas. Se ha estetizado, se ha convertido en escenario y en efectos espaciales que le han comido terreno a los argumentos. Algunas películas se han transformado en videojuegos, los cómics han usado el género como les ha convenido, y todos los géneros se han ido entremezclando otra vez más. Ahora la fantasía sobrenatural se une en feliz concubinato con la novela histórica y los antiguos dramas épicos. La tecnología futurista de Verne o las antiutopías de Wells se convierten en efectos especiales, y así cualquier combinación llega a ser posible. ¿Es esto bueno o malo? Ni una cosa ni la otra: cuando un anciano Verne criticaba las novelas de ese joven advenedizo, Wells, por ser poco verosímiles desde el punto de vista tecnológico, no tenía razón. Él solo defendía un modo particular de usar el género, pero Wells tenía otra manera distinta de emplearlo. Ni mejor ni peor, pero indudablemente diferente. Así en nuestros días el género se está mezclando de nuevo, se ha salido de las páginas de los libros y ha llenado las pantallas de cines y ordenadores, está sirviendo de excusa para crear nuevas historias que, tal vez, crearán nuevas formas del género. Sin duda habrá muchas obras de baja calidad: no podemos evitar a veces lamentar la poca enjundia de algunos guiones, dejar a medias libros de cientos de páginas y sin ninguna idea, aburrirnos sobremanera con la repetición ad nauseam de los temas de moda (por cierto, ¿ha pasado ya la moda de los zombis?).

Pero todo esto son problemas menores. Los jóvenes van a disfrutar de la ciencia-ficción a su manera, la mezclarán con lo que les dé la gana, la destrozarán tal vez, hasta dejarla irreconocible, o hasta que surja un nuevo monstruo, recosido de cadáveres, aullando bajo la noche tormentosa. Volveremos a tener un nuevo género al que no sabremos clasificar, al que vilipendiaremos, al que perseguiremos por no someterse a las reglas de la feliz edad de oro de las novelas de ciencia-ficción que nos gustaron cuando nosotros éramos jóvenes. Y no importará, porque el monstruo vivirá en la mente de nuevas generaciones que se olvidarán de nosotros, se reirán de nuestras obras clásicas y crearán sus propios mundos.

Y harán bien.

© Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez i Gómez
(888 palabras)
Eduardo Gallego Arjona y Guillem Sánchez son escritores